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Capítulo 4 La noticia del siglo

Cuando el Don está en su habitación, va hasta su baño y entra en la ducha. El agua fría recorre su enorme cuerpo desnudo mientras trata de pensar en otras cosas y no en los tormentosos sollozos de la loba.

—Hago lo que quiera. Su cuerpo me pertenece —suelta como si fuera un mantra.

Sus emociones son confusas. Una parte muy profunda dentro de él le grita que lo que acaba de hacer no es correcto, pero otra parte de su cuerpo se siente satisfecha por dominar a la loba. Él está acostumbrado a tomar lo que quiere en cualquier momento sin necesidad de que otros digan que está mal. Nunca necesitó que otros se metieran en su vida. La única persona que escuchaba sin dudar está a varios metros debajo de la tierra.

Cuando vuelve a estar satisfecho, sale de la ducha, toma una toalla para secar su cuerpo y va hasta su armario. Saca un pantalón corto deportivo y una musculosa.

Camina hacia la cocina, donde su ama de llaves termina de darle una última pasada a un bistec, se dirige a la nevera y saca el jugo de naranja.

—Don, deje eso, yo le sirvo.

Niega. —Sigue con lo que haces.

Minerva vuelve a la estufa y él se sirve el jugo.

—¿La señorita Kara bajará a cenar con usted?

Se tensa al escuchar el nombre de la loba.

—No —suelta serio y Minerva asiente—. Necesito que mañana temprano una ginecóloga esté aquí con métodos anticonceptivos.

—Como diga, Don.

Sale de la cocina y se dirige al comedor a esperar su cena.

Ya está cansado de detener su placer y no poder acabar dentro de la loba.

El teléfono suena, el cual agarra sin mirar quién le llama. Establece una pequeña discusión con la persona del otro lado de la línea y cuelga con un humor de perros.

Minerva le sirve su cena.

Come de mala gana y se marcha a su habitación sin ganas de ver a otros, tampoco desea hablar.

(…)

Kara termina de lavar su cuerpo quitando con asco los restos de esperma.

Las perlas saladas que salen de sus ojos se pierden con la lluvia artificial. Siente un ardor en su espalda por los azotes que le dio el Don en su espalda. Se siente humillada, ultrajada y como si fuera un estúpido juguete sexual. Bueno, ya lo es. El Don se lo dejó claro cuando le dijo que solo está en esa enorme casa porque su agujero lo complace. Cuando deje de ser útil la mandará a otro lugar peor que este.

Sale de la ducha y recuerda que no tiene nada qué ponerse. Suspira derrotada. Se acerca a la puerta y le pone seguro. Se va a la cama y cubre su desnudez con las colchas.

El sueño llega en cuestión de minutos y queda sumergida en la oscuridad.

(…)

Unos persistentes toques en la puerta la traen de vuelta a la realidad.

Suspira.

—¡Voy! —Sale de la cama y abre la puerta.

Minerva está del otro lado.

—Kara, te he dicho que no puedes tener tu puerta con seguro —regaña.

—Lo siento —susurra.

Minerva hace una mueca e ingresa en el dormitorio cuando Kara se echa a un lado.

Desde aquella noche en la que el Don la tomó sin su permiso coloca seguro a su puerta con miedo a que entre y la obligue otra vez.

—Sé los motivos por los cuales lo haces. Lo entiendo, pero el Don no está en la mansión desde ese día.

Al otro día, cuando despertó, necesitaba liberar su mente y contarle a alguien lo ocurrido, por lo tanto, se desahoga con Minerva. Ella la mira con pena.

—Lo siento —murmura y le da un abrazo maternal.

Kara llora con desconsuelo sobre su hombro.

Ese mismo día la ginecóloga inyectó a Kara con uno de los métodos anticonceptivos más efectivos. Su parte omega sabe que eso no será suficiente para evitar un embarazo en una noche de celo que tenga el alfa.

Kara está preocupada por eso y espera poder evitar esa noche de celo.

—¿Dónde está? —curiosea.

Minerva elevas sus hombros.

—No lo sé. Nunca sé dónde está el Don —responde—. Te dejaré hacer tus cosas. Tengo que hacer algunas diligencias antes de que el Don regrese.

—¿Vendrá hoy? —El miedo fluye por sus venas.

—Tal vez. El Don nunca dura mucho tiempo fuera de casa. Lo máximo que ha durado fuera son dos semanas.

