CAPÍTULO 4
Gabriela lloraba desconsoladamente mientras la llevaban a la cárcel por un delito que no había cometido. Su jefa, Amanda, había escondido un juego de diamantes en su bolso, haciéndola pasar como la ladrona.
—¡Se lo juro por mi madre! ¡Yo no sé nada de esos diamantes! —gritaba entre lágrimas.
Pero nadie la escuchó.
Amanda era una mujer poderosa, con dinero e influencia, y su palabra valía más que cualquier defensa que Gabriela pudiera dar. Los oficiales no dudaron en arrestarla. Su verdad no importaba.
La encerraron sin contemplaciones, apenas mencionándole el derecho a un abogado.
—Oficial… por favor, llame a mi hermana… se lo ruego… —suplicó con la voz quebrada.
—Espere a que llegue su abogado —respondió el hombre con indiferencia.
—No tengo uno… —susurró ella.
El oficial simplemente se encogió de hombros y se alejó.
Gabriela sintió que el mundo se le venía encima. ¿Cómo había llegado a ese punto? En silencio, cerró los ojos y le pidió a Dios que aquella pesadilla terminara. Pero en el fondo sabía que todo tenía una razón y un origen.
Amanda la había denunciado sin pruebas reales, pero Gabriela sabía perfectamente por qué lo hacía.
Todo había comenzado el día anterior.
El esposo de Amanda, el señor Domínguez, la miraba de una manera que la hacía sentir incómoda. El dia anterior mientras ella limpiaba una de las habitaciones, él se acercó demasiado.
—Señor, por favor, respete — le pidió Gabriela, apartándose.
Pero él no se detuvo. Intentó tocarla, acercándose aún más.
—Usted tiene esposa, no debería hacer esto —añadió ella, nerviosa—. Estoy trabajando.
Sin importarle sus palabras, el hombre intentó besarla a la fuerza. Gabriela lo empujó con todas sus fuerzas, intentando escapar.
En ese preciso momento, la puerta se abrió de golpe.
—¿¡Qué está pasando aquí!? —gritó Amanda, furiosa.
—¡Señora, su esposo…! —intentó explicar Gabriela.
Pero no la dejó terminar.
La bofetada resonó en la habitación.
—¡Cállate! —espetó Amanda, con la mirada llena de desprecio.
El señor Domínguez se acercó a su esposa con fingida indignación.
—Esta mujer estaba intentando coquetear conmigo —dijo con total descaro—. No sé para qué contratas a este tipo de mujeres.
Y luego miró a Gabriela, esbozando una sonrisa ladina.
Amanda, cegada por los celos, la señaló con furia.
—¡Ponte a limpiar y deja de comportarte como una cualquiera! Recuerda que aún me debes.
—Señora, por favor, no le crea, yo no soy así —suplicó Gabriela—. Si quiere, renuncio esta misma noche.
—No puedes renunciar —respondió Amanda con frialdad
— No hasta que yo lo diga.
Sin decir más, salió de la habitación junto a su esposo.
Gabriela se quedó sola y entonces soltó una risa amarga.
No sabía que, en ese mismo instante, la arpía de su jefa ya está planeando algo malo en su contra.
Esa noche, Amanda puso en marcha su plan.
Comenzó a gritar por toda la casa que su gargantilla de diamantes —un regalo exclusivo de su esposo el día de su boda— había desaparecido.
Reunió a todas las empleadas y exigió revisar sus pertenencias.
—Aquí nunca ha pasado algo así… —murmuraban algunas.
Pero las miradas pronto se dirigieron hacia Gabriela.
—Esa chica apenas lleva dos meses aquí, seguro fue ella —insinuó una de las mujeres.
Gabriela la encaró, indignada.
—Podré ser pobre, pero no soy una ladrona. No te confundas conmigo.
Una a una, las bolsas fueron revisadas, hasta que llegó la de Gabriela.
Amanda la abrió lentamente y allí estaba, la gargantilla de diamantes.
El corazón de Gabriela se detuvo.
—Yo… yo no… —balbuceó, en shock.
Pero no tuvo oportunidad de defenderse.
Amanda la tomó del brazo y le dio otra bofetada.
—¡Ladrona! —gritó—. ¡Llamen a la policía ahora mismo!
—¡Señora Amanda, le juro que yo no fui! —suplicó desesperada.
