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Capítulo 3

El estudio de Marcelo Alvarado olía a cuero, bourbon y decisiones tomadas sin pedir permiso.

Me senté frente al escritorio porque él señaló la silla. No porque quisiera. No porque las piernas no me temblaran. Me senté porque, en esa casa, desobedecer convertía cualquier castigo en algo peor.

Renata se quedó junto a la ventana, impecable en su vestido de seda. Camila ocupó el sillón lateral con las piernas cruzadas, como si hubiera venido a disfrutar de una obra privada.

Marcelo cerró la puerta.

El clic sonó definitivo.

—Se ha llegado a un acuerdo —dijo.

No preguntó si había oído algo. No fingió preocupación. Ni siquiera tuvo la decencia de parecer incómodo.

—¿Qué acuerdo? —mi voz salió apenas como un hilo.

Camila sonrió.

—No pongas esa cara. Por una vez vas a servir para algo útil.

Renata le lanzó una mirada de falsa censura.

—Camila.

Pero no la corrigió.

Marcelo apoyó ambas manos sobre el escritorio.

—Te casarás con Damián Valcárcel.

El nombre cayó entre nosotros como un cuchillo.

Damián Valcárcel.

Incluso yo, que vivía encerrada entre habitaciones de servicio y aulas universitarias, conocía ese apellido. Los Valcárcel no aparecían en revistas de sociedad. Las controlaban. No pedían favores. Los cobraban. Nadie sabía exactamente cuánto poder tenían, pero todos hablaban más bajo cuando su nombre entraba en una conversación.

Y Damián...

Damián era el heredero.

El hombre que, según los rumores, no levantaba la voz porque no necesitaba hacerlo. El que arruinaba empresas con una firma. El que llevaba seguridad armada a reuniones de negocios. El que sonreía poco y perdonaba menos.

—No —susurré.

Fue una palabra pequeña.

En esa casa, sonó como una rebelión.

Marcelo no parpadeó.

—No te he pedido opinión.

—Ni siquiera lo conozco.

—No hace falta.

Me puse de pie antes de poder detenerme.

—Si es tan importante, ¿por qué no Camila?

La sonrisa de mi hermanastra desapareció.

Renata se acercó un paso, con la dulzura envenenada que usaba cuando quería clavar más hondo.

—Porque Camila tiene futuro, cariño. Una imagen que proteger. Compromisos. Prensa. Una vida.

Una vida.

Como si la mía no contara.

—Yo también tengo una vida —dije, y odié que se me quebrara la voz—. La universidad. Mis clases. Mi...

—Tu universidad termina mañana —cortó Marcelo.

El aire me faltó.

—No puedes hacer eso.

—Puedo hacer mucho más.

Se inclinó hacia adelante. Sus ojos eran fríos, impecables, vacíos.

—Puedo retirar tu matrícula. Puedo cerrar la residencia. Puedo asegurarme de que ningún profesor vuelva a aceptar tu nombre en una lista. Puedo hacer que ese chico con el que hablas en el campus entienda que acercarse a ti fue el peor error de su vida.

Elías.

El golpe fue tan limpio que casi no dolió al principio.

Luego me abrió por dentro.

—No lo metas en esto.

—Entonces no me obligues.

Camila soltó una risa baja.

—Qué dramática. Te estamos dando un marido rico, no una sentencia de muerte.

La miré.

—Entonces cásate tú con él.

Por primera vez, vi miedo real en sus ojos.

Solo un destello.

Suficiente.

Damián Valcárcel no era un premio. Era una amenaza disfrazada de alianza.

Renata se acercó y me tomó del mentón con dos dedos. Sus uñas rojas me rozaron la piel.

—Escúchame bien, Isabela. Hay chicas que nacen para heredar. Y hay chicas que nacen para pagar las deudas de otros.

Me aparté de un tirón.

Marcelo golpeó el escritorio con la palma.

—¡Basta!

El silencio volvió a caer.

—La boda será en una semana —dijo.

—¿Una semana?

—O antes, si los Valcárcel lo exigen.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Una semana para despedirme de mi nombre.

Una semana para convertirme en esposa de un extraño.

Una semana para aprender a sonreír mientras me enterraban viva.

—Y si me niego —pregunté, aunque ya sabía la respuesta—, ¿qué harás?

Marcelo me sostuvo la mirada.

—Haré que desees haber nacido invisible.

No lloré.

No allí.

No delante de ellos.

Solo bajé la mirada, porque mis piernas ya no podían sostener mi orgullo.

Renata suspiró, satisfecha.

Camila se levantó y me rozó el hombro al pasar.

—Empieza a practicar, hermanita. Los Valcárcel no soportan a las esposas defectuosas.

La puerta se cerró tras ellas.

Marcelo tomó un documento del cajón y lo deslizó hacia mí.

El contrato matrimonial.

Mi nombre ya estaba escrito.

Y debajo, esperando mi condena, había una línea vacía para mi firma.

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