Capítulo 3: Me falta un novio
Se me secó la boca.
Nunca había pronunciado mi nombre así. En siete años yo había sido Winters, letrada, señorita Winters cuando quería tocarme las narices.
Nunca Ava.
—Sí —dije—. Soy yo.
Silencio al otro lado. Oí algo: una silla arrastrándose, papeles, una puerta.
—Te casas dentro de tres horas —dijo.
—Sé qué hora es.
—Entonces ¿por qué estás hablando conmigo?
Hacía dos semanas habíamos coincidido en una sala de reuniones y se enteró de la fecha de la boda. Miró mi anillo durante un segundo entero y después dijo, con ese tono seco suyo:
«Qué pena. ¿No sería más eficiente que te casaras conmigo? Así dejaríamos de ser enemigos y empezaríamos a ser la pareja más peligrosa del país».
Le dije que se atragantara.
Todos se rieron. Era una broma. Era obviamente una broma.
Cerré los ojos.
—Damien. —Mi voz salió más firme de lo que me sentía—. Me falta un novio para la boda de hoy.
Nada.
—La ceremonia es a las doce. Capilla Vale. Cuatrocientos invitados, la mitad prensa. Mi abuelo tiene ochenta y seis años y se ha pasado nueve horas en un avión. —Escupí las palabras rápido, antes de que el orgullo pudiera detenerlas—. El hombre con el que iba a casarme está ahora mismo en un avión hacia otra mujer, y yo no pienso entrar sola en esa capilla.
Seguía sin decir nada.
El silencio se estiró tanto que oí mi propio pulso en los oídos.
—Así que te lo pido —dije—. Señor Blackwood. ¿Le gustaría asistir a mi boda… y firmar el acta?
Un segundo.
Dos.
Tres.
Se va a reír, pensé. Se va a reír y tendré que vivir dentro de ese sonido el resto de mi vida.
—Ava. —Su voz había cambiado. Áspera en los bordes—. ¿Esto es una broma?
Algo dentro de mi pecho se plegó.
—Olvídalo —dije rápido—. Olvida que te he llamado. Ha sido una locura, no soy yo, solo…
—Sí.
Dejé de respirar.
—¿Qué?
—He dicho que sí. —Firme ahora. Absolutamente firme—. Lo haré.
Mi hermana, que tenía la oreja a medio centímetro de mi móvil, hizo un ruido como de tetera.
—Tú… —Tuve que sentarme. Había cristales en el suelo, así que me senté en el brazo del sofá—. Entiendes lo que te estoy pidiendo. Esto no es un favor de venir y aplaudir. Esto es un acta de matrimonio. Es un documento legal con tu nombre.
—Soy consciente. Me gano la vida leyendo documentos.
—No hay capitulaciones. No hay tiempo para capitulaciones.
—No las quiero.
—Damien…
—Una condición.
Cómo no. Cómo no iba a haber una condición. Se me hundió el estómago, porque sabía exactamente cómo negociaba este hombre. Había perdido contra él once veces. Había ganado trece. Sabía lo que hacía cuando olía ventaja.
—Dila —contesté.
—Por teléfono no. Di que sí primero.
—Ni hablar, soy abogada…
—Entonces ya sabes que podría pedirte cualquier cosa y seguirías sin novio dentro de ciento ochenta minutos.
Le odiaba. Dios, cómo le odiaba.
—Dila —repetí.
Una respiración larga al otro lado. Cuando habló, no quedaba ni rastro de la sala del tribunal.
—Los hombres Blackwood no hacen paripés —dijo—. Así que entiéndeme, Ava. Si entro en esa capilla, no soy un decorado. No soy un suplente al que agradeces en una nota de prensa y anulas discretamente en seis semanas.
—¿Entonces qué eres?
—Tu marido. —Su voz bajó—. Uno de verdad. En todos los sentidos de la palabra. Alguien que duerme en tu cama, come en tu mesa y aparece escrito en todos los formularios que rellenes el resto de tu vida.
La habitación se inclinó.
—Lo dices en serio —susurré.
—Nunca he dicho nada más en serio en mi vida.
Fuera, en alguna parte, sonó un claxon. Mi madre me miraba con la mano en la boca. Mi hermana tenía las dos.
Pensé en Ryan diciendo «buena chica» antes de colgar.
Pensé en la bombona de oxígeno de mi abuelo.
Pensé, durante medio segundo peligroso, en cómo había mirado Damien Blackwood mi anillo de compromiso dos semanas antes.
Y dije…