CAPÍTULO 3
Alexander no quería comer, ni hablar con nadie.
Ni siquiera existir frente a los demás.
Ya habían pasado tres meses, y aun así seguía encerrado en su habitación, apartado del mundo, negándose a conversar con absolutamente nadie. La única persona a la que permitía entrar y salir era su tía Lina, quien insistía cada día en llevarle la comida. A las empleadas las echaba apenas cruzaban la puerta, como si su sola presencia le irritara más de lo que ya estaba.
Su esposa, Daniela, apenas se aparecía y tampoco quería qué ella lo viera como un inútil, antes el siendo el poderoso Alexander.
Ahora ella estaba al frente de la fábrica y de las tiendas de perfumes Fraiche. Casi nunca estaba cerca de su esposo y, siendo sinceros, tampoco hacía mucho esfuerzo por estarlo. Con el carácter amargado y la actitud distante de Alexander, Daniela había terminado por alejarse por completo. Ni siquiera dormía con él ya. Pero tampoco era necesario, ya qué él no quería estar con ella, no por ahora.
—Debes comer, hijo —le pidió su tía con la voz quebrada, casi como una súplica.
Alexander ni siquiera se inmutó.
Permaneció inmóvil, con el rostro endurecido y la mandíbula tensa. Estaba harto. Harto de depender, harto de no poder hacer las cosas por sí mismo, harto de sentirse inútil dentro de su propia casa.
Llevaba una semana entera intentando acostumbrarse a distinguir lo poco que podía ubicar dentro de su habitación, tratando de recordar dónde estaban sus cosas, dónde dejaban su ropa, dónde demonios quedaba cada objeto que antes podía encontrar sin pensar. Y la única que tenía la paciencia suficiente para ayudarlo era su tía Lina.
Aun así, Alexander solo quería estar solo, no quería miradas de lástima, o qué le tengan compasión.
No quería sentirse una carga, para nadie.
—Tía, deja la comida en la mesita de noche. Cuando tenga hambre, comeré… —murmuró con voz ronca y cansada—. Vete y déjame solo. No sé cómo me toleras, si ni mi propia esposa lo hace.
Aquellas palabras le atravesaron el pecho a Lina.
Una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla, pero no dijo nada. Solo soltó un suspiro tembloroso, se acercó despacio hasta él y lo abrazó con fuerza, como si quisiera sostener con sus propios brazos todo el dolor que su sobrino se negaba a soltar.
Alexander no correspondió de inmediato.
Se quedó rígido, tragándose la rabia, la impotencia y esa humillación silenciosa que lo estaba destruyendo por dentro.
Cuando Lina salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad, el silencio volvió a tragárselo todo.
Alexander apretó los puños con fuerza, intentando soportar su propia realidad.
Tres largos meses, sin querer saber nada de la fábrica, tres meses sin saber de cuentas, sin supervisar tiendas por medio de su socio, sin dar órdenes, sin tomar decisiones, sintiéndose como una sombra del hombre que había sido.
Ni siquiera había logrado ir a ver a la familia de Carlos y aquello le pesaba en el alma como una piedra imposible de cargar. Ese remordimiento lo consumía cada noche, ya qué ese hombre prefiero morir para sacarlo del laboratorio. Por otro lado ni entendía como sucedió todo eso, porqué Carlos Mark, era uno de los mejores en ese ámbito.
Lo único que había podido hacer fue pedirle a Adán que se encargara de todo, que manejara la situación y cubriera los gastos de la funeraria en aquel momento.
Su mundo entero se había detenido, pero el resto seguía avanzando sin él.
Sus empresas quedaron a un lado, suspendidas en manos ajenas, y fue entonces cuando Daniela decidió tomar el puesto de presidenta mientras él “se recuperaba”. Alexander sabía perfectamente que a su esposa nunca le había apasionado ese mundo empresarial, pero también sabía que ella no iba a rechazar el poder, el dinero ni la comodidad que todo eso implicaba.
Al final, era eso o despedirse de los viajes, la ropa cara y la vida lujosa a la que tanto se había acostumbrado.
Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.
—Si quieres celeste, que te cueste —susurró para sí mismo, soltando una risa seca, vacía, casi rota.
A pesar de todo, lo único que quería era un poco de paz, un respiro, por esa razón iría de viaje unos meses y ver si lograba recuperar la vista en Rusia. Buscaría los mejores médicos.
Necesitaba un momento de tranquilidad dentro de aquella oscuridad que lo estaba devorando.
Pero incluso en medio de ese silencio, no dejaba de sentirse un inútil.
Cerró los ojos por un instante, respiró hondo y trató de ordenar sus pensamientos. No podía seguir encerrado en sí mismo para siempre. No todavía.
Con movimientos lentos, buscó el móvil a tientas y le pidió a Alexa que llamara a Adán. La maquinita marcó el número, y tras un par de tonos, la voz de su socio resonó al otro lado de la línea.
—Alexander, hola.
Él tardó un segundo en responder.
—Adán, necesito saber cómo va todo en la fábrica y en las tiendas.
Del otro lado hubo un breve silencio.
Adán, su socio de confianza, soltó un suspiro antes de hablar, como si midiera cuidadosamente cada palabra para no herirlo más de la cuenta.
—No te preocupes, Alexander. Todo va marchando bien. Tu esposa está manejando las cosas con calma y con el respaldo de tu primo. Hemos logrado mantener todo estable.
Alexander inclinó apenas el rostro y dejó escapar un suspiro contenido.
—Perfecto… —murmuró con frialdad—. Cualquier cosa, no dudes en llamarme. O llamar a mi tía. Pronto te llamare si logro hacer un viaje para qué estés al tanto de todo sin importar qué Daniela sea la presidente.
—Claro. Lo haré.
Adán estuvo a punto de preguntarle cómo se sentía realmente. Quiso hacerlo. Quiso saber si al menos estaba mejor, si había comido, si estaba resistiendo aquel infierno.
Pero no lo hizo.
Quizá porque ambos sabían que esa era una herida demasiado abierta para tocarla.
Así que, después de unas pocas palabras más, la llamada terminó.
El silencio regresó.
Alexander dejó el móvil a un lado y apretó la mandíbula con fuerza.
Su orgullo seguía intacto. Herido, sí, destrozado, tal vez. Pero intacto.
—Solo espero que Daniela sepa manejar la empresa —declaró con firmeza, aunque solo se lo dijera a sí mismo—. Porque en cuanto me sienta mejor voy a volver a tomar mi lugar. Sin importar esta maldita condición.
Su voz se quebró apenas al final.
Y aunque intentó mantenerse firme, por dentro se estaba cayendo a pedazos.
Porque lo que más lo estaba matando, no era el dolor, ni la ausencia de Daniela.
Era sentir que el mundo seguía girando, mientras él se había quedado atrapado en la oscuridad total.
