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Capítulo 4- Paola

Carta a Paola:

Paola, ahora sé que el destino no lleva tu nombre. Mi luna viajera, en algún lugar del mundo allí estás. Con tus años de cruces y soles. Y la sabiduría matriarcal de tu familia besando tu frente. Se extiende sobre tu mente todo aquello que desconozco de la vida y tú guardas bajo tus palabras. Como el manto de las estrellas en el universo formas silenciosamente constelaciones encendidas en los besos de tu frente. Te abres, mostrándote al mundo, acariciando tu vida con la dulzura del que teme dañar al otro con sus propias astillas, y oculta su brillo para no despertar la envidia. Te muestras cuidadosa y prudente, y yo espero por mostrarme ante ti. Tu poder creador lo descubro en tus ojos, en esa mirada de niña, y chiquilla. Tu sonrisa de luces destella sobre mi inmortal coquetería. Me decoro para ti como una bailarina que danza a su luna. Cuando andaba bailando en mis años pasados, y tú sonriendo en mis sueños. Sobrevivo riendo, deseando que me salves, que tú me salves sin que te lo pida, sin salir a buscarte, ni saber lo asfixiada que estoy. Mis lágrimas llevan tu nombre, y las seco con la misma delicadeza de quien acaricia las plumas de un ave. “A ver esos ojos de búho” me solías decir revisando mis ojos cada vez que estaba a punto de llorar. “Tienes la mirada de un gato” Asegurabas a punto de sacarme una sonrisa y detener los grifos de agua ahora abiertos. Si te quise fue porque supiste leerme en las pupilas las ilusiones e hiciste todo lo posible por enjuagarlas con sonrisas antes de hacerme llorar.

Hoy me han dicho que cada día me parezco más a ti. Porque me he vuelto modesta y distante. Prudente con respecto a mis problemas; ahora escucho y pregunto por otros antes de tener que hablar de mí misma. Busco evadirme, y de esa manera evadirte. Cavo un túnel lleno de luz para esconderte allí y luego taparte con noche y oscuridad. Cuando todos se van y reina la soledad, te siento brillar en lo más profundo de mis pensamientos, en cada decisión que tomo, en cada paso que doy hacia mis metas. Ojalá lograr parecerme a ti. Como cada día te quisiste parecer más a tu tía Catrina cuando eras una estrella y brillabas en el firmamento: querías derramar tu luz sanadora sobre todos los seres que se perdieran dentro de su propia oscuridad. Mis pensamientos se conjugan en un “ojalá”, ojalá parecerme más a ti. Que mi vida sea el reflejo de tus sueños porque allí se encuentra la verdadera búsqueda en motivarte y cumplirte, y volverme luz a tu lado. Ver el cielo desprovisto de música, escuchar el silencio de las estrellas y saber que todo lo que suena, se extiende, se acurruca y se libera nace desde tu cuerpo. Perdona mis cursilerías Paola pero no sé escribirte de otra manera, ni mirarte, ni sonreírte, ni siquiera hablarte desde otro lugar que no sea la suavidad y la ternura. Desde allí me prendo como una llama que enciende mi alma, me haces arder como una fogata que te quema, te mueve y te transforma. Mi ritmo cardiaco es una canción compuesta con una promesa dentro, entrelazada al tuyo, desde aquella vez que te abrí la boca y tus latidos treparon por mi garganta. Paola nunca te lo dije, pero te hice una promesa la primera vez que te di un beso: “Algún día te sacaré a bailar hasta que las luces se rindan a tus pies y entonces el caos y el silencio reinen y ya no le temamos a nada”.

Te dije, en un beso de plata, también cuán bello me parecían tus caricias, como un rayo de luna sobre mis hombros. Reloj detén tu camino tan sólo un instante, y que el futuro me llame y me enrede a su antojo si consigo llegar a tu boca. Quiero llevar tu Venus, virginal, y pura en mi carne, huesos y pupilas. Si me entregas mil razones para confiar en que mi amor propio me sosiega a falta del tuyo. Me seguiré amando y cuidando para de esa manera cuidar de ti misma, de la parte tuya que envuelve mi existencia. Si te llevo a ti, bella, en mis huellas, tus caricias en mis manos, tu voz en mis gritos, y tu risa en mis cosquillas, si llevo tu fuerza, sobre todo tu fuerza, en cualquiera de mis pasos; será la mejor manera que tenga de cuidar de ti. Si guardo la sutileza que tienes para arriesgarte y tomar acción en cada inacción mía, que no significa nada más, que la prolongación de algo pasajero que está condenado a perderse entre tus manos, como ese miedo que siento de volverme humo en tu vida, como el agua fría que te acaricia y te limpia las manos hasta perderse lejos de ti. Soltar, saltar, volar. Ser libre y ser del viento. Fragmentarme en miles de trozos cuando me tocas, como la arena que se vuelve mi cuerpo cuando me acaricias y el tiempo comienza a correr, rápido, mucho más rápido que cualquiera de mis movimientos ondulantes y ansiosos por descubrirte a ti en cada una de mis sensaciones. Que te quiero, que te quiero hasta morirme Paola, hasta matar a todos los que te hieran, que te quiero incluso sin quererte, respetando tu libertad. En tu fusión con el todo y tu fragmentación que te acerca a la nada. La tranquilidad y la serenidad que me inspiras es el medio, no es el fin.

