CAPÍTULO 2
El sonido constante de un monitor fue lo primero que él escucho antes de querer abrir los ojos.
Bip- bip- bip.
Alexander comenzó a despertar lentamente.
Su respiración era pesada. Su cuerpo, se encontraba débil. Cada parte de él parecía pesar toneladas. Intentó moverse, pero un dolor punzante lo obligó a quedarse quieto.
Frunció el ceño.
¿Qué había pasado
Un leve recuerdo cruzó su mente.
En el laboratorio las preparación explotaron, luego el fuego empezó. Y entonces, sus ojos dolían.
Intentó abrirlos, pero no vio nada.
Solo oscuridad.
Una oscuridad densa; absoluta.
Parpadeó varias veces, confundido.
Nada.
—¿? —su voz salió ronca, quebrada.
Movió ligeramente la cabeza.
—¿Hay alguien?
Intentó incorporarse, pero el dolor en su cuerpo lo detuvo.
—¿Por qué… no hay luz?
Su respiración comenzó a acelerarse.
Volvió a intentar abrir los ojos con más fuerza, como si así pudiera obligarlos a funcionar.
Pero lo único que encontró fue la misma negrura infinita.
El miedo empezó a crecer en su pecho.
—No… —susurró.
Llevó una mano temblorosa hacia su rostro, y sintió las vendas cubriendo completamente sus ojos.
Se quedó congelado.
—¿Qué es esto?
Su corazón comenzó a latir con violencia.
—¿Qué… qué me hicieron?
Tiró ligeramente de las vendas, desesperado.
—¡No… no… no!
La puerta se abrió de golpe.
—¡Alexander! ¡Tranquilo!
Era la voz de Julián.
Pero Alexander ya no escuchaba.
El pánico lo había consumido.
—¡NO VEO! —gritó, con la voz desgarrada—. ¡NO VEO NADA!
Intentó arrancarse las vendas con más fuerza.
—¡QUÍTENME ESTO! —su respiración era agitada, casi incontrolable—. ¡QUIERO VER!
Julián se acercó rápidamente, sujetándole las manos.
—¡Detente! ¡Te vas a hacer daño!
—¡YA ESTOY DAÑADO! —rugió Alexander, forcejeando—. ¡NO PUEDO VER, JULIÁN! ¡¿QUÉ ME PASÓ?!
El silencio cayó por un segundo.
Un segundo que se sintió eterno.
Julián apretó la mandíbula.
Sabía que ese momento llegaría.
Pero no así.
No tan pronto.
—Alexander… —dijo, con voz tensa—. Sufriste una quemadura química en los ojos.
—No… —negó él de inmediato—. No… eso no… eso no significa nada.
—El daño fue severo — le explico su amigo.
Las palabras cayeron como un golpe.
Alexander dejó de moverse.
—No es verdad —susurró.
Su voz ya no tenía fuerza.
—Lo siento mucho. Quizas sea... —Julián ni siquiera pudo seguir hablando.
—¡No… no me digas eso!— grito exaltado.
Su respiración temblaba.
—Dime que esto es temporal —pidió, casi en un ruego—. Dime que voy a ver en unas horas o mañana ¡dime algo maldita sea!
Julián cerró los ojos un instante.
—Estamos haciendo todo lo posible.
Pero Alexander entendió.
Y cuando lo hizo, se quebró.
—¡NO! —gritó con desesperación, soltándose con fuerza—. ¡NO PUEDE SER!
Golpeó la cama con furia.
—¡YO TENÍA TODO! —su voz se rompía—. ¡MI EMPRESA, MI VIDA!
Su respiración se volvió errática.
—¡MIS OJOS!
Llevó las manos a su rostro, temblando.
—No veo… —susurró, ahora más bajo, más roto—. No veo nada, esto es solo una pesadilla, necesito despertar cuanto antes. — rogó con la voz entre cortada.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por debajo de las vendas.
