Capítulo 3: La Mirada desde el Perímetro
Agazapado en la densidad del sotobosque, mimetizado entre las sombras de los cipreses centenarios, Tiziano Rinaldi no había variado su posición un solo centímetro. Su cuerpo, esculpido por años de misiones tácticas y despliegues militares en los Balcanes, permanecía en un estado de quietud absoluta, casi inhumana. Sin embargo, detrás de la rigidez de su postura, su mente continuaba procesando las anomalías del encargo.
De pronto, un sonido metálico quebró la monotonía del perímetro: el portón principal de hierro forjado se abrió de par en par.
Tiziano reajustó de inmediato el enfoque de sus binoculares. En la pantalla óptica, el elegante coche deportivo de Alessandro Moretti emergió del patio de adoquines. El vehículo aceleró por el camino flanqueado por cipreses, rugiendo con fuerza mientras tomaba la carretera principal en dirección hacia la autopista. Tiziano siguió el trayecto del auto hasta que se perdió en el horizonte.
El cazador no perdió el tiempo. Con un movimiento fluido y profesional, giró la lente de vuelta hacia la estructura del Palazzo, apuntando directamente a las ventanas del piso superior.
Las gruesas cortinas que Bianca había cerrado horas atrás se abrieron de golpe. A través del cristal claro, la figura de Bianca De Santis apareció recortada contra la luz matutina. Se asomó con cautela, pegando casi el rostro al cristal mientras escudriñaba el camino privado con la mirada fija en el punto por donde el deportivo de su marido acababa de desaparecer. Había en su postura una prisa contenida, el alivio urgente de quien confirma que el depredador ha abandonado el territorio.
Tan pronto como el camino quedó desierto, Bianca no perdió un solo segundo. Tiziano la vio alejarse del ventanal a paso rápido, casi corriendo, adentrándose en el despacho privado contiguo a la habitación principal.
El visor de alta resolución de Tiziano le permitió seguir la secuencia con impecable nitidez. Bianca se arrodilló frente al ordenador portátil sobre el escritorio de nogal. Sus dedos volaban sobre el teclado con una agilidad desesperada. La vio conectar un pequeño dispositivo de memoria USB, extraer carpetas de archivos corporativos, tomar notas apretadas en una libreta de piel y hacer capturas de pantalla de documentos que examinaba con el ceño fruncido y los labios apretados. La frialdad calculadora con la que ejecutaba esa extracción de datos no encajaba en absoluto con la imagen de abogada frívola y destructiva que Alessandro le había vendido en el dossier de contratación.
Satisfecha con la información recopilada o tal vez superada por el temor a ser descubierta, Bianca cerró de golpe la pantalla del portátil, guardó el pendrive en su bolso y corrió de regreso a la suite principal.
Ahí, al amparo de la intimidad de su dormitorio, ocurrió la escena que hizo que el pulso curtido de Tiziano sufriera un vuelco inesperado.
Creyéndose completamente sola en la inmensidad del Palazzo, Bianca se detuvo a un par de metros de la gran ventana sin molestarse en volver a correr los visillos. Llevaba puesta la bata de seda azul medianoche que aún conservaba el pliegue del peso de la mañana. Con un gesto rápido de liberación, desató el nudo de la cintura. La prenda resbaló por sus hombros alabastrinos y cayó al suelