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capítulo 2

CAPÍTULO 2: EL PESO DEL SILENCIO

El efecto que ella esperaba no se produjo. Él no se sobresaltó, no se disculpó. Gabriel se desprendió con una lentitud estudiada, una seguridad que rozaba la insolencia. Apartó la sábana, revelando un cuerpo esculpido sin pudor, y se levantó de la cama con la gracia fluida de un depredador. No se apresuró. Se tomó el tiempo de estirar ligeramente el cuello, un gesto indolente, antes de inclinarse para recoger su ropa esparcida por el parqué. Cada movimiento era una coreografía de desafío silencioso. Se vistió con una rapidez que no tenía nada de precipitada, sino una eficacia desconcertante, su silueta perfecta, esa obra de arte que ella había comprado, ocultándose progresivamente bajo el traje estricto, sobrio y costoso del acompañante de lujo. La tela negra pareció borrar al hombre para dejar solo el producto.

Una vez listo, se ajustó los gemelos un toque final que le pareció de una arrogancia inaudita y se giró hacia la puerta. Germina, sentada en la cama, apretaba la sábana contra su pecho, con la espalda recta, inmóvil como una estatua de mármol, la mirada fija en el vacío, ofreciéndole deliberadamente su perfil.

Él se detuvo.

—¿Qué más? ladró ella sin volverse, su voz golpeando como un látigo, la espera de su partida haciendo cada segundo de su presencia adicional intolerable.

—Mi dinero, señorita.

Esas dos palabras, de una calma plana y profesional, fueron la gota de hiel que colmó el vaso de su rabia. La vulgaridad de la transacción, enunciada con tal tranquilidad, la enfrentaba brutalmente a la realidad sórdida de su acto. La devolvía al rango de simple cliente, despojándola del único poder que le quedaba: el de la contratante. Él había tenido su cuerpo, tendría su dinero, y se iba sin un rasguño, vencedor silencioso.

—¡Mierda! maldijo entre dientes.

Se lanzó literalmente hacia la mesilla, un movimiento de fiera herida, haciendo volar la sábana. Su mano tanteó en busca de su cartera de cuero granulado. Nada. El lugar habitual estaba vacío. ¿Dónde la había dejado? Su mente, nublada por el pánico y la resaca, se negaba a cooperar.

Agarró su teléfono de la mesilla, esperando encontrar un ancla, una distracción. La pantalla se iluminó, proyectando un resplandor azulado agresivo en la penumbra. El impacto fue inmediato, visceral. Siete llamadas perdidas de Clara. Siete. Mostradas en letras rojas acusadoras. La hora, superpuesta sobre el fondo de pantalla que representaba un postre perfecto, le perforó el cráneo: 07:06.

—Oh, mierda… Llego tarde. El servicio, la reunión… ¡Dios mío!

Un recuerdo, preciso como una descarga eléctrica, la golpeó. Su cartera. La víspera, en un gesto de impaciencia mientras esperaba la llegada de Gabriel, la había arrojado descuidadamente sobre el sofá Chesterfield del salón de abajo. Impulsada por una urgencia que trascendía la vergüenza de su semidesnudez, se envolvió febrilmente en la sábana de seda arrugada, ajustándola en una toga improvisada. Los paneles de tela azotaron tras ella como alas asustadas mientras se lanzaba escaleras abajo a una velocidad vertiginosa, sus pies descalzos golpeando la madera oscura.

Al mismo tiempo, en el camino bordeado de bojes recortados, Clara estaba frente a la enorme puerta de entrada. La preocupación, que la había roído toda la mañana, se había convertido en una sorda exasperación. Siete llamadas sin respuesta. Nunca Germina estaba incomunicada. ¿Y un retraso de más de una hora para el servicio, el día que debía finalizarse el pedido más importante del trimestre? Era impensable. Un nudo de angustia le apretaba el estómago. El miedo a un accidente competía con el temor, más íntimo y fundado, de que hubiera recaído en una de esas noches destructivas que se infligía por ciclos. Usando la copia de la llave de seguridad que Germina le había confiado años atrás «en caso de emergencia absoluta», deslizó la llave en la cerradura. El clic resonó, cargado de consecuencias.

Clara empujó la puerta del salón y entró. Su bolso cayó al suelo. El golpe sordo de la marroquinería de lujo contra el mármol del vestíbulo resonó como una explosión en el silencio repentino.

La escena era una fotografía surrealista.

