
EL SABOR DE UN AMOR JAMAS PARDONADO
Sinopsis
Un contrato sellado por la deuda, nunca por el amor. Para salvar su sueño, Germina, pastelera quebrada, se convierte en la esposa de Gabriel Amsellem, magnate de mirada glacial. En una prisión dorada, con una humillación calculada, él quería una penitente sumisa. No había previsto su resiliencia. Detrás del verdugo, ella intuye al niño traicionado, al alma devastada por un pasado sin perdón. Lo imposible surge en el corazón de esta unión maldita: el amor. Ardiente. Absoluto. El contrato salta hecho añicos, el anillo se convierte en promesa. Pero el destino no perdona nada. Cuando la felicidad parece al alcance, exige su tributo. El precio del amor será más pesado que todas las deudas. Ella salvó su sueño, rescató su corazón… y perdió al hombre que nunca debió amar. Solo le queda su imperio. Y ese sabor amargo que el perdón deja en los labios. Para siempre.
capítulo 1
CAPÍTULO 1: EL RESPLANDOR DE LA MÁSCARA
La luz no cumplía ningún papel reconfortante. No penetraba, se infiltraba, fría, clínica, como el haz estéril de un quirófano. Se abría paso a través de una ínfima rendija en los pesados cortinajes de terciopelo antracita, desgarrando la oscuridad protectora de la habitación para proyectar, como un escalpelo, una hoja de sol cruda y blanca sobre el parqué de roble inmaculado. No era una caricia del amanecer, sino una intrusión brutal, una violación silenciosa de su santuario. Fue esa daga de claridad, ese trazo de fuego frío posado con precisión implacable sobre sus párpados cerrados, lo que arrancó a Germina de los abismos de un sueño comatoso, anormalmente denso.
La conciencia emergió no de golpe, sino por oleadas sucesivas, lentas y nauseabundas, como los ascensos de un ahogado desde las profundidades. Una pesadez de plomo, sorda y extraña, adormecía cada uno de sus músculos, pegando su cuerpo al colchón en un abrazo blando y desagradable. Había un peso distinto en su nuca, y un calor. Un calor vivo, orgánico, que irradiaba bajo su mejilla, contrastando violentamente con la frescura climatizada de la estancia. Provenir de una superficie lisa y dura, que se elevaba y descendía en un ritmo lento, regular, oceánico.
Luego sintió el peso. Un peso pesado y tibio que atravesaba su espalda desnuda, anclándola contra esa fuente de calor. No era una manta. Era un brazo. Un brazo masculino, musculoso, cuyas fibras se dibujaban contra su piel, posado allí en un gesto de posesión protectora, como un tornillo de carne.
Germina abrió los ojos.
El mundo tardó un instante en recomponerse, los contornos borrosos de la habitación bamboleándose peligrosamente. Su mirada chocó contra una piel lisa, mate y perfecta, contra la curva pronunciada de un pectoral. Se dio cuenta, con un horror lento y glacial que recorrió su espina dorsal, de que estaba acurrucada, encogida como una niña o una amante, sobre el pecho musculoso y completamente desnudo de Gabriel. Su cabeza se anidaba en el hueco de su hombro, su cabello alborotado esparcido sobre el torso del hombre como una seda oscura y culpable.
—Jesús, María, José… susurró, la invocación no era más que un hilo de aire horrorizado.
¿Cómo había podido el sueño vencerla así? Ella, Germina Delacroix, la mujer que dormía sola, siempre, en el borde de la cama, con armadura de distancia incluso en la inconsciencia. Ella, que controlaba su espacio vital como un territorio en zona de guerra, que no toleraba ninguna piel contra la suya una vez terminada la transacción nocturna. Se encontraba en esa intimidad involuntaria, esa parodia grotesca de una noche de bodas, prisionera del calor de un extraño. El contrato implícito, el muro invisible que solía erigir, se había derrumbado en su propio sueño. Un escalofrío de repugnancia retrospectiva la recorrió.
Con un gesto temeroso, como si tocara una serpiente, levantó el borde de la sábana que los cubría. Una seda salvaje, de un blanco lunar, horriblemente arrugada. Debajo, su propia desnudez le saltó a la cara como una acusación.
—¿Cómo…? murmuró, con la voz ahogada, rota.
El pánico, un pánico puro, bruto, animal, se apoderó de ella, comprimiendo su pecho en un tornillo helado. No era la vergüenza de una mujer asustada, era más profundo, más vicioso. Era el terror existencial de la mujer de poder que ha perdido el control de su propia historia. La pregunta no era "cómo", sino "por qué no recordaba nada después de la segunda copa". El agujero negro era más aterrador que el acto en sí.
Su movimiento brusco, o quizá simplemente la vibración de su pánico, despertó a Gabriel. Sus ojos se abrieron, no en el desenfoque del despertar, sino con una lucidez inmediata, penetrante. Unos ojos oscuros, casi negros, que la observaron un instante en silencio antes de que una sonrisa lenta, puramente comercial y sin embargo llena de una satisfacción felina, estirara sus labios perfectos. Una sonrisa que se le clavó bajo la piel como una astilla.
—Ah, te has despertado dijo, su voz grave, aterciopelada, sorprendentemente descansada. ¿Por qué ese asombro, Germina? Pareces… trastornada. Hemos pasado una noche excelente. Inolvidable, diría. ¿No es precisamente lo que querías al llamarme?
El tratamiento formal de la víspera había desaparecido. Había pasado al tuteo, una familiaridad que ella nunca le había concedido. Ese desplazamiento semántico era una agresión, una violación del protocolo. Sintió la indignación hervir, una lava ardiente que derritió el hielo de su pánico para dar paso a una furia volcánica. ¿Cómo se atrevía? El control se le escapaba por completo, y peor, hablaba de sentimientos, de una "excelente noche", como si hubieran compartido algo más que una mecánica tarifada. La humillación era total.
—¡Largo! Su voz no fue un grito, sino un siseo ronco, vibrante de rabia fría y asesina. ¡Sal de mi habitación! ¡Ahora! ¡Inmediatamente!
