
Siempre Anastasia, abrazando estrellas
Sinopsis
Un par de estrellas fugaces caen del Universo para volver a encontrarse a lo largo de sus vidas. Dos inmigrantes venezolanas, que son estrellas fugaces reencarnadas, Anastasia y Paola, llegan a España, Barcelona y se instalan en un nuevo país. De repente Paola Ferrer recibe una oferta de trabajo en la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y se muda a Sevilla, poniendo fin a su relación con el amor de su vida Anastasia Lemonelli. Anastasia conoce a un médico atractivo durante una fiesta universitaria y después de una breve aventura, las dos comienzan un romance. Ambas viajan a Madrid para el concierto de The Killers y es allí donde Anastasia se reencuentra, inesperadamente, con Paola, su antiguo amor y estrella fugaz. Ambas comienzan un romance a escondidas de la nueva novia de Anastasia. Su amor esconde un fuerte secreto, cuanto más tiempo pasan separadas, más fuerte es el brillo que pierden y mayor la intensidad con la que lo recuperan cuando se reencuentran, por lo que no pueden pasar mucho tiempo separadas. Esta vez ambas tendrán que decidir si brillar juntas como solo las estrellas fugaces saben hacerlo, o alejarse y vivir sus vidas brillando lejos la una de la otra.
Capítulo 1- Origen
Una vez escuché que las estrellas fugaces existimos desde hace muchas vidas. En la Tierra nos conocen como pequeños restos de cometas que viajan por el espacio. Es un término erróneo para referirse a meteoros y cometas de menor tamaño, en realidad esas no son estrellas. El brillo de las estrellas se consume antes de llegar a la Tierra por lo que muy pocos humanos nos han visto caer. Ardemos en el espacio hasta extinguir nuestra luz y morir. Muy pocas logran sobrevivir al romper contra la estratósfera. Yo creo que la razón por la que no me volví una supernova cuando caí, fue porque Paola viajaba a mi lado.
Cada 300 años la distancia entre Venus y La Luna se alinea con la tierra en el universo para permitir el nacimiento de un nuevo astro entre los seres humanos. Las estrellas caen con la esperanza de que el planeta del amor, Venus, y el satélite plateado les den una vida nueva: la apertura de un nacimiento como humanos. Esa fue la noche que decidí caer junto a Paola. El resto de nuestra raza que no es elegida para nacer, queda atrapada en el cinturón de “Van Allen”. Los cinturones de Van Allen son ciertas zonas de la magnetósfera terrestre donde se concentran las partículas cargadas. Estos cinturones son áreas en forma de anillo que se expanden como dos esferas sobre la tierra, conteniendo protones y electrones del universo, que mueven en espiral con una gran fuerza los polos magnéticos del planeta. Muchas estrellas caídas se quedan atrapadas allí. Sin nunca renacer, ni adquirir la forma y la vida de un ser humano. Ese era un riesgo que ambas decidimos correr.
La vida de la estrella en la Tierra es muy fácil de medir desde el universo: la luz de la estrella viaja durante y después de su muerte. La estrella ya está muerta, y por eso puede revivir y reencarnar en la tierra durante el viaje de su luz. Seguimos viviendo como un humano, sin saber ni recordar nada de nuestra vida en el universo. Hasta que llegamos a nuestra última vida, a través de las reencarnaciones, y finalmente nos apagamos en el universo, y morimos en la tierra. La única vida que recuerdo de mis reencarnaciones es esta, en la que Paola volvió de mi muerte un precipicio.