Pero ya era demasiado tarde.
Ahora, encerrada en aquella celda fría y sucia, Gabriela dejó de revivir el pasado y rompió en llanto.
Los días pasaron… luego semanas y finalmente meses.
La esperanza era lo único que le quedaba.
Solo había una persona que podía ayudarla y era Daniela, su hermana.
Y Gabriela rezaba, cada noche, para que ella llegara antes de que fuera demasiado tarde. Pero estaba profundamente preocupada por su padre.
***
Daniela se encontraba en la oficina dando órdenes con firmeza. Desde que había asumido la presidencia, se había convertido en una mujer arrogante y sin escrúpulos. Todos la miraban con miedo. En cuestión de meses, había despedido a varias asistentes de su esposo e incluso a dos empleados más.
Alexander no sabía nada. Y es que Daniela había amenazado al socio de su esposo, dejándole claro que también podía deshacerse de él si se interponía en su camino.
Habían pasado demasiadas cosas en poco tiempo, pero, en el fondo, ¿quién tenía la culpa? Alexander, por haberla puesto en ese cargo.
Daniela estaba agotada. Quería viajar y gastar. La noche anterior, Alexander había intentado estar con ella, pero lo rechazó sin titubear o eso ella creía. Pero ella no tenía deseos. Sin embargo, siendo la esposa de un gran magnate, sabía que debía cumplir con su papel.
Dejó todo organizado en la empresa y se dispuso a marcharse.
En ese momento, Leonardo apareció, intentando hablar con ella. Daniela lo miró con evidente fastidio.
—Tengo que ir con mi esposo, Leo. Nos vemos mañana. Te quiero temprano en mi oficina.
Leonardo soltó una risa burlona.
—¿Vas a ir a cuidar al cieguito?
Daniela alzó las cejas, molesta.
—No soy doctora ni niñera, pero tengo que ir a mi mansión. Nos vemos.
Sin decir más, se dirigió a su auto y se marchó.
Media hora después, llegó a la residencia. Encontró a los empleados limpiando, pero apenas les dedicó una mirada fría antes de subir directamente a su habitación, los empleados salieron corriendo del salón.
Se despojó de su ropa y tomó una ducha rápida. Luego se puso una lencería elegante y provocativa. Frente al espejo, esbozó una sonrisa burlona.
—Lástima que no podrás ver esto… —susurró—. Pero no importa. Tengo el dinero, tengo el poder. Entregarme a ti no significa nada.
Respiró hondo y se dirigió a la habitación de su esposo.
Encendió la luz tenue. Alexander ya estaba seguía despierto.
—¿Quién está ahí? —preguntó él.
—¿No reconoces mi perfume, amor? —respondió Daniela con tono seductor.
Alexander alzó levemente las cejas, pero no dijo nada. Se acomodó en la cama. Daniela se acercó y se sentó junto a él, dejando que el colchón se hundiera.
Comenzó a besarlo, pero él no reaccionó.
—Te llamé para que me acompañes esta noche, necesito que me hagas un masaje —dijo él con frialdad.
Daniela rodó los ojos, decepcionada.
—Está bien, mi amor, pero también quiero pasar tiempo contigo. Ayer me sentía cansada.
—Eres mi esposa. Como quieras, aunque pensé que no querías estar con un ciego. Ayer solo quería qué me hicieras un masaje, nada mas.
Sus palabras fueron como hielo.
—Han pasado ocho meses —susurró ella—. Eres tú quien me evita.
Alexander no respondió. Solo esbozó una sonrisa falsa.
Daniela comenzó a masajearle las piernas y luego los brazos. No quería hacerlo, pero lo hacía por conveniencia. Su esposo siempre había sido frío, distante y casi desalmado.
Aun así, se quitó la ropa y lo ayudó, intentando provocar algo más. Lo besó, pero él permaneció inmóvil, como un témpano.
Tuvieron intimidad, pero no hubo emoción. Ni placer ni nada.
Daniela lo disimuló. Actuó como si todo estuviera bien.
—Cariño… —dijo suavemente—. Me gustaría contratar a alguien que te ayude mientras yo empiezo a viajar.
—¿Viajar? —preguntó Alexander, serio
—Recuerda que debo ir a la sede en París. ¿Ya has llamado?
—No te metas en esos asuntos. Todo está controlado.