Ay Paola, te deseo con la misma fuerza con la que te deseaba antes de tropezarme con tu presencia la primera vez que te vi, sin siquiera saber tu nombre; ni conocer la intensidad de mi deseo, o el carisma de mi cuerpo y la chispa avivada en mi corazón por tu existencia.

Ay chiquita, quisiera llenar todas estas líneas con tus alas, las mismas que me enseñaron a volar cuando me mostraste el cielo al jugar con mis dedos. Tenías las manos más bonitas que había tocado nunca, no eran las más finas o las más suaves, pero eran las únicas que podían hacerme batir las alas al enseñarme que llevaba unas cosidas a la espalda. Podías besar mi cuello y hacer brillar la vía láctea en mi piel, hasta lograr que todas las estrellas me mostraran que el camino a casa se escondía en el sol que llevas en los labios. De nuevo te pido que perdones mis cursilerías, pero tú me haces hablar de esta manera. Enredar mis brazos en tu cuello como un Koala, y morderte las orejas como un gatito juguetón. Tus besos se vuelven mi hogar y escondo millones de cosquillas que me hacen brillar la boca entre corrientes encontradas. Paola quisiera que me respondas una pregunta. ¿Cómo puedes caminar por la vida sabiendo que llevas mi hogar en tu boca? En una sonrisa, un resfriado o una mala palabra podrías desordenarme el juego de tazas chinas que tengo sobre la mesa de la cocina. A veces cuando te cepillas los dientes, los cuadros de mi casa tiemblan un poquito, y por eso Picasso y Degas siempre están inclinados.

Cuando me mudé a tus labios tuve mucho miedo, cuando me entregué a tu boca y recorrí kilómetros para llegar a mí misma, mi piel fue bautizada por tus besos, sobreviví a mis naufragios para nadar hacia ti. Inundarme con tu esencia. Escuché el susurro del mundo que me decía que era una locura, que algún día cuando me separara de ti, la tormenta sucumbiría fuertemente, la puerta golpearía con desdén contra tu vida, ocurriría una tragedia. Pero todo miedo, toda duda e incertidumbre era una mentira que acallabas en tus movimientos y tu instinto animal. Cómo no iba a creerte, cómo no creer en tus formas y tus sensaciones. Tan liviana y tan sutil te transformabas en alguien más; alguien libre, poderosa, y yo me sentía hechizada por esa fuerza, por la nueva Paola que descubría entre mis sábanas. La fuerza de gravedad que se rompía con nuestros cuerpos terminaría dañándonos y a todos a nuestro alrededor. Sentía celos de tu pasado, de tus pasos y tus distancias, y al mismo tiempo aprendía a quererte de manera generosa lejos de mí, porque de esa manera cuando regresabas a mis brazos me sentía reina y triunfadora, brillante y ardiente. Si tú eras el diamante que se derretía dentro de mí. Si nos volvemos una sola pieza, encajada como un diamante en la divinidad de la existencia, en la nada infinita y suspendida donde se dilata tu cuerpo y se expande el mío en proporción de tus necesidades y placeres más libres. Si eso ocurre no puedo querer a alguien más. Tú Paola eres la elegida, porque alcé la vista y te rebelaste ante mí.

Mi luna viajera, han pasado meses, sin verte o saber qué haces, qué tomas o qué pasa por tu mente. Tengo tanto que contarte, amigos nuevos que he hecho, experiencias nuevas que romperían tu corazón. Te mudaste a otra ciudad y yo me quedé estancada visitando los mismos hoteles que conocí contigo, saliendo a acampar a los mismos bosques que visité contigo y haciendo arder las fogatas que nos calentaron en el pasado. Por eso no me gusta vivir la misma experiencia dos veces Paola, porque encuentro el presente desilusionante al saber que eso ya lo he vivido, y que no era tan emocionante: era sólo mi primera vez. Mi primera vez a tu lado, repetida muchas veces con nuevas caras. Tu cuerpo repetido en otros cuerpos, tu forma era el sitio perfecto para silenciar al mundo con las vibraciones de tus susurros y encontrar la autenticidad. Tú eras auténtica, pero me pregunto ahora que tu vida se deslinda de la mía, si yo lo fui para ti.