— ¿Sabes el nombre del Don?

—No, nadie sabe. Solo su mano derecha sabe esa información —contesta con sinceridad.

El nombre del Don es una incógnita para todos sus trabajadores y socios. Nadie sabe de su vida privada. Es como si solo existiera el Don y no una antigua historia detrás de su nombre.

Qué equivocados están todos, pues detrás de todo eso hay una enorme historia.

—Entiendo —musita.

Minerva se retira de la habitación y la deja sola.

Esta semana para la loba ha sido en completa tranquilidad por no tener que ver al Don. Su miedo por él ha crecido y no cree sentirse cómoda ante su presencia. No quiere saber las consecuencias por no ser susceptible a él. Su parte omega le teme al Don.

La loba toma un baño y se coloca la ropa que trajo Minerva.

Aún no tiene ropa en el armario.

Suspira.

Sale y lleva los trastes sucios a la cocina. Minerva le ha dicho que no necesita hacer eso, pero es su único entretenimiento en la enorme mansión. No se le permite salir ni al jardín trasero. Deja los trastes en el lavadero y se marcha a la sala. Se queda quieta por unos ruidos de autos fuera de la mansión. Su curiosidad no le permite moverse de donde está y decide quedarse.

Los omegas son débiles y su curiosidad puede llegar a ser muy grande tanto que pueden poner su vida en peligro solo porque algo les llamó la curiosidad.

Las puertas de la mansión son abiertas por Minerva y por ellas entra una linda chica vistiendo un ajustado vestido negro que no deja nada a la imaginación. Sus caderas de infarto resaltan por la tela, sus pechos no son tan grandes y sus largas piernas son cubiertas por unas botas largas de tacón alto.

Sus miradas chocan y se miran con total curiosidad.

La invitada camina hacia Kara y le da una sonrisa.

—Ciao —saluda.

Kara frunce el ceño porque no entiende.

—Lo siento, no hablo italiano —suelta avergonzada.

Para su suerte, la chica habla perfectamente el español.

—Oh, disculpa, solo dije hola —expresa con una sonrisa.

—Oh —es lo único que dice.

— ¿Cómo te llamas?

—Soy Kara, ¿y tú?

—Soy Tamara Obrigh —se presenta.

—Un gusto conocerte. ¿Eres hermana del Don? —curiosea.

Tamara ríe y niega.

—No, cielo, soy su prometida. —Esas palabras provocan que un mareo le dé a Kara. La chica la toma del brazo, preocupada—. ¿Estás bien, cielo? —La guía hasta el sofá y la ayuda a sentarse.

—Sí, solo fue un mareo —susurra con unas terribles ganas de llorar.

—¿Qué función ejerces aquí? —Antes ha venido y es la primera vez que ve a la joven.

—Tamara, smettila di cazzeggiare e stai fuori dai miei affari[1]. —La voz seria del Don provoca que ambas chicas se sobresalten, una con miedo y la otra con sorpresa—. Y tú vete a tu habitación —ordena con seriedad.

Kara se levanta como si el mueble tuviera fuego y con su cabeza gacha se va a la recámara.

—Volevo solo essere gentile[2] —refunfuña Tamara.

—No te acerques a ella —demanda antes de marcharse.

Tamara mira por donde se fue y le da una mirada a Fer, que carga el equipaje para entregárselo a una de las empleadas.

—¿Qué le pasa a la bestia con la chica bonita? —Arquea sus cejas hacia él.

—Yo no sé nada —es lo único que responde y pasa por su lado.

Tarama lo sujeta del brazo.

—Stasera nella mia stanza[3].

Fer no responde, solo se suelta de su agarre para ir con el Don.

(…)

Omega y humana se sienten utilizadas por el Don. Ambas partes están furiosas por el engaño. Sin embargo, no tienen motivos para enojarse, ya que son el trapo con el que se limpia las manos.

—No puedo creer que nos haya hecho esto. —Observa el techo de su habitación, enojada. Su corazón late rápido en su pecho y su parte omega no quiere seguir viviendo en la misma casa que el alfa—. Saldremos de aquí.

Sale de la cama, se acerca al enorme ventanal y ve hacia abajo; la altura no es tanta como para lastimarse si salta en su forma lobuna. Se desnuda y deja salir a su loba, la cual es pequeña y de un color tan blanco como la nieve.