Daniela frunció el ceño, confundida.
—¿A qué te refieres con que todo está controlado? No entiendo, tu viajabas para ver como todo el ceo y porqué yo no.
Alexander giró ligeramente el rostro hacia ella.
—Eres mi esposa. Debes atenderme como tal. No puedes estar solo en la empresa. Para eso tengo a mi socio él es el segundo al mando. El ira a los viajes.
Daniela apretó los puños, furiosa por dentro. Sus planes de viajar y pasar tiempo con Leonardo se estaban desmoronando.
—Está bien, mi amor —dijo fingiendo calma—. ¿Qué tal si dormimos? Estoy muy cansada ¿me abrazas?
Alexander, en lugar de responder, le dio la espalda.
Daniela sintió la molestia subir por su pecho, pero decidió ignorarlo. Se acomodó y cerró los ojos.
No tardó en dormirse, aunque antes, un pensamiento cruzó su mente.
Debía encontrar la forma de escapar de su esposo, de ese hombre ciego, frío y aburrido.
***
Por la mañana, Daniela recibió una llamada de un número desconocido. Al verlo, decidió ignorarlo; no tenía interés en contestar. Sin embargo, el teléfono volvió a sonar insistente, molesta, respondió finalmente.
—Hola, ¿quién habla? —dijo con evidente fastidio.
—Soy yo… Gabriela.
Al escuchar la voz de su hermana, Daniela rodó los ojos con desdén.
—Vaya, Gabriela, cuánto tiempo. ¿Qué fue de ti? Al conseguir un buen empleo, desapareciste —comentó con indiferencia, observando sus largas uñas pintadas de rojo.
Del otro lado de la línea se escuchó un sollozo ahogado. Daniela frunció el ceño, irritada.
—¿Y ahora por qué lloras? ¿Qué te pasa?
—Daniela, esa mujer me mandó a la cárcel. Llevo más de ocho meses aquí, te llamé varias veces, pero nunca devolviste las llamadas.
La sorpresa cruzó fugazmente el rostro de Daniela, aunque su tono no perdió dureza.
—¿Y qué demonios hiciste para terminar ahí?
—¡Te juro que no hice nada! Su esposo me estaba molestando y ella creyó algo que no era cierto. Por favor, hermana, ayúdame. Solo te tengo a ti y a papá. Él debe estar angustiado, ni siquiera he podido ir a verlo al hospital de ancianos un mes antes de esto.
Daniela chasqueó la lengua, impaciente.
—¿Y cómo se supone que voy a ayudarte sin saber qué hiciste? ¿Qué te dijeron los oficiales? Habla, no tengo todo el día.
—Tengo que pagar una gran suma de dinero para salir, no sé qué hacer. Ayúdame, por favor.
Por un instante, Daniela guardó silencio. Entonces, una idea cruzó su mente. Sus labios se curvaron lentamente en una sonrisa calculadora mientras alzaba las cejas.
—Bien, dame la dirección exacta. Iré a verte. Pero antes de sacarte de ahí, necesitamos hablar. No sé qué estupidez cometiste, pero te voy a proponer un trato. Si cumples, no dudaré en ayudarte. ¿Te parece?
Gabriela no entendía del todo, pero la desesperación era más fuerte que cualquier duda.
—No me importa lo que sea, solo sácame de aquí. Tú tienes dinero, Daniela. Te prometo que haré todo lo que quieras.
Daniela dejó escapar una leve risa.
—¿Todo lo que yo quiera? ¿Estás segura?
—Sí, lo que sea.
—Perfecto. Entonces espérame. Esta misma noche dormirás en un lugar más cómodo —declaró, con una voz que ocultaba más de lo que decía. Gabriela le mando todos los datos antes de decir gracias.
Sin más, colgó la llamada.
Tomó sus llaves y, antes de salir de la mansión, se detuvo al ver a una de las empleadas.
—Quiero que prepares una habitación de huéspedes. ¿Entendido?
—Sí, señora. Ahora mismo.
—Y que sea rápido —ordenó, moviendo los dedos con impaciencia.
Sin esperar respuesta, salió de la casa con determinación. En su mente ya se dibujaba el plan. Por fin tendría un respiro de su esposo y, quizás, su hermana sería la pieza perfecta para lograr lo que tanto deseaba.
