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Capitulo 3: Rumores de vecindario

El padre de Verónica, un hombre de mirada cansada y voz grave, se dirigía a su esposa con una preocupación que le arrugaba la frente.

No entiendes, María, —decía, paseando de un lado a otro del salón, esta urbanización ya no es lo que era. La droga se ha infiltrado en cada rincón, corrompiendo a nuestros jóvenes. Los muchachos se pierden en la oscuridad, en la prostitución, en la violencia. No quiero que Verónica se exponga a eso.

María, con el rostro pálido, intentaba calmarlo, no dejaba de insistir

—Pero, querido, es su fiesta de graduación. Es una noche especial para ella. No podemos encerrarla para siempre.

—No se trata de encerrarla, —respondió el padre, con voz exasperada,—se trata de protegerla. No sabes lo que pasa ahí fuera. Los rumores, las historias que escucho... Me hielan la sangre. No quiero que mi hija sea una víctima más de esta decadencia.

María bajó la mirada, consciente de la razón por la que asistía a su marido. La urbanización, antes un lugar tranquilo y familiar, se había convertido en un hervidero de actividades ilícitas.

Las noticias locales relataban historias de jóvenes desaparecidos, de fiestas clandestinas donde la droga y el alcohol corrían a raudales, de la explotación sexual que se escondía tras fachadas de diversión.

—Tenemos que cuidar a nuestros hijos, —insistió el padre, con voz grave.

—No podemos ser ingenuos. El mundo no es como lo imaginamos. La corrupción se ha extendido como una plaga, y nuestros jóvenes son los más vulnerables.

Mientras tanto, en su habitación, Verónica sentía un torbellino de emociones. La prohibición de su padre la había sumido en la desesperación, pero la idea de escapar a la fiesta, de vivir una noche de libertad y alegría, la impulsaba a seguir adelante. El plan de Sofía, aunque arriesgado, le parecía la única salida.

Sus manos temblaban mientras se probaba varios vestidos, a parte del que le trajo Sofía que lo dejó de último, uno negro entre ellos, regalo de su abuela que había guardado para una ocasión especial.

Se miró al espejo, tratando de calmar los nervios. La imagen reflejada era la de una joven decidida, pero sus ojos delataban el miedo y la ansiedad que la asolaban a pesar de su obsesiva desición.

Y en su frecuente lugar de reuniones...

Keto, rodeado de sus secuaces, se jactaba de sus conquistas, relatando con lujo de detalles sus encuentros con las chicas del liceo. Sus palabras, cargadas de obscenidades y desprecio, provocaban risas entre sus compañeros, pero también incomodidad y repulsión en otros.

Luis Mario y Gonzalo, observando la escena desde la distancia, sentían un nudo en el estómago. Las palabras de keto, que trataban a las chicas como meros objetos de placer, les provocaba náuseas. No podían entender cómo sus compañeros podían hablar así de las mujeres, reduciéndolas a trofeos de pura carne para subir su ego.

De pronto, Keto comenzó a relatar un encuentro que había tenido con Sofía en los baños del liceo, después de una obra de teatro. Sus palabras, crudas y explícitas, describían una escena de acoso y abuso que heló la sangre de Luis Mario.

La rabia lo invadió, un torrente de furia que le nubló la vista. Se levantó de su asiento, con la mirada fija en Keto, y se acercó a él con pasos decididos.

—¿Qué te pasa, Luis Mario?, ——preguntó keto, con una sonrisa burlona,—¿acaso te molesta que hable de Sofía? Todos sabemos que ella siempre está dispuesta.

—Cállate, —gritó Luis Mario, con la voz temblorosa de ira,—no tienes derecho a hablar así de ella. No tienes derecho a hablar así de ninguna mujer.

—¿Y quién me lo va a impedir?, —respondió keto, con desprecio, —¿tú?.

—Sí, yo, —respondió Luis Mario, con voz firme. —te voy a impedir que sigas hablando así, que sigas tratando a las mujeres como si fueran objetos.

Keto se levantó de su asiento, dispuesto a enfrentarse a Luis Mario. Sus secuaces se pusieron de pie, rodeándolos, listos para intervenir.

—Saca tu nariz de mis asuntos, Luis Mario, —advirtió keto, con voz amenazante, ¡no sabes con quién te estás metiendo!

—No me importa con quién me esté metiendo, —respondió Luis Mario, con la mirada fija en los ojos de keto,—lo que me importa es que dejes de hablar así de Sofía, que dejes de hablar así de nuestras amigas.

Luis Mario y Keto se miraban fijamente, dispuestos a enfrentarse. Gonzalo, consciente de la situación, se interpuso entre ellos, tratando de evitar una pelea.

—¡Calma, chicos!, —dijo Gonzalo, con voz conciliadora.

—No vale la pena pelear por esto. Keto, creo que deberías disculparte con Luis Mario y con Sofía.

—¡Otro ridículo más, ustedes no tienen lo necesario para decirme a mí que hacer y que no!

—¡Eso está por verse, dime de qué presumes y te diré de que careces!

Keto se sentía desafiado y sorprendido por la intervención de Gonzalo.

Y el clan de amigos se miraban entre sí, al ver la determinación de Gonzalo, bajaron la guardia.

—Está bien, —dijo keto,—¡no he dicho nada!...¡Pero y si se nos regalan!

Empezaron a reír.

Luis Mario, aunque todavía furioso, asintió con la cabeza.

La situación se había calmado, pero la tensión en el ambiente seguía siendo insoportable.

Las palabras de Keto habían dejado una cuenta pendiente y había que estar alerta.

Juan Alberto, conocido como Keto, se cambia de lugar y sigue hablando de lo mismo que ya Verónica es cohete quemado, que ahora quiere probar a Cynthia o a Verónica,

lo que genera sorpresa y burlas entre sus compañeros.

La situación se torna tensa cuando uno de los chicos muestra un video íntimo de Keto en el baño con Sofía, Luis Mario mira a la distancia y se pregunta qué será lo que ven en ese vídeo.

—¡Pero miraaa…que divino Keto!

—¡Ese perro parece que están viendo pornografía!

—¡Si son unos enfermos, que no me enteré yo que piensa acercarse a Verónica porque me va a encontrar!

—¡Verónica no trata con tipos así, ella es muy pero muy seria!

—¡Ella no es capaz de hacer lo que hacen otras como Sofía por ejemplo!

—¡No, ella no lo es!

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