CAPÍTULO 6
Gabriela estaba sorprendida por todo lo que su hermana había comprado. Se encontraban en penthouse, rodeadas de lujos, mientras Daniela la observaba a través del espejo. Gabriela soltó un suspiro pesado y se acercó lentamente.
—¿Cómo me veo?
Daniela sonrió con cierta satisfacción.
—Te pareces a mí; aunque tenemos pensamientos diferentes.
Gabriela bajó la mirada y respondió en un susurro.
—Y eso es verdad, somos iguales, pero también tan diferentes.
—No importa —interrumpió Daniela con firmeza—. Necesito que hagas bien las cosas.
—¿Hacer bien las cosas?
—Sí. Te llevaré a trabajar a mi mansión. Vas a estar ahí, como mi sombra.
Gabriela frunció el ceño.
—¿Tu sombra? ¿A qué te refieres?
Daniela dio unos pasos hacia ella.
—Primero, trabajarás ayudando a mi esposo. ¿Supiste que explotó el laboratorio de la fábrica?
—No… no sé de qué hablas.
—Mi esposo está ciego.
Gabriela abrió los ojos con sorpresa.
—¿Qué le pasó al señor Alexander?
—Tranquila, no se murió —respondió Daniela con frialdad—. Solo está enfermo, y cada día más amargado, ya no lo tolero.
—Pero es el hombre que elegiste, hermana.
—Exacto. Y estoy cansada, aburrida. Él no quiere dejarme viajar, y tú sabes que esa es mi pasión, ver los hermosos museos y crear mis pinturas.
Gabriela asintió.
—Lo sé, es lo mismo que a mí me gustaba.
Daniela la miró fijamente.
—Por eso quiero que seas yo.
—¿Cómo, que yo sea tú?
—De día trabajarás en la casa y de noche, cuando yo no esté, serás yo.
Gabriela retrocedió un paso.
—No... no entiendo, creo no esta bien.
—Silencio —susurró Daniela, acercándose—. Déjame explicarte.
Deslizó su mano lentamente hasta el cuello de Gabriela, haciéndola tensarse.
—Tú y yo somos tan similares —murmuró—. Solo necesito pulirte, enseñarte cómo soy.
Gabriela se apartó, alarmada.
—¿A qué te refieres?
Daniela se inclinó hacia su oído y susurró con frialdad.
—A que te acuestes con mi esposo.
El cuerpo de Gabriela se estremeció.
—No puedo hacer esa estupidez.
—Dijiste que harías todo lo que te pida —replicó Daniela, con reproche—. ¿No me agradeces por lo que hice por ti?
El corazón de Gabriela latía con fuerza. Sus manos temblaban.
—¿Quieres que me acueste con mi propio cuñado? ¿Eres tan desalmada?
Daniela soltó una carcajada y la tomó de las manos.
—¿Recuerdas cuando besaste a mi primer novio porque pensó que eras yo?
Gabriela se soltó de inmediato.
—Eso fue diferente. No me acosté con él.
—Yo ya pagué por tu libertad —continuó Daniela, seria—. Te saqué de ese infierno. Ahora tendrás una buena vida, pero trabajarás para mí.
Gabriela guardó silencio, con los ojos llenos de angustia.
—No usarás uniforme —añadió Daniela—. Estarás en la habitación de mi esposo. Él no te conoce supongo, pero en la noche seras yo. Te entrenaré.
—No puedo ser como tú… —susurró Gabriela—. No puedo acostarme con él.
Daniela colocó un dedo sobre sus labios.
—Sí puedes. Y no me molesta. Eres mi hermana, la única a la que amo. Además, no será por mucho tiempo. Solo debes cuidarte, no dejar que te descubra. Ser apasionada, como yo. Usar mis perfumes y ser yo.
Gabriela la miró, completamente abrumada.
—¿Porqué quieres hacer esto?
—Necesito un tiempo, quiero desahogarme, para detener el cojito para detener la guerra pero de ninguna manera por una general estoy aburrida —concluyó Daniela, como si todo fuera lo más normal del mundo.
Gabriela no podía creer lo que escuchaba. Era una locura. ¿Cómo iba a hacer algo así? Pero el recuerdo de la cárcel la golpeó con fuerza, los abusos, el miedo, las noches interminables. Esas mujeres tocándola.
Volver allí, jamás.
Una lágrima rodó por su mejilla. Daniela se acercó con suavidad, la limpió y la abrazó, apoyando su cabeza en su cuello.
Y en voz baja, casi como una caricia venenosa, le susurró:
—Gabriela, somos las únicas, bueno, y papá —dijo Daniela con voz suave, casi quebrada—. Sabes todo lo que he sufrido. Me casé porque ese hombre lo era todo para mí, pero últimamente me ha tratado muy mal. Ya no puedo más con esta rutina.
Gabriela la miró en silencio.
—Necesito irme —continuó Daniela—. Hacer un viaje, representar mis cuadros, despejarme. Y mientras tanto, tú podrías ayudarme. Solo será por un tiempo, hermana, te lo juro. Tendrás trabajo, vivirás en un hotel, comerás bien y papá podrá seguir con su tratamiento.
Gabriela frunció el ceño, insegura.
—Yo he sido la única que ha pagado todo —añadió Daniela con un tono más firme—. No deberías reprocharme. También es tu padre y no hiciste lo qué yo si. No es necesario que trabajes ahí, solo se yo y cuando yo regrese seras la qué cuide a mi esposo.
Esas palabras la hicieron callar. Gabriela la observó, sintiendo un nudo en el pecho. Amaba a su hermana gemela, habían sobrevivido juntas a tantas cosas. Daniela incluso la había salvado en el pasado.
Pero algo no estaba bien.
Daniela, en cambio, solo pensaba en su libertad. Alejarse de Alexander por un tiempo era lo único que le importaba. No le preocupaba lo que su hermana tuviera que hacer, al final, para ella, todo era momentáneo. Ya tenía lo que quería de ese hombre, su dinero y su riqueza.
—Tengo miedo… —susurró Gabriela—. Tengo mucho miedo.
Daniela sonrió con suavidad, acariciándole la mejilla.
—Será rápido. No tienes de qué preocuparte. Vivirás mejor, solo tienes que aprender a actuar.
Gabriela tragó saliva.
—¿Actuar?
—Claro —respondió Daniela con naturalidad—. Sabes que siempre me ha gustado el teatro. Durante el día yo estaré fuera, estudiando y ocupándome de mis cosas, pero en la noche tú tomarás mi lugar.
El silencio cayó entre ellas.
—La habitación donde estarás tiene una entrada secreta —continuó—. Esa entrada conecta con la mía. Tú solo entrarás cuando yo no esté. No saldrás durante el día, así que nadie notará nada.
Gabriela la miró, cada vez más inquieta.
—¿Y... él?
Daniela soltó una leve risa.
—No te preocupes. Alexander está tan aburrido de mí que ni siquiera me toca. No pasará nada supongo y si pasa solo hazlo.
Pero esas palabras no tranquilizaron a Gabriela.
Daniela, entonces, limpió una lágrima que corría por la mejilla de su hermana. Luego sacó una pequeña navaja.
—¿Recuerdas esta herida que tenemos las dos?
Gabriela bajó la mirada, temblando.
—Hagamos otro pacto, uno de sangre. Así no podrás fallarme.
Sin esperar respuesta, Daniela se cortó ligeramente la palma de la mano. Luego le extendió la navaja.
—No dolerá.
Con manos temblorosas, Gabriela hizo lo mismo.
Ambas unieron sus palmas, dejando que la sangre sellara aquel acuerdo silencioso.
—Tú y yo… hasta el final —susurró Daniela—. No me puedes fallar. Pronto tendrás tu recompensa.
Gabriela sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.
Se abrazaron.
Pero en el fondo, algo oscuro ya había comenzado.
Y esa locura; no prometía terminar bien.
