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Capítulo 2

La bandeja pesaba más de lo que parecía.

O quizá era la mirada de Renata la que me aplastaba desde el otro extremo del comedor.

Avancé entre los invitados con una sonrisa pequeña, de esas que no prometen nada y no molestan a nadie. Copa a la derecha. Vino sin derramar. Cabeza baja. Hombros quietos.

En la casa Alvarado, respirar demasiado fuerte también podía ser una falta.

—Más vino —ordenó Camila sin mirarme.

La heredera perfecta de los Alvarado extendió su copa como si yo fuera parte del mobiliario. Llevaba un vestido rojo, un collar de diamantes y esa expresión suya de aburrimiento caro que siempre hacía que los demás le perdonaran la crueldad.

Le serví.

Ni una gota cayó fuera.

Aun así, sonrió.

—Vaya. Hoy sí sabes usar las manos.

Renata soltó una risa suave, elegante, venenosa.

Marcelo Alvarado no dijo nada. Mi padre nunca decía nada cuando me humillaban. Su silencio era una firma. Una autorización. Una forma refinada de empujarme al suelo sin ensuciarse los zapatos.

Yo seguí caminando.

Aquella noche había invitados importantes. Empresarios, políticos, mujeres con perfumes densos y hombres que hablaban de millones como quien comenta el clima. Todos conocían a Marcelo. Todos conocían a Camila.

Nadie me conocía a mí.

Me detuve junto a un hombre de barba gris que no dejaba de observarme. No lo hacía con deseo, ni con desprecio. Solo con curiosidad. Eso fue lo peor.

—Perdona, Marcelo —dijo al fin—. ¿Quién es ella?

El comedor se apagó.

No de verdad. Las velas seguían ardiendo, los cristales seguían brillando, la música de fondo seguía acariciando las paredes.

Pero dentro de mí, todo quedó en silencio.

Marcelo cortó un trozo de carne con una calma perfecta.

—La criada.

Dos palabras.

Nada más.

No mi hija.

No Isabela.

Ni siquiera una explicación.

La criada.

Sentí la bandeja temblar entre mis dedos. Apreté con fuerza hasta que el metal me mordió la piel.

Camila bajó la mirada para ocultar su sonrisa. Renata alzó su copa como si estuviera brindando por mi desaparición.

Yo asentí.

Porque eso hacen las sombras cuando alguien les recuerda que no tienen derecho a existir.

Me retiré hacia la pared, junto al aparador, donde nadie necesitaba verme a menos que quisiera algo. La conversación volvió a fluir. La vergüenza no había interrumpido la cena. Solo me había atravesado a mí.

Entonces sonó el teléfono de Marcelo.

No era un tono cualquiera. Era breve, seco, reservado para llamadas que nadie debía ignorar.

Él miró la pantalla.

Por primera vez en toda la noche, vi algo parecido a la tensión endurecerle la mandíbula.

Renata lo notó también.

—¿Quién es? —preguntó en voz baja.

Marcelo no respondió. Se levantó, dejó la servilleta junto al plato y salió al pasillo.

Yo no debía seguirlo.

Por supuesto que lo hice.

Me moví hacia la cocina con la bandeja en las manos, pero en lugar de entrar, me quedé cerca de la puerta entreabierta del estudio. Los latidos me golpeaban en la garganta.

La voz de mi padre llegó fría.

—Sí, Aurelio... Lo entiendo... No, Camila no.

Un silencio.

Apreté la bandeja contra mi pecho.

—Tengo otra hija.

El mundo se inclinó.

No.

No podía ser.

—Nadie la echará de menos —continuó Marcelo—. Es discreta. Obediente. No dará problemas.

La bandeja se me resbaló.

El estruendo del metal contra el suelo cortó la llamada como un disparo.

Marcelo abrió la puerta.

Nuestros ojos se encontraron.

Durante un segundo, no vi a mi padre.

Vi a un hombre que acababa de venderme y estaba molesto porque lo había escuchado.

—Isabela —dijo con una calma que me heló la sangre—. Ven a mi estudio.

Detrás de mí, Renata apareció en el pasillo.

Camila también.

Ambas sonreían.

Y entonces comprendí algo horrible: ellas ya lo sabían.

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