Era cerca del amanecer, y el brillo de Paola no me dejó dormir la mañana de nuestra caída. Tuve una fuerte presión en mi corona que se extendía hasta mi núcleo de estrella. No fue hasta que la noche, fresca, y serena, junto a los fríos vientos del norte, se alzó imponente para hacerme resplandecer que el dolor desapareció y fue sustituido por nervios y un cosquilleo en mi fotósfera que me hacía brillar con aspecto divertido y ansioso, como una luz intermitente. Por la manera de brillar de Paola, sabía que ella también estaba nerviosa. Podía sentir mis últimas horas disfrutando de la luz sin gravedad. Le hice saber a Paola que esa sería la noche de nuestra fuga. Ella estuvo de acuerdo brillando a mi lado. Entre su boca y la mía había un millón de silencio cruzando el universo, no podíamos hablar como los seres humanos, tampoco podíamos tocarnos. Y sin embargo Paola sabía que llevaba dentro de mi núcleo- mi alma de estrella- un amor infinitamente tibio, guardado dentro, que no podía ser de nadie más. Esperando por entregarle cuando cruzara el cielo y la tuviese cerca. Había pasado años apagando mi luz, lentamente, apenas me había alimentado los últimos meses esperando por este momento. Estaba famélica, y lista para morir en la Tierra y dejar el universo detrás. Si me quedaba en el universo, me volvería una estrella blanca de la edad de mis cabellos. Me volvería fría como las tierras del Nórdico, y finalmente acabaría por apagarme. Ya no tenía helio para vivir por más tiempo. Ya no quería vivir sin poder sentir el calor de Paola fusionándose con el mío. Quería saber lo que era sostener su mano, hacerle el amor, besar el lugar de donde provenía el sonido de su risa. Quería ser humana y que ella lo fuese conmigo.
La noche que caí, era una noche de gran belleza. Había una lluvia de meteoros presente. Cuando miras el planeta tierra te puedes pasar horas contemplando a los humanos. Muchas de mis hermanas estrellas se enamoran de ellos, y brillan únicamente para observarlos de cerca. Una estrella enamorada brilla con tanta intensidad que solo dura un par de generaciones. Les entregan a las personas la luz de su corazón, los miran reencarnar una y otra, y otra vez hasta volverse una bola de fuego roja, y finalmente morir. La vida en la tierra las motiva a brillar, aceleran su calor hasta madurar. Crecen al volverse estrellas de mayor brillo, decididas a morir pronto. Cuanto más grande es una estrella, más corta es su vida. La felicidad les dura poco. Mueren pronto debido a que consumen toda su energía entregadas al amor.
La verdad es que sufren casi humanamente al contemplar de manera inalcanzable la vida en la tierra. Mis hermanas miran a las personas con exaltación, yo en cambio miro a Paola con ardor. La intimidad entre Paola y yo es más fuerte que el brillo de todas las constelaciones que se instalan entre nosotras. La duración de una estrella está determinada por la masa que posee. Las estrellas pequeñas como nosotras, vivimos por más tiempo debido a que nos consumimos más lento.
Las estrellas fugaces siempre han sido mal vistas en nuestra familia. Son consideradas lo más denigrante en la escala social del universo, como supernovas desterradas, rebeldes sin causa que desdoblan los moldes del destino desafiando las leyes del universo. Las estrellas fugaces suelen tener dos edades, la edad que tuvieron en el espacio, y la edad que adquieren al llegar a La Tierra, y reencarnar hasta perder su brillo y morir. Se quedan con poca masa renunciando a los millones de años que tenían por vivir y brillar en el espacio. Eligen vivir entre los humanos, y tener libertad para amar. Ser una estrella fugaz es renunciar a la eternidad, y darle sentido a la soledad. Pero yo ya me encontraba sola, aunque pertenecía a la constelación del unicornio junto a mi familia; me sentía incomprendida, vulnerable y suspendida en el Universo. Yo contemplaba el amor en la tierra y sentía el mío en el brillo de mi alma sin fundirse, sin sentir mi cuerpo con el de Paola hasta volvernos uno solo, sin amar a Paola.
El destino de Paola era distinto al de otras estrellas. Desde niña siempre supe que Paola había nacido para algo grande, para ser la más brillante de la constelación de su familia. Casi tan brillante como su tía Carina, la estrella más brillante de todo el universo. Siempre percibí en ella ese brillo especial, casi humano, y amable, sin vanidad ni egocentrismo, su luz llenaba de esencia a todas las supernovas que se imantaban a su alrededor. Podía sentir la pureza de Paola y querer deshacerme en su calor. Nunca me enamoré de un humano. Yo siempre amé a Paola, aunque nunca la pudiese tocar, ni observarla hacer esa serie de actividades rudimentarias y esas aventuras maravillosas que realizaban en la tierra. La veía brillar suspendida y lejana, y ese dolor infinito de no poderla abrazar ni tampoco tocar su brillo me consumía. Yo brillaba lentamente, pequeña, apenas perceptible desde la tierra. Para mantenerme con vida miles de años suficientes y observar a mi estrella, a quien me hacía brillar, al centro de toda mi existencia. Hasta que un día, no lo soporté más. La noche que decidí caerme del cielo, fue la noche que me convertí en una estrella madura. Estaba lista para morir, y hacerme mujer.
