Capítulo 3
Siempre me he preguntado a qué historia se refiere con eso.
La única historia que veo aquí es sangre y silencio.
Silvio Costa sale y abre la puerta. Bianca y yo nos vemos reflejadas en la ventana tintada.
Pantalones negros. Blusas ajustadas. Sin joyas. Cabello recogido y discreto.
Cómodo.
Lo cual significa que está completamente equivocado.
Y llegamos diez minutos tarde.
Se dará cuenta. Claro que sí. Siempre lo hace.
Atravesamos el vestíbulo arqueado, el repiqueteo de nuestras botas contra el mármol, tan frío que resulta inquietante. Sobre nosotras, una lámpara de araña de oro y cristal proyecta una luz intensa sobre la escalera. Nada en este lugar parece habitado. Parece artificial. Conservado. Como una casa que finge olvidar lo que se ha hecho en su interior.
Parece un mausoleo para personas que aún respiran.
Tres de los hombres de mi padre se unen a nosotros, sigilosamente escoltándonos hacia el juicio.
Las puertas dobles del comedor se abren.
Ahí está.
Vittorio Bellandi está sentado a la cabecera de la mesa absurdamente larga, con el plato ya medio terminado. Recorro con la mirada la mesa, repleta de filas de cubiertos de plata.
Mira su reloj sin siquiera levantar la vista. Casi puedo oír su decepción.
Las puertas se cierran tras nosotros con un eco hueco que nos deja encerrados.
Bianca se remueve a mi lado, con los nervios disimulados bajo el perfume. Enderezo los hombros, esperando el golpe.
—Llegas tarde.
Su voz es pausada, pero lo suficientemente cortante como para herir.
Finalmente, alza la mirada. El cabello peinado hacia atrás, más acero que negro. El traje, de corte tan impecable que parece una armadura. El aire a su alrededor huele a humo de cigarro, dinero y control.
Su mirada recorre nuestra ropa.
—Y mal vestida.
—Hola, papá —comienza Bianca alegremente, con un tono dulzón y los ojos llenos de esperanza—. Fue totalmente culpa mía, yo…
Él levanta una mano y el sonido se apaga en su garganta.
Su mirada se posa en mí.
—Sienna. Mi nombre es una advertencia en su boca. —Eras responsable de llegar a tiempo. Si no puedes con eso, ¿en qué puedo confiarte?
Me muerdo el interior de la mejilla hasta saborear el cobre. Un error borra mil obediencias.
—Disculpa, papá —digo con voz firme, bajando la cabeza—. No volverá a suceder.
Esa frase suele calmarlo.
Esta noche no.
Ya no hay guardias dentro. Eso me dice que algo anda mal. Solo desaloja una habitación cuando quiere hablar con libertad… o cuando quiere desahogar su ira sin testigos.
El cigarro que arde en el cenicero lo confirma.
—Siéntense —dice—. Las dos.
Nos ponemos en marcha sin dudarlo. Yo ocupo mi sitio habitual a su izquierda. Bianca se sienta a su derecha.
A mitad de la mesa, hay una silla vacía.
De Marcella.
Han pasado cuatro años desde que el cáncer se la llevó, y mi padre aún no ha movido su silla. Dejó que el espacio vacío se endureciera hasta convertirse en algo sagrado, o quizás intocable. Otra regla en esta casa.
No te sientes ahí. No la menciones. No la mires fijamente durante mucho tiempo.
Nuestros platos ya están servidos, la amatriciana reluciente bajo una luz dorada, el pan caliente perfumando el aire.
Comemos en silencio. Los únicos sonidos son el de los cubiertos sobre la porcelana y el tenue zumbido de la lámpara de araña.
Bianca me mira, suplicándome que diga algo.
No.
Finalmente, se rinde. —Mi puntería está mejorando —dice con ánimo forzado. —¿Verdad, Sie?
Los ojos del padre se dirigen rápidamente hacia ella.
—Sí —digo con cuidado—. Mucho mejor.
—Bien. Deja el tenedor, levanta el vaso y bebe despacio. Observo cómo el ámbar brilla con la luz. —Esto se acaba aquí.
La ira se desata. Siempre le ha gustado quitar las cosas buenas.
—¿Fin? —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. —Dijiste que podía entrenarla.
Se recuesta y me mira como mira todo aquello que le decepciona. Calculando el coste.
—Tenemos prioridades —dice. Tranquilo. Demasiado tranquilo. —Prioridades más importantes.
La forma en que dice «nosotros» siempre significa: tú.
Dejé la copa con cuidado, observando cómo la ondulación se desvanecía en la superficie del vino. Lo que venga después lo cambiará todo. Lo presiento.
—Llamé a esta cena por una razón.
Deja el cigarro en el cenicero. Bianca se endereza, con el rostro lleno de preocupación. —¿Qué pasa, papá?
Mantengo una expresión impasible. Debajo de la mesa, mi pulso ya ha comenzado a acelerarse.
—Los Valtieri —dice mi padre con esa voz tranquila que suele presagiar un mal momento— se han vuelto más osados desde que Roman tomó las riendas. Es un temerario. Por desgracia, la suerte le ha sonreído.
Hace una pausa y deja que el humo de su cigarro nos envuelva.
—Y ahora se está expandiendo.
Siento una rigidez en la espalda. El Consejo no tolera el caos por mucho tiempo. No en Boston. No cuando el dinero es predecible y los cuerpos no.
—Si es lo suficientemente fuerte —continúa el padre— puede venir a por nosotros. No lo permitiré.
La mano de Bianca se congela sobre el tenedor. —¿Vas a enfrentarte a la familia Valtieri?
Mi padre suelta una risa vacía, sin rastro de calidez. —No.
Deja que el silencio se instale.
—Algo peor —dice.
Mi piel se tensa.
—Paz.
La palabra resuena en la habitación. Tiene razón. Es peor.
Me inclino hacia adelante antes de poder contenerme. —Paz. Con ellos. Una familia que no hace más que fastidiarnos y él quiere paz.
Su mirada se agudiza. —La paz nos da ventaja. Nos da tiempo. Nos desvía la atención mientras nos reposicionamos.
—¿Cómo? La palabra sale demasiado rápido, demasiado brusca. La oigo en el instante en que la pronuncio, pero no puedo retractarme. Los Valtieri son conocidos monstruos con trajes a medida. Sea lo que sea mi padre, él tiene reglas.
Los Valtieri no.
La respuesta de mi padre es sencilla.
—Un matrimonio.
La palabra se desliza por la mesa.
Miro a Bianca.
Sus ojos azules se abren de par en par. Se me revuelve el estómago. Tiene veinte años. Sigue siendo tan tierna como yo a los cinco. No está hecha para lo que sería un matrimonio Valtieri.
—¿Qué? —La palabra me sale entrecortada.
—Roman Valtieri quiere una esposa —dice su padre, como si leyera los términos de un contrato. —Una esposa de verdad. Tradicional. De un linaje poderoso. Una declaración pública.
—No. Mi voz se vuelve inexpresiva. —Bianca es demasiado joven. ¿Has pensado bien en todo esto?