—Estoy teniendo una pesadilla. —su voz se apagó.
Julián apretó los puños y no pudo contener las lagrimas al ver a su mejor amigo en ese estado.
—Julián—dijo, casi como un niño perdido—. Tengo miedo de no volver a ver. Dime qué pronto estaré bien.
Julián sintió un nudo en la garganta. Nunca lo había visto así.
—No estás solo —respondió, colocando una mano firme sobre su hombro—. Voy a ayudarte, vamos a encontrar una solución.
Pero Alexander ya no escuchaba, estaba perdido, solo sentía enojó, furia y por primera vez en su vida, él siendo el poderoso Alexander Downs ya no tenía control de nada.
***
Daniela recorría las boutiques más exclusivas de París, probándose los vestidos más elegantes y costosos como si el mundo entero le perteneciera. A su lado caminaba el hombre que realmente deseaba, aquel que encendía en ella una chispa que su matrimonio nunca logró despertar.
Su móvil no dejaba de sonar. Una y otra vez, insistente. Pero Daniela ni siquiera se molestó en mirarlo. Con un gesto despreocupado, lo dejó en silencio y continuó admirando las prendas, las joyas, los encajes finos que se deslizaban entre sus dedos. Gastaba sin medida, como si fuera la dueña de una fortuna inagotable.
Leonardo la observaba en silencio, elevando ligeramente una ceja, sorprendido por la facilidad con la que ella utilizaba el dinero de su esposo. Sin embargo, no dijo nada. En el fondo, poco le importaba. Alexander era un multimillonario arrogante, dueño de grandes empresas y lujosas tiendas; el dinero nunca sería un problema para él.
Si su esposa quería despilfarrarlo, ¿qué más daba?
—Creo que deberíamos irnos al penthouse —murmuró Leonardo, acercándose a ella y deslizando su mano por su cintura con naturalidad.
Daniela era deslumbrante y bella, rubia de ojos azules tan profundos como el cielo antes de una tormenta, con curvas perfectas y una presencia imposible de ignorar. Leonardo la recorrió con la mirada, deseándola sin reservas.
¿Quién no querría a una mujer como ella?
Ella sonrió, alzó ligeramente las cejas y asintió con elegancia.
—Déjame pagar. Te compré unos trajes para esta noche, iremos a cenar.
—Perfecto —respondió él con una media sonrisa—. Pero consígueme también un reloj de lujo.
—Claro que sí —replicó Daniela, guiñándole un ojo antes de dirigirse a la caja.
Sin dudarlo, sacó su tarjeta dorada y pagó todas las compras con total seguridad, como si cada gasto fuera insignificante para ella.
Poco después, ambos se dirigieron al penthouse donde se hospedaban. Apenas cruzaron la puerta, las miradas cómplices bastaron para encender la pasión. Sin esperar más, se entregaron el uno al otro entre risas, brindando mientras se apasionaban, ajenos a todo lo demás.
Mientras tanto, en un hospital a kilómetros de distancia, Alexander gritaba desesperado.
La oscuridad lo había consumido.
Había perdido la vista.
La tía Lina, con el rostro bañado en lágrimas, observaba aquella escena con el corazón destrozado. Aquel hombre fuerte, imponente, que parecía invencible, ahora se encontraba completamente vulnerable.
—Dios mío —susurraba con voz quebrada—. Por favor, haz un milagro en mi sobrino.
Apretó su teléfono entre las manos y revisó la pantalla una vez más.
Ningún mensaje ni llamada de Daniela.
La angustia creció en su pecho.
Daniela ya debería estar aquí, justo ahora cuando su esposo más la necesitaba.
Pero no estaba, sin embargo la tía Lina, no era tonta. Sabía perfectamente, que esa tipa estaba gastando como una compradora impulsiva, el dinero de su esposo como si no hubiera mañana. Mientras qué su esposo, estaba sufriendo en una cama de hospital.
