CAPÍTULO 5
Gabriela observaba constantemente desde la celda, esperando ver a algún oficial que le avisara que su hermana había llegado. Estaba nerviosa, sin saber qué hacer. Habían pasado más de veinticuatro horas desde aquella llamada, y Daniela ni siquiera se había aparecido.
¿Y si no pensaba ayudarla?
Una duda inquietante comenzó a instalarse en su pecho. Tal vez todo había sido una broma cruel. Solo esperaba que no fuera así.
En ese momento, un oficial se acercó a la celda.
—Señorita Gabriela, tiene una visita.
Gabriela se levantó de inmediato.
—¿Es una mujer? —preguntó con ansiedad.
El oficial asintió.
—Igualita a usted. Supongo que es su hermana.
El corazón de Gabriela dio un vuelco.
—Sí… gracias.
Salió con rapidez y, al ver a Daniela, se acercó de inmediato. Sin embargo, Daniela la observó con una expresión cargada de hastío.
—Siéntate —ordenó con frialdad—Te traje algo, comer.
—Gracias.
Gabriela tomó la comida, sintiéndose pequeña bajo la mirada de su hermana.
—Estás más flaca —continuó Daniela—. Y mírate, siempre tan desaliñada.
—Lo siento.
Gabriela bajó la mirada, observándola de reojo. Daniela era hermosa; su cabello liso caía perfecto, su cuerpo era esbelto, su piel impecable, sin marcas ni durezas. Vestía con elegancia, como una princesa.
Eran idénticas, como dos gotas de agua y, aun así, tan diferentes.
—A ver, Gabrielita — mencionó Daniela, cruzándose de brazos—. No vine a quedarme mucho tiempo. Estos lugares me repugnan. Dime, ¿cómo fuiste capaz de hacer tal estupidez?
—Te juro que no fui yo —se defendió Gabriela con desesperación.
Daniela sonrió con frialdad.
—Qué deplorable.
—Me ayudaste con ese trabajo, pero me ha ido muy mal con esas personas, estoy preocupada por papá. Me imagino que ni siquiera fuiste a verlo.
—No fui —respondió Daniela sin inmutarse—. Pero envié suficiente dinero a la enfermera. ¿Qué te preocupa? Si está moribundo, es porque quiere. Tiene comida, ropa, cuidados, todo lo pago yo. Ni siquiera deberías preocuparte.
—¿Cómo puedes hablar así? Es nuestro padre—reclamó Gabriela.
El rostro de Daniela se endureció. Golpeó la mesa con fuerza.
—¿Vine aquí a ayudarte o a escuchar tus reproches?
Gabriela se encogió, nerviosa.
—Tienes razón… —murmuró—. Por favor, ayúdame a salir de aquí. No tengo dinero para pagar la fianza. Llevo meses encerrada y cada día es un infierno.
Mientras hablaba, Daniela la observó con detenimiento. Estaba demasiado delgada. No se parecía en nada a ella, salvo por ese leve parecido en el rostro. Sus ojos, antes brillantes, ahora estaban apagados. Tenía el labio lastimado y señales de descuido.
Aun así; era hermosa.
—Bien —dijo finalmente Daniela—. Ya hice todo. Hace rato pagué todo.
Sacó unos documentos y se los mostró.
—Esta es la orden. Pero ya sabes lo que tienes que hacer, ¿verdad? Me dijiste que harías todo lo que te pida y no quiero negativas.
Gabriela sintió un escalofrío.
—Sí…
—Mira cuánto pagué —añadió Daniela, mostrándole la cifra.
Gabriela palideció.
—Me debes todo esto.
—No se cómo pagarte.
—Termina de comer —ordenó Daniela, levantándose—. Te espero afuera, en mi auto. Primero iremos a un hotel. Necesitas bañarte, estás hecha un desastre. O bañate aquí de una vez.
Gabriela asintió, apresurándose a comer.
Daniela salió del lugar con paso elegante, moviendo las caderas con naturalidad. Todos la miraban. Era como una diosa, incluso parecía que donde pisaba, todo florecía.
Gabriela terminó de prepararse cuando se dio un baño rápido, tomó una pequeña maleta con sus pocas pertenencias. Las demás internas la observaban en silencio.
Una de ellas, la misma que la había golpeado antes, se acercó lentamente.
—Qué lástima — comentó con una sonrisa torcida—. La niña bonita ya se va.
La tomaron del brazos evitando que salga.
Gabriela se quedó mirando a la mujer, desconcertada, sin entender lo que estaba ocurriendo. Intentó soltarse, pero la otra la sujetó con firmeza del brazo.
—Cuando salga de aquí, te buscaré —dijo con fastidio.
—Suéltame, o no respondo.
Las risas burlonas resonaron a su alrededor. Gabriela no soportó más y salió apresurada de aquel lugar. Justo en ese momento, un oficial se acercó, abrió la puerta y la guió hacia el exterior.
La luz del sol la golpeó de inmediato, filtrándose con fuerza y obligándola a entrecerrar los ojos. Parpadeó varias veces, incómoda, hasta que su mirada se posó en un auto lujoso estacionado frente a ella. La ventana comenzó a bajar lentamente y entonces vio a su hermana Daniela.
Su hermana le hizo una seña para que se acercara. Gabriela, aún confundida, obedeció y subió al vehículo sin decir palabra. Daniela le extendió una bolsa.
—¿Qué es esto? —preguntó Gabriela, dudosa.
—Ropa. Quiero que te la pongas ahora mismo.
—¿Aquí? Pero esta él chófer.
—¿Ya te bañaste?
—Si.
Daniela suspiró, impaciente.
—Entonces cámbiate. Luego iremos a comprarte más cosas, pero deja de cuestionar todo. Gabriela, te estoy haciendo un favor.
Gabriela bajó la mirada, sintiéndose incómoda.
—No quiero abusar de ti.
—No estás abusando —respondió Daniela con firmeza, acercándose para tomar su rostro con sus uñas largas—. Escúchame bien, mientras te comportes y hagas lo que tu hermana te diga, todo saldrá bien. Comerás bien, vivirás bien ¿entendido?
Gabriela asintió en silencio. No tenía fuerzas para discutir y, en el fondo, sabía que debía sentirse agradecida.
Con manos temblorosas, comenzó a cambiarse allí mismo. Evitó mirar al chofer, aunque la vergüenza le quemaba el rostro. Se quitó la ropa vieja que llevaba puesta y se colocó el vestido que Daniela le había dado, seguido de unos tacones.
—A ver déjame arreglarte —dijo Daniela.
Le soltó el cabello, lo acomodó con cuidado y luego la observó con detenimiento. Sus dedos recorrieron la mejilla de Gabriela con una suavidad que contrastaba con su mirada calculadora.
—Estás hermosa, no tanto como yo, pero te ves bien para qué no sospeché.
Gabriela frunció ligeramente el ceño.
—¿A qué te refieres?
Daniela sonrió, inclinándose un poco hacia ella.
—Tú y yo somos gemelas, pero no lo parecemos. Estás descuidada, desarreglada, casi irreconocible.
Gabriela bajó la mirada.
—Tienes razón.
—Tranquila, querida —susurró Daniela, envolviéndola en un abrazo antes de besar su mejilla—. Yo me encargaré de todo.
Gabriela cerró los ojos un instante y correspondió el abrazo, dejando escapar un suspiro cargado de emociones encontradas.
Lo que no imaginaba, era lo que estaba a punto de venir.
