

Capitulo 2: Una buena amiga
La fiesta se acercaba como un tic-tac implacable, y aunque su padre había prohibido su asistencia y Verónica estaba muy sentida con el, aún resonaban palabras de angustia por la casa;la idea de una noche mágica seguía latiendo en el corazón de Verónica con la persistencia de un tambor de guerra.
Sofía, su confidente y cómplice que conocía desde el tercer grado.
Acababa de llegar nuevamente.
El padre de Verónica estaba al pie de la escalera conversando con la madre.
—¡Buenos días señor !
Voy a subir para saludar a Verónica.
—¡Si pasa, ella ya debe estar despierta!
Verónica sube en brinquitos rápidos toqueteando los peldaños.
—¡Ella ya sabe, ya se lo dije, que Verónica no va para esa fiesta!-afirmó el señor Marcos
—¡¿No puedes dejarla ir una hora por lo menos?!
—¡Eso sería peor, sacarla delante de todos!
No va y ya por favor, no me vuelvas a tocar ese tema.
Verónica estaba recostada contra el cabecero de hierro forjado, mordisqueando una hebra de su pelo azabache mientras susurros y risas cómplices llenaban el espacio entre los suspiros del ventilador de techo.
—Lo imagino bailando conmigo, Sofi, —suspiró Verónica, dibujando círculos en el aire con su dedo índice. Las sombras alargadas de la habitación danzaban sobre sus rostros ovalados, acentuando el brillo febril de sus ojos juveniles.
—Luis Mario, con esa sonrisa que le hace hoyuelos... bajo las luces de la fiesta, la música envolviéndonos como seda...", —su voz se quebró en un susurro, mientras sus mejillas palidecían y luego se sonrojaban en cuestión de segundos,—sería perfecto... como en esas novelas que leemos en las apps a escondidas.
Sofía soltó una carcajada, haciendo tintinear las pulseras de plata que llevaba en ambas muñecas.
Su falda de cuero rechinó al cambiar de posición, revelando sin ninguna incomodidad que cargaba medias rotas deliberadamente hasta sus rodillas.
—Ay, amiga, tú y tus sueños de príncipe azul montando un corcel en las nubes, —dijo, lanzando una almohada al aire y atrapándola con agilidad.
—Yo, en cambio..., —hizo una pausa dramática, mordiéndose el labio inferior hasta dejar una intensa marca de un color parecido al carmesí,—sueño con Keto, quiero, sentirlo de nuevo, como aquella vez, deslizando sus manos bajo mi vestido pero esta vez será escuchando mientras la banda interpreta una música suave, como "Feelings".
Verónica se incorporó bruscamente, haciendo rechinar los resortes del colchón.
Las palabras de su amiga le provocaron un escalofrío que le erizó a Verónica los vellos de los brazos.
—¡Como!...¿Keto?...el que se llama Juan Alberto...
¿El mismo que expulsaron por prender fuego al laboratorio de química? ¿No te da miedo el...?", —la voz se le quebró al recordar a Keto, con aquellas manos tatuadas, las cicatrices en los nudillos, y aquella mirada de halcón que todos evitaban en los pasillos.
Sofía se inclinó hacia adelante, y el collar de gargantilla que llevaba centelleó bajo la luz mortecina, efecto de la sombría calma de aquel cuarto adolescente.
Sofía olía a perfume de jazmín y tabaco, lo que envolvió a Verónica en una nube sofocante.
—Miedo Vero, miedo es lo que le tienen los que nunca se atreven a vivir sus vidas, —susurró, trazando una línea imaginaria desde el cuello de Verónica hasta su clavícula.
—Keto y yo... tenemos un entendimiento desde aquella vez en los camerinos del teatro del liceo.
El silencio se espesó durante tres latidos de corazón.
Verónica tragó saliva, sintiendo cómo la garganta se le cerraba.
—¿Entendimiento?, —repitió, jugueteando nerviosa con el borde de su blusa de encaje.
Sofía se acercó hasta que sus frentes casi se tocaron.
El reloj de la pared marcó las seis con un gemido metálico.
Cuando me encontró en aquel lugar, ya todos se habían marchado.
Me arrastró hasta los azulejos fríos del baño de chicos, —susurró, mientras sus uñas esmalte negro arañaban suavemente la palma de Verónica.
—Por cierto habia un penetrante olor a cloro que me quemaba la nariz... pero cuando sus labios rozaron mi cuello y me mordisqueaba como un gatito, supe que ningún chico del coro podría hacerme sentir así y no lo pude detener.
Verónica contuvo el aliento, imaginando las baldosas húmedas, los grafitis obscenos en las puertas, el silencio y la soledad de aquel lugar. Una gota de sudor le resbaló por la espalda, oculta bajo las tres capas de ropa que siempre llevaba.
—Pero... ¿y fue así...así de rápido ? ¿Si te hubiera lastimado...?", —preguntó, recordando los sermones de su madre sobre las "jóvenes perdidas" que mencionaron el domingo en en el sermón de la misa.
Sofía soltó una carcajada que resonó como cristales cayendo en hileras.
—¡Ay, baby!, —dijo, recostándose y cruzando las piernas, asumiendo que es toda una mujer experta del tema.
—Sigues creyendo que el mundo se divide en vírgenes y putas, ¿verdad?—Los ojos verdes, delineados con precisión militar, escudriñaban el rostro de Verónica, como si saboreara el gusto de poseer el secreto de las siete llaves de un tesoro.