Esa madrugada, cerca de las dos y media, vimos del lado este los meteoros luminosos más extraordinarios que había visto en muchos siglos. Millares de bólidos y cometas desprendidos descendían hasta la tierra, surcaban los cielos durante horas. Caían sesgadas al sur y parecían nacer desde un punto brillante en la constelación de Acuario. Las personas las observaban desde el oeste de Italia. Y algunos lugares de España y Portugal. El viento era muy leve en esas regiones y la atmósfera no sobrepasaría el calor que proviniera de mis adentros al incendiarme y caer. Los meteoros me darían ventaja, no había vestigio de nubes y llegar a la tierra sería más sencillo. No estaba segura de qué me ocurriría una vez entrara en contacto con la atmósfera. Pero cualquier persona que observara las estrellas y pidiera un deseo me volvería real. Si eres humano, solo tienes que ver una estrella fugaz, una auténtica estrella fugaz, y pedir un deseo. Entonces ella te entregará su eternidad y al humano entregarle sus sueños y sus deseos, la estrella tendrá un nuevo despertar desde la fe que el humano disponga en su deseo. La estrella fugaz vivirá y nacerá nuevamente con una vida humana y su karma estará guiado por el deseo que esté destinada a cumplir. Se puede decir que los deseos de los seres humanos marcan el destino de las estrellas como un mapa misterioso e invisible que todos llevamos, humanos y estrellas fugaces, en nuestra carta natal antes de nacer.
Durante la lluvia de perseidas de esa noche, las personas observaban el cielo y seguían a cientos de asteroides, pidiendo deseos, confundiéndolos con nosotras. Escuchaba sus peticiones como lejanas letanías, a un millón de kilómetros, esperando por ser cumplidas. Varias estrellas fugaces tenían un brillo muy distinto esa noche, estaban excitadas de escuchar los deseos de la humanidad. Cerré los ojos, o lo hubiese hecho en caso de tener ojos, me apagué, y tragué oscuridad. La razón de sobrevivir era confiar en que estaría cerca de Paola pronto. Todos los meteoros dejaban huellas luminosas de 10 a 12 grados de longitud al caer cerca de la constelación del unicornio que pertenecía a mi familia. Los seguí secretamente, miré a mis hermanas por última vez, miré la luz brillante y temblorosa de Paola que comenzaba a alejarse cada vez más rápido hacia la tierra. Dejé de respirar, y caí.
Era imposible fijar el límite. El espacio que había entre Paola y yo comenzó a llenarse de fuego. No podía verla, tampoco llamarla. Solo se escuchaba mi grito, o el susurro de una estela plateada tras de mí, enredado en el de ella. Pasamos las regiones del equinoccio y el brillo de nuestras fajas luminosas se extendía tras nosotras. Varias estrellas se mantuvieron firmes mientras pasábamos a su lado con gran velocidad. Recuerdo que por primera vez pude estar a tres diámetros de mi madre la luna. Era hermosa, brillaba imponente y majestuosa bajo una luz lívida y misteriosa. Seguí descendiendo, busqué el brillo de Paola, pero solo había una estela de fuego siguiendo mi rastro. Un calor comenzó a inundarme el pecho. Intenté respirar pero me fue imposible. Ardíamos mientras descendíamos. No sabía si pronto, por primera vez, vería la salida del sol, o si ardía porque estaba muriendo.
Pude ver las Islas Griegas, recorrí Australia, América del Sur, Punta del Este y un mar infinito y azul se desataba en el horizonte. Entonces una luz más blanca que cualquiera que hubiese podido resplandecer la tía de Paola, Carina, me golpeó. Un deseo me jaló por completo hacia dentro y la oscuridad reinó.