Pasos pesados se acercan a su dormitorio y la puerta se abre. El Don queda sorprendido al ver a una pequeña loba blanca en vez de a la chica. Escruta la ventana abierta y descubre sus intenciones.

—Si lo que quieres hacer es escapar, cachorrita, más te vale que ni lo intentes, porque cuando te atrape tu castigo será peor que el de aquella noche. —Su voz sale ronca.

La advertencia hace que todos los pelos de la loba se ericen. Insegura por lo que hará, da varios pasos a la ventana.

El Don ve que la loba no tomará en cuenta su advertencia y gruñe enojado para utilizar una voz de mando que tenía años sin utilizar.

—Detente y vuelve a tu forma humana. Ahora.

La orden que suelta con voz de alfa provoca que Kara vuelva a su forma humana en cuestión de segundos y quede arrodillada ante el imponente hombre.

—Cachorrita, te estás portando muy mal. —Niega—. Hasta te di una semana para que pensaras correctamente tus decisiones, pero veo que ya has tomado una. Mañana le diré a Fer que te lleve al prostíbulo de Venecia y que todo hombre o mujer que pague pueda hacer lo que sea con tu apetecible cuerpo.

Kara se estremece de solo imaginar que otras personas podrán tocarla.

—No, por favor —solloza aún arrodillada—. Don, se lo suplico, no me mande a ese lugar. —Emite algunos temblores.

—Tú tomaste tu decisión, cachorrita. —Se cruza de brazo y recorre con su mirada la blanca espalda de la joven—. Aquí te iba a dar comida, ropa y techo, solo por mantenerme satisfecho, pero veo que prefieres que muchas personas te tomen.

Quiere que la joven sea susceptible a él y que no se ponga a lloriquear cuando la tome. Quiere que ella disfrute tanto como él cuando la tome. No es divertido ni excitante para el Don que su amante de cama se entregue con mala voluntad y más la joven loba que atormenta su cabeza durante una semana. Se siente muy culpable por lo que la obligó a hacer y no quiere volver a tomarla, no de esa manera.

—Prometo que seré susceptible —suelta como única alternativa.

Él sonríe de lado por lograr su cometido. Nunca se atrevería a mandarla a un lugar como ese. Solo de pensar que alguien puede tenerla lo enoja y pone de mal humor.

—Ponte de pie. —Kara lo hace—. Mírame. —Levanta su rostro y encuentra la mirada grisácea del Don. A él por dentro se le remueve algo enojado consigo mismo por ser el culpable de sacar lágrimas de esos hermosos ojos color ámbar. Se le acerca. Es inevitable para Kara no retroceder—. No estás siendo susceptible, cachorrita.

—Lo siento. —Trata de controlar su impulso de echar a correr.

Él vuelve a avanzar. Su nariz capta el olor a miedo que ella emana.

Cuando el Don está frente a ella, alza su mano y quita las perlas saldas que bajan de sus mejillas. Tiene la nariz roja por los sollozos y sus ojos permanecen aguados. Desliza su toque por su cuello hasta llegar a sus rozados pezones. Acerca su rostro al de la loba y lo desvía hacia su garganta, donde frota su nariz para recoger el dulce aroma que se oculta debajo del amargo por su miedo.

—Aún puedo oler el miedo, Kara. —Sopla su cuello mientras pellizca su pezón—. Entrégate, cachorrita. —Toma la piel de su cuello con sus dientes.

—No puedo. —Sabe que debajo de ellos en alguna parte de la mansión se halla la prometida del Don.

—¿Qué te detiene?

—Su prometida.

—Con ella no puedo hacer lo que pretendo hacer contigo. Solo tú eres capaz de soportar mi polla sin llorar. Te lo dije, cachorrita, tu coño es el único capaz de tenerme dentro. —Su mano se desliza hasta el centro de la loba, donde deja una suave caricia—. Tienes el cofre de mi tesoro entre tus piernas. —Deja un beso en su cuello y respira profundo al sentir que el olor dulce es más perceptible que el amargo.

—Pero…

—Shh —sale de los labios del Don para callarla.

—Solo enfócate en ti, no en los demás. —La seriedad en su voz le dice a la loba que le importa muy poco tener una prometida—. ¿Lo tomas o lo dejas? Tú eliges y tu destino queda entre tus manos.

Traducción

[1] Tamara, deja de tontear y mantente fuera de mi negocio.

[2] Solo quería ser amable.

[3] Esta noche en mi cuarto.

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