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Capítulo 3

Hollis me contó después exactamente cómo fue.

Garrick Thorne subió las escaleras en persona —un hombre que llevaba diez años sin subir sus propias escaleras— y abrió de un empujón la puerta de mi suite.

Impecable. Impersonal. Una habitación de hotel esperando al siguiente huésped.

Entró en el vestidor. Trescientos mil dólares en joyas de la Luna seguían intactos en su terciopelo. Ni una pieza usada. Ni una pieza llevada.

Sobre el tocador, la tarjeta negra sujetaba una única hoja de papel.

«El PIN es tu cumpleaños. Nunca la usé».

Se quedó mucho rato allí de pie, con la nota en la mano.

Durante once meses me había vigilado como a una ladrona en su propia casa. Había mandado controlar mis cuentas. Había mandado registrar mis llamadas. Estaba convencido de que me había casado con su hijo por dinero.

Y cuando me fui, me llevé solo lo que el contrato decía que me correspondía.

Nada más. Ni una pulsera. Ni una palabra.

—¿Y esto qué se supone que demuestra? —espetó, tirando la tarjeta.

Fue entonces cuando entró Nadia Voss.

Traje blanco. Melena de peluquería. La preocupación pintada en la cara como el pintalabios.

—Tío Garrick, no te disgustes. Siempre fue muy emocional.

Debería explicar quién es Nadia.

Ella y Kade crecieron en territorios vecinos. Todos los lobos de tres estados daban por hecho que algún día sería la Luna, Nadia incluida. Cuando Kade anunció que se emparejaba con una don nadie callada de la Costa Este, ella sonrió para las cámaras y luego dejó de dormir.

Y también fue ella quien lo hizo.

Me enteré semanas más tarde: con Kade en el extranjero cerrando una adquisición en Europa, los trámites legales pendientes los estaban despachando los asistentes. Nadia tenía a un lobo infiltrado en ese departamento. Coló un Rito de Rechazo ya redactado en un montón de documentos urgentes, consiguió que se tramitara por la vía rápida con el sello registrado de Kade y activó la indemnización.

Su plan era sencillo y, sinceramente, nada tonto.

Creía que Kade se había aburrido de mí. Creía que yo me aferraría. Que gritaría. Que me negaría a firmar. Que arrastraría a la manada a un escándalo público de vínculos que le envenenaría el asiento en el Consejo… y entonces aparecería ella, la vieja amiga leal, con un hombro sobre el que llorar y una solución.

Se equivocó en una sola cosa.

Yo nunca quise ser Luna.

—He oído que le pagó —comentó Nadia con ligereza mientras aceptaba un té—. ¿La cláusula de indemnización?

—Veinte millones —dijo Hollis—. Transferidos ayer. La antigua Luna firmó en menos de una hora.

La taza de Nadia se detuvo a medio camino de su boca.

En menos de una hora.

Sin gritos. Sin súplicas. Sin numeritos.

Por primera vez, algo frío le trepó por la nuca.

Había sido demasiado limpio.

Mientras tanto, yo estaba sentada en mi terraza comiendo fresas con la niebla entrando desde el mar, sintiendo a los bebés moverse por primera vez: cuatro golpecitos diminutos e imposibles, como alguien llamando educadamente a una puerta.

Me reí en voz alta mirando al cielo.

Desde ese día, no era la Luna de nadie, ni el activo de nadie, ni la yegua de cría de nadie.

Era simplemente Wren.

A las 18:40 de esa tarde, un Gulfstream tomó tierra en una pista privada a las afueras de Silver Ridge.

Kade Thorne bajó la escalerilla aflojándose todavía la corbata, con nueve días de negociaciones a la espalda y una adquisición europea firmada en el maletín.

Su asistente le entregó un móvil cargado.

—Alfa. La señorita Voss ha llamado once veces. Lo he gestionado según sus instrucciones.

Él asintió, desbloqueó la pantalla por pura costumbre y abrió la bandeja de entrada.

El asunto tenía cuatro palabras.

RITO DE RECHAZO EJECUTADO.

Se detuvo en mitad de la pista.

Lo abrió. Bajó. Confirmación legal. Justificante de transferencia. Mi firma, escaneada, nítida, inmediata.

Veinte millones de dólares. Rechazo. Efectivo desde la mañana del día dieciséis.

No había sido orden suya.

Jamás, en once meses, se había planteado ponerle fin.

La funda del móvil se le partió en la mano.

Y en California, a las 3:04 de la madrugada siguiente, me desperté gritando.
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