No puedo detener el reloj, los años nos llevarán hacia delante. Haré nuevas efemérides en mi agenda más importantes que tu cumpleaños. Así que te recordaré algunas de mis preferidas antes de que las olvide: algunas veces teníamos celebraciones especiales, entonces me tarareabas canciones. A veces celebrábamos una fecha que tú hacías feriada cuando me cantabas. Durante esos días llegaba a pensar que el cielo realmente se esconde entre nosotros y que yo lo tenía oculto en el sonido de tu voz. Lo sé, no hay adorno ni decoro intelectual para semejante ocurrencia. Pero tú Paola, eras así: atractiva en tu voz, y seductora con tus palabras. Con esa manera de ordenar tus pensamientos y vestir tus palabras con las formas y oraciones correctas. Nunca supe cómo lo hacías, pero tu oratoria de hablar era tu mejor arma.

En mis noches favoritas podía sentir sismos de grado 7 en la escala de Richter cada media hora. Y a veces, podía morderte los labios a mitad de un temblor. Cuando brillábamos. ¿Has vuelto a brillar de tal manera? Te llevabas mi aliento enredado en tus gemidos largos. La mejor parte era cuando decías mi nombre y se agrietaba el suelo bajo nosotras un poquito más. Ahora suelo caminar sin hogar, nunca voy sin los labios pintados para no dejar que se vean mis cicatrices, esas arruguitas de la boca que me ocasiona el estar tan lejos de ti, pero sobre todo por si algún día sin saberlo el destino decide vestirse con tu nombre y vuelvo a aterrizar en tu boca me puedas quitar el carmín. Ahora mi gato se lleva besos extra, lo uso como depósito de mimos y caricias de amante que nunca te entrego a ti, ni a nadie más. Charlie está bien, estupendo ahora que reina en mis días como único sol. Se coronó como un león malcriado y poderoso que me vuelve en las formas de sus pupilas su humana adorada, tranquila pero frenesí.

El aterrizaje lento y suave siempre fue mi especialidad, sobre todo cuando me inclinaba sobre tu cuerpo, y te ondulaba entre mis manos para besar tu espalda y descubrir tu ombligo. Por eso Paola llegué sin que te dieras cuenta, te vigilé noche y día luego de que me hicieras agua la boca con tu carne, me quedé contemplándote mucho más de lo que hubieses podido sospechar. Pero también cuando volaba tan bajito y tan cerca de tu cuello me iba volviendo parte del aire que respiras, me quedaba enredada en tu pelo, y así cuando no estuvieras conmigo te faltaría el aliento. Sentiría una pequeña punzada en el estómago al escuchar nuestros nombres grandes alargarse en la memoria, y un vacío similar a caminar mareada entre la neblina densa y peligrosa, al tropezarnos con los recuerdos. Por eso me he acostumbrado a vigilar cada paso que doy para evitar esa sensación. Te esquivo, evado mis sentimientos por ti. Así, sin darme cuenta, un día mi querida Paola, esto que te cuento será lo único que me quedará. Y todo por no poder vivir en tu boca y decirte entre silencios y besos llenos de sonrojo que te quiero. No tenías tantos metros cuadrados cuando estudié tus bienes raíces, y sin embargo me mudaría allí mil veces más. A cualquier lugar donde me alquiles tus labios y me dejes pagarte con besos la hipoteca. Palparte el vientre y saber que allí de donde nace vida nunca podrá crecer una semilla entre nosotras. No obstante al sentir tus caderas encajadas en las mías, me siento más viva que cualquier inmortal.

Me consumo entre tus piernas una y otra vez, como un libro escurridizo en momentos de lectura. Sin renunciar a tu fuego ardo y me consumo. Cómo confesar que te escondo y cubro de ilusiones para reflejarme en la memoria de tu sonrisa. Mostrarte todo lo que el cielo torna grande, y la luna llena explota: tu luz, chiquilla, aurora del día. Que incluso Paola, cuando mis lágrimas dejen su rastro de quemadura en la carne, y el dolor lejano se convierta en sangre seca y desgarre. Incluso entonces sabré que los sueños se cumplen cuando llegas durante la hora de la musa. Qué luz, qué fuego, qué sonrisa. Que te quiero flaca, que te quiero, que te quiero Paola. Te abrazo, te aconsejo, te sonrojo y te escribo. Te escribo que te quiero siendo loca y atrevida, buscando tesoros en la vida y sonriendo porque yo te encuentro en la mía. Que te quiero apurando las alturas y caídas y rozando el suelo con las alas, aceptando los reflejos de tu vida. Pero también cuando pierdes brillo y te renuevas en el cielo venidero de tus días, cuando andas cabizbaja, tapándote las heridas, sangrando las vértices en otros brazos, hecha de huesos, carne frágil y abatida. Allí te quiero, en ese rincón del mundo donde brillas, que te quiero flaca, que te quiero. Que te quiero Paola, que me quiero, contigo dentro, brillando en mí.

Por siempre, Bicho.

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