Capítulo 4: La Dama de la Mafia
Desde el lindero del bosque de cipreses que custodiaba las bodegas De Santis, Tiziano vio cómo el todoterreno de Bianca salía del complejo a velocidad sostenida. A través del monitor de rastreo instalado en su unidad táctica, comprobó el trayecto del vehículo: la abogada no regresaba al Palazzo ni intentaba huir. Su destino era el centro administrativo de la Fundación De Santis, un edificio neoclásico en el corazón de la ciudad donde las cámaras de seguridad eran administradas por su propio equipo y donde sus despachos legales le ofrecían un refugio temporal, un espacio neutral donde se sentía lo suficientemente segura para continuar desmenuzando la red de sociedades pantalla de su marido.
Tiziano afianzó las correas de su arnés táctico. Decidió romper la pauta de seguimiento sobre Bianca. Ella ya había tomado su decisión; estaba enfrascada en una cacería documental. La verdadera amenaza no venía de una mujer revisando archivos en su oficina, sino del hombre que la había sentenciado y de la mano negra que guiaba la ejecución.
Sintonizó la frecuencia cifrada de la baliza GPS que horas antes le había colocado al deportivo de Alessandro Moretti. El transmisor marcaba un trayecto hacia el centro histórico de la ciudad, en dirección a una zona caracterizada por sus exclusivos clubes privados y restaurantes de alta cocina. Tiziano abordó su camioneta blindada y se incorporó al tráfico manteniendo una distancia prudente y calculada.
Veinticuatro minutos después, el deportivo de Alessandro viraba hacia el acceso reservado de La Pergola d'Oro, un ostentoso restaurante ubicado en una casona señorial de muros gruesos y comedores reservados. Alessandro Moretti —con su porte elegante, su esmoquin impecable y su abundante cabello canoso que le daba un aire aristocrático y distinguido— bajó del vehículo entregando las llaves al aparcacoches.
Tiziano estacionó a una cuadra de distancia. Sabía que las microcámaras en conductos de ventilación eran un recurso de ficción inútil en una casona antigua de techos altos y muros de piedra. El espionaje real requería flexibilidad, mimetización e infiltración directa en el terreno.
Echó mano de un bolso de mano negro en el asiento trasero. Dentro llevaba identificaciones falsas, ropa de repuesto y dispositivos de escucha de proximidad. Caminó hacia la entrada de proveedores y servicio en la calle posterior del restaurante. Con la frialdad e imponencia de quien pertenece al lugar, se deslizó por el vestuario de empleados. En cuestión de tres minutos, se despojó de su chaqueta para ponerse un delantal de lino oscuro de sumiller y un chaleco de servicio idéntico al del personal de salón. Acomodó una bandeja de plata bajo el brazo, ocultando en el borde inferior un micrófono direccional de alta frecuencia y un transmisor discreto.
Avanzó por el pasillo de la cocina entre el bullicio de sartenes, órdenes cantadas a viva voz y olores a trufa y vino. Con el paso firme y la mirada serena de un veterano de combate, nadie en el personal sospechó del nuevo auxiliar.
Se dirigió al reservado privado del segundo piso, un salón discreto protegido por pesadas cortinas de terciopelo y cristales insonorizados. Se apostó en la estación de servicio contigua, separada apenas por un biombo de madera tallada y una cubitera de bronce.
A través de la rendija del biombo, Tiziano tuvo una visión impecable de la mesa.
Junto a Alessandro estaba la acompañante misteriosa: Laura Vitale.
A diferencia de la elegancia sobria y aristocrática de Bianca, Laura despedía un peligro magnético, salvaje y refinado. Su rasgo más imponente era una deslumbrante melena de color rojo fuego, un pelirrojo intenso que caía en ondas sensuales sobre sus hombros, enmarcando un rostro de facciones afiladas y labios pintados de un carmesí provocativo. Vestía un traje de sastre en tono borgoña que acentuaba sus curvas. Laura no era una acompañante de lujo; era la heredera de una de las familias mafiosas más despiadadas de Europa, la mujer que había introducido a Alessandro en las rutas clandestinas del tráfico de armas.
Tiziano se acercó con absoluta parsimonia a la mesa auxiliar a medio metro del reservado, simulando reponer las copas de cristal y ajustar la cubitera de vino de la estación. Con un movimiento milimétrico y natural de la mano, fijó un micro transmisor tipo lenteja debajo del borde de la mesa de madera de la pareja. Luego, dio un paso atrás hacia la penumbra del biombo, colocándose un diminuto auricular en el oído.
El sonido llegó limpio, inmediato y desgarrador a su auricular.
—Llegas tarde, Alessandro —dijo Laura, haciendo girar el vino en su copa con frialdad mientras sus ojos oscuros contrastaban con el marco de su cabello pelirrojo.
—Tuve que lidiar con mi esposa —respondió Alessandro, pasándose una mano arrugada por su pulcro cabello canoso con evidente frustración. —Ha estado haciendo preguntas sobre los manifiestos de exportación de las bodegas. Revisa números, pide informes a la aduana de Livorno.
Laura dejó escapar una risotada baja, cargada de desprecio. Se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia.
—Te dije que la mantuvieras bajo control —murmuró Laura con un tono imperioso. —Bianca De Santis tiene un apellido limpio y una mente educada en leyes, pero es un peligro si mete la nariz donde no debe. Las cuentas de la fundación y los contratos de la bodega son el único escudo que nos queda para limpiar el cargamento que llega de los Balcanes. Si ella encuentra una fisura, destruye el negocio de mi padre y nos arrastra a todos.
—No destruirá nada —aseguró Alessandro. Estiró el brazo por encima del mantel y sujetó la mano de Laura con desesperación. —Se siente sola, sospecha que hay otra mujer. Esta mañana la tomé en el despacho para recordarle cuál es su lugar. Pero es persistente.
Al escuchar eso, Laura entornó los ojos. Se levantó de la mesa, rodeó la posición de Alessandro y se detuvo justo detrás de su silla. Le acarició el cabello canoso con una lentitud dominadora, para luego inclinar su cabeza y susurrarle al oído con el aroma a jazmín negro impregnando el ambiente:
—¿La tomaste? La tomaste pensando en mí, Alessandro. Porque esa mujer de porcelana no puede darte el poder que necesitas, ni la adrenalina que te quema las venas. Ella es tu jaula; yo soy tu imperio.
Sin previo aviso, Laura metió la mano bajo el saco de Alessandro y le apretó la entrepierna con una firmeza brutal, haciendo que el hombre soltara un gemido ahogado contra el mantel. La chispa del morbo, la ambición y la impunidad detonaron una tormenta erótica salvaje dentro del reservado privado.
Alessandro se puso de pie fuera de sí, arrastrado por la dominación de la pelirroja. La tomó por la nuca y la estampó bruscamente contra el sofá de terciopelo oscuro de la esquina del salón, haciendo rodar la chaqueta de su traje borgoña.
Laura no solo no se resistió, sino que abrió las piernas con una voracidad felina, sujetando las canas de Alessandro para estampar sus labios cargados de carmesí contra los de él en un beso hambriento, lleno de saliva, muerdos y el gusto amargo del alcohol.
Con dedos torpes y urgentes, Alessandro desabrochó la blusa de seda de Laura. La prenda se abrió de par en par, dejando al descubierto unos senos erguidos y voluptuosos aprisionados apenas por un corsé de encaje negro descaradamente transparente. Alessandro hundió la cara entre la calidez de sus pechos, devorándole la piel a besos mordaces mientras las uñas carmesíes de Laura se clavaban en la espalda del hombre, rasgándole la camisa fina hasta dejar marcas rojas.
—Dime qué quieres que le haga... —gruñó Alessandro con la voz ronca, bajando una mano con violencia por el vientre de Laura hasta meterse bajo la falda ajustada, apartando la seda de su lencería para acariciarla de lleno entre los muslos húmedos.
Laura ahogó un gemido agudo, echando la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sofá. La melena pelirroja caía despeinada como un manto de fuego sobre la tela oscura. Contorsionó las caderas contra los dedos de Alessandro, exigiendo más presión, más fuerza, en una exhibición de lujuria de alto voltaje que desbordaba el lugar.
—Quiero que la destruyas... quiero que la hagas sangrar —jadeó Laura, apretando los muslos contra la mano de Alessandro mientras el ritmo de las caricias se volvía frenético y sucio.
Sin esperar más, Alessandro se desabrochó el cinturón y se liberó con desesperación. Sujetó a Laura por las caderas, la elevó ligeramente sobre el sofá y la embistió de un solo golpe seco y profundo.
Un gemido gutural y sonoro retumbó en el reservado. Laura clavó los tacones de aguja en la parte trasera de los muslos de Alessandro, arrastrándolo más hacia dentro de ella, imponiéndole un ritmo salvaje, rápido y dominante. Cada embestida hacía crujir la estructura de madera del sofá. Alessandro la poseía con una ferocidad primitiva, buscando afirmarse como hombre sobre la mujer de la mafia, mientras ella usaba su propio cuerpo para someterlo, tomándole el rostro con ambas manos para obligarlo a mirarla mientras se consumían en un acto de sexo puramente carnal, tóxico y corrupto.
Tiziano, a tres metros tras el biombo, no pestañeaba. En el auricular escuchaba la fricción violenta de las pieles, los choques rítmicos de los cuerpos y la respiración agitada de la pareja que derrochaba depravación sin importarles la moral ni la lealtad.
Cerca del clímax, con los músculos de Alessandro tensos y sudorosos contra el encaje negro de Laura, la pelirroja sujetó a su amante del cuello con fuerza desmedida, deteniendo el movimiento un segundo para clavarle una mirada helada.
—Tu esposa tiene que desaparecer, Alessandro... —susurró Laura con la voz rota por la excitación y el veneno. —Un divorcio congelaría los activos De Santis... Tiene que morir.
—Un sicario experimentado ya está en eso, esta semana ejecutará el trabajo. Parecerá un accidente en la carretera del acantilado. —respondió Alessandro entre jadeos agónicos, acelerando las embestidas finales hasta estremecerse en un orgasmo violento y desgarrador dentro de ella.
Laura soltó un suspiro de satisfacción triunfante, recibiendo la semilla de su amante mientras sonreía con crueldad, acariciando la nuca canosa de Alessandro como quien premia a un perro fiel.
—Excelente —dijo ella, quitándoselo de encima con frialdad para reacomodarse la ropa con absoluta soltura. —Una vez que Bianca esté bajo tierra y tú asumas la albacea de su fortuna como el viudo desconsolado, firmaremos el traspaso de los muelles. El clan Vitale no va a esperar más.
Tiziano no necesitó escuchar nada más. Se retiró en silencio por la puerta de servicio, dejó el delantal en el vestuario y salió al aire libre de la calle.
Las cartas estaban sobre la mesa. Alessandro Moretti y Laura Vitale representaban la podredumbre absoluta. Bianca De Santis era solo una víctima atrapada en una trampa mortal.
Subió a su vehículo, encendió el motor y contempló la noche. La orden de ejecución seguía en su bolsillo, pero su lealtad acababa de cambiar de bando para siempre.