—Cuando dejes de temblar cada vez que un chico te mira, entenderás que el respeto no está en lo que ocultas, sino en la entereza de asumir la responsabilidad de tu vida.
Verónica bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas, parecía que estaba atrasada y reprimida, sentía pena por ser diferente y no poder compartir "experiencias maduras" con su amiga.
Las palabras de su madre, "ningún hombre comprará la vaca si regalas la leche" —le zumbaban una y otra vez en los oídos, la sangre se sentía revolcar ansiosa por tener alguna vez esa experiencia.
—Yo... quiero que mi primera vez sea especial,—sentenció—, aunque la duda teñía cada sílaba.
Y que sea con alguien que me espere hasta el día de la boda.
Sofía suspiró, pasándose los dedos por el flequillo despeinado.
—Boda, flores y toda la parafernalia, —dijo suavemente, sacando un cigarrillo arrugado de su bolso de lentejuelas,—las bodas se tardan y el deseo apremia; ya veras, como te arderá la sangre cuando Luis Mario te mire... esa sensación nos llega a todas, y hasta los huesos.
Encendió la punta del cigarro con un encendedor dorado, y el humo salió de su boca, esparciendo dibujos de espirales grises que subian como donas vaporosas diluidas al vuelo.
El silencio se instaló entre ellas, poblado por el crujido de los papeles y revistas al roce con las sábanas.
Verónica pensó en Luis Mario, recordaba cuando una tarde, la ayudaba con los problemas de álgebra, la manera de limpiar sus gafas con el dobladillo de la camisa, y el pánico que sentiría si alguna vez intentara tocarla sin su permiso.
—¡¿Recuerdas cuando nos escondimos en el cine para ver aquella película de vampiros?!, —preguntó Sofía de pronto, rompiendo el paseo mental de Verónica.
Sus ojos brillaban con nostalgia perversa.
—Tú llorando cuando el protagonista moría, y yo...".
—Tu besándote con el acomodador de las butacas en el balcón trasero,—completó Verónica, sonriendo a pesar de sí misma.
El recuerdo le provocó una punzada de envidia que la avergonzó. Pero ahogó su vergüenza.
—Exacto, —rió Sofía—, aplastando la colilla en un cenicero pintado de flores.
—Siempre supe separar la realidad de la ficción y disfrutar de manera viva y audaz. Después de estas palabras Sofia
se inclinó hacia adelante, tomando las manos heladas de Verónica entre las suyas, tibias y perfumadas por su tabaco.
—Esta fiesta es nuestra oportunidad Verónica, y que nos quede un recuerdo, para contar algo que valga la pena. —¿Vas a dejar que el miedo de tu padre decida por ti?.Hablo Sofia cual serpiente del paraíso.
Verónica miró hacia el crucifijo colgado sobre la puerta, donde Cristo inclinaba la cabeza en silenciosa reprobación. Por primera vez, notó cómo el clavo en su mano derecha parecía moverse como un péndulo reprobando sus intenciones.
—¿Y el vestido Sofía?,
—preguntó finalmente, cambiando de tema antes de que la tentación la venciera,—dijiste que me conseguirías algo espectacular... algo que me haría ver regia.
Sofía sonrió a la vez que abría su mochila militar con parches descosidos.
De su interior emergió un destello de satén negro que hizo contener la respiración a Verónica.
—¡Toma!De la boutique de la señora Mireles, —dijo con orgullo, desplegando la prenda que brillaba como agua bajo la luna.
Tiene un escote que llega hasta el infierno, una espalda descubierta que hará llorar a los ángeles, y tus muslos serán como perniles rosa provocadores a la vista. Está es la última moda.
Verónica extendió una mano temblorosa, sintiendo la tela resbaladiza deslizarse entre sus dedos como arena de duna dorada.
—Pero... ¿cómo saldré de esta casa? —susurró, imaginando ya el rostro de su padre al verla descender las escaleras convertida en otra persona.”Umm..Me mataría”
—¡No te preocupes más querida!
El hermano de Keto te esperará o con su moto o con su carro a media noche, —respondió Sofía, abrochándose una gargantilla de púas que parecía hecha para herir.
—Tu y yo sabemos eso Vero. Que tu padre cena a las nueve y se duerme con la radio. A partir de ese tiempo podrás escabullirte por la parte de atrás o sea por la cocina.
Asintió lentamente, sintiendo cómo un nudo de anticipación y culpa se anudaba bajo el esternón.
—Te verás como una diosa mitológica,
—prometió Sofía, rodeándola con un brazo mientras señalaban su reflejo en el espejo empañado, — y cuando Luis Mario te vea...".
El final de la frase se perdió en el ulular de un coche pasando a toda velocidad por la calle desierta. Era la imaginación de Verónica se veía a sí misma caminando para ir a la fiesta, bailando, el vestido pegándose a sus piernas como una segunda piel, las miradas de los demás quemándole la nuca. Pero entre las sombras de su fantasía, el rostro de Luis Mario se desdibujaba hasta convertirse en algo más peligroso, más intenso, que el mismo Keto con sus cicatrices en los nudillos y sus ojos de halcón.
Sofía, viendo la duda persistir, sacó un lápiz labial rojo sangre de su bolso.
—Esto es para que no se te olvide,
—dijo,dibujando un corazón en el espejo empañado.
Verónica el miedo y el deseo son hermanos gemelos... pero sólo uno te hará sentir viva.
Cuando el reloj marcó las doce, dejando caer su campanada de plomo sobre la habitación.
—¡Me voy es la hora del almuerzo!¡Adiós amiga!

