capítulo 3
CAPÍTULO 3: LA ARMADURA DEL AZÚCAR
La furia de Clara se transformó en actividad mecánica, una necesidad de normalidad en el caos. Se dirigió a la cocina, ese bloque de perfección fría. Abrió un armario, sacó dos tazas de porcelana de un blanco cegador, y manipuló la cafetera empotrada, un monstruo cromado que costaba más que un coche pequeño. El ruido del percolador, el silbido del vapor, el olor potente y amargo del café arábica fuerte llenaron el aire, un intento ridículo de purificar la atmósfera viciada de la estancia.
Tendió una taza a Germina, forzando el contacto. Germina la cogió, mecánicamente. Sus ojos, hundidos, miraban un punto imaginario en el vacío. Un cansancio inmenso, existencial, había reemplazado al pánico.
—¿Qué quieres que te diga, Clara? murmuró, con voz pastosa y apagada, apenas audible.
—¡Quiero que pienses! replicó Clara con una violencia repentina, su voz subiendo de tono. ¡Eso es todo lo que quiero! ¡Que uses la cabeza! ¿Crees, ni un segundo, que esta vida te va a llevar a alguna parte? ¡No! ¡No y no, Germina! Te haces daño, deliberadamente, ¿y para qué? ¿Para sentirte sucia al despertar? ¿Para arriesgar tu seguridad, tu reputación, tu empresa? Eres Germina Delacroix, ¡vales más que eso! ¡Mil veces más!
La retahíla había terminado en un grito del corazón, vibrante de un afecto desesperado. Germina bebió un largo sorbo del café negro. El líquido hirviendo le quemó la lengua y la garganta. Era un dolor vivo, concreto, real. Un dolor que podía entender y controlar. Exactamente lo que necesitaba para anestesiar el otro, el que le roía el alma.
—Lo siento, Clara articuló, sin levantar la vista. Fue un error. Una noche, solo una. Te lo prometo, se acabó. Se acabó con todo esto. De verdad.
Su tono pretendía ser firme, pero la mentira sonaba atrozmente hueca entre las paredes de aquella cocina perfecta. No sabía si mentía a Clara o a sí misma. El recuerdo de aquella noche no era solo una vergüenza; era una sombra, una promesa de abismo al que sería tan fácil dejarse caer. Clara, que la conocía mejor que nadie, también lo sabía. Percibió la grieta en la voz de su amiga, pero asintió. Una batalla a la vez.
—Muy bien soltó, su voz recuperando un tono profesional, casi duro. Tenemos un pedido enorme. El cliente misterioso llega a las nueve en punto para su tarta de bodas. Vístete. Ahora. Y borra esta noche de tu cara.
El recordatorio brutal del mundo exterior, del trabajo, de la responsabilidad, actuó como un electroshock. Germina asintió, con el corazón terriblemente pesado por el arrepentimiento de no haber sabido ocultar la magnitud de su degradación a su única amiga, a la que había intentado, con una paciencia infinita, tapar todas sus grietas. La jornada que se avecinaba se extendía ante ella, larga, implacable, bajo un sol ya despiadado.
Clara se dejó caer en el sofá de cuero del salón. Cogió el mando a distancia y encendió la televisión de gran pantalla, menos para mirarla que para llenar el silencio. Las imágenes desfilaban, borrosas, sin sentido. Dejaba que Germina se preparara, sabiendo que una discusión más no serviría de nada. El mal estaba hecho. Había que avanzar ahora, de una forma u otra. Su mirada se perdió en la pantalla, pero su mente bullía, tramando ya soluciones, planes, barreras. No dejaría que se hundiera. No delante de sus ojos.
Arriba, en el baño convertido en capullo de vapor, el agua caliente corría con violencia purificadora sobre la piel de Germina. Había abierto el grifo casi al máximo, buscando una quemadura exterior capaz de cauterizar la contaminación interior. Cerró los ojos. El olor del gel de ducha, un neroli habitualmente relajante, fue inmediatamente, visceralmente, suplantado por otra fragancia: una mezcla de piel masculina, almizcle y algo más áspero, más primitivo.
Un escalofrío, intenso e involuntario, la recorrió entera, ondulando desde su nuca hasta el hueco de sus riñones. Una onda de memoria puramente física. Recordó no los detalles borrosos de la velada, sino la intensidad. La pérdida de control que había temido como a la peste y deseado como una droga. Una media sonrisa, fugaz, culpable, y terriblemente honesta, estiró sus labios húmedos. No lo recordaba todo, pero su cuerpo, en cambio, lo recordaba. Recordaba esa violencia. Ese placer, brutal, casi anónimo, que había sido como una bocanada de aire puro, salvaje y salvadora, en medio de la atmósfera aséptica y estéril de su vida.
Ahuyentó ese pensamiento como se mata a una mosca molesta, frotándose la piel con una violencia brutal, como para despellejarse, para borrar cada huella dactilar, cada recuerdo celular. Fue un error. Un desliz. Un cuerpo más en una cama de paso, punto final. Fin de la historia.
Se secó con gestos rápidos y autoritarios. Se vistió no para estar guapa, sino para blindarse. Eligió un conjunto profesional e impecable: un traje-pantalón negro, una blusa de seda marfil de cuello severo. Era su armadura de negociación, el traje de escena de la mujer de negocios que se suponía que era. Se sentó en su tocador, un vasto espejo rodeado de luces, y se puso a reconstruir la máscara. Base de maquillaje, corrector, polvos de arroz. Bajo sus dedos expertos, las ojeras se desvanecían, los rasgos se acentuaban, se endurecían, para no dejar traslucir más que una expresión de competencia glacial y totalmente controlada. El último trazo de delineador fue como un punto final a la mujer de la noche.
—¡Germina! La voz de Clara subió desde el salón, impaciente y tensa. ¡Date prisa, por Dios! ¡Vamos a llegar tarde, y no es el día para eso!
—¡Ya voy, ya voy! respondió, su voz recuperando un timbre controlado.
Germina bajó la escalera con paso firme, el golpeteo de sus tacones altos sobre la madera resonando como un redoble de tambor marcial. No miró al sofá ni al salón. Cogió su llavero, apretándolo en la palma de su mano. Las dos mujeres salieron, sin una palabra.