La villa de Germina era el reflejo arquitectónico de su alma pública: un espacio inmenso y diáfano, dominado por una cocina abierta de diseño. Una isla central de cuarzo blanco inmaculado presidía bajo una lámpara monumental de latón cepillado, recordando un esqueleto de medusa. Las fachadas lisas y sin tiradores de los armarios, de un gris antracita mate casi negro, absorbían la luz. Todo era limpio, costoso, de una geometría perfecta y una frialdad de laboratorio. No era una estancia para vivir, sino una declaración de estatus social.

Y en medio de ese escenario estéril, se alzaba una aparición que quebrantaba todas sus reglas. Germina, su Germina, la mujer de negocios de carnet impecable y traje siempre intachable, estaba allí, al pie de la escalera. Su cabello azabache, normalmente recogido en un moño bajo y severo, era una melena enmarañada. Su cuerpo, apenas velado por una sábana de seda que se había deslizado, mostrando un hombro y una clavícula marcada, temblaba. Sus ojos, maquillados de la víspera y ahora manchados de rímel, eran los de una bestia acorralada, llenos de un pánico frenético que Clara nunca le había visto.

Y frente a ella, descendiendo los últimos escalones con una lentitud de conquistador, estaba la causa de aquel cataclismo. Un joven. Vestía un traje oscuro perfectamente planchado. Su mirada, posada primero en Germina y luego girando hacia la recién llegada, era de un frío absoluto. Una mirada de una opacidad impenetrable, vacía de toda emoción, de toda vergüenza, de toda humanidad. Era la mirada aterradora de un profesional perturbado en su rutina.

La voz de Clara, cuando por fin pudo salir de su garganta anudada, fue un ahogo, un cuchillo desgarrando el silencio.

—¡Germina! Pero… ¿Qué está pasando aquí, por Dios? ¿Quién es este joven? ¿Y qué hace en tu casa a esta hora?

Las preguntas se atropellaban, cada una más descabellada que la anterior, pero la respuesta estaba escrita en letras de fuego en la estancia. El estado de Germina, la hora, el rostro del desconocido. Todo gritaba la verdad. Clara sintió que el corazón se le encogía, no de ira, sino de una profunda, una vertiginosa decepción mezclada con una vergüenza por delegación que le abrasó las mejillas.

Germina no respondió. No podía. No podía sostener la mirada de Clara, esa mirada en la que sabía leer un afecto herido y un juicio horrorizado. Sus ojos se mantuvieron irremediablemente bajos hacia el parqué, como una niña sorprendida en falta, buscando en las juntas del mármol una explicación a su envilecimiento. Se limitó a avanzar, autómata humillado, hacia el sofá. Su mano tembló al agarrar la cartera de cuero, y con un gesto brusco, extrajo un fajo de billetes la suma acordada que tendió a Gabriel, con el brazo rígido, como para mantener una distancia de cuarentena. No lo miró.

—Toma —soltó, con voz muerta, un hilo de aire ronco—. Y vete.

Gabriel se acercó y tomó el dinero, sus dedos rozando los de ella. Un contacto glacial, sin una palabra. Contó los billetes con una destreza tranquila, una última humillación que acabó con los últimos jirones de paciencia de Clara.

—¡Fuera! le ordenó, su tono pasando de golpe al cero absoluto. Y no vuelvas a poner un pie aquí nunca más. Desaparece.

Gabriel no se inmutó. Se inclinó ligeramente, una parodia de cortesía ejecutada con una gracia insultante, giró sobre sus talones y abandonó la villa. La enorme puerta se cerró tras él con un sonido suave y definitivo, hermético. El golpe sordo de la cerradura pareció sellar la magnitud del desastre.

El silencio que siguió fue una presencia física, asfixiante, casi audible. Pesaba toneladas, solo roto por el sonido de los pies descalzos de Germina, que empezó a pasearse, febril, por el mármol helado del salón. Ida y vuelta. Ida y vuelta. Un péndulo humano encerrado en una jaula de lujo.

Clara, en cambio, seguía clavada cerca de la entrada, como si el suelo estuviera minado. La imagen de su amiga, vestida con aquella sábana como un sudario, caminando enjaulada, le rompía el corazón al tiempo que avivaba una sorda ira. Rompiendo el mutismo, se acercó a ella, con el rostro endurecido no por odio, sino por una decepción infinita y un miedo retrospectivo.

—Entonces… esto era murmuró, con las palabras temblorosas. La razón por la que no respondías al teléfono. La razón de tu retraso. Estaba… estaba muerta de preocupación por ti, Germina. Muerta de preocupación. Pensé en un accidente, un desmayo… Mientras que tú te… te estabas satisfaciendo con un desconocido al que traes a tu casa, a tu habitación, sin siquiera… sin siquiera pensar en el peligro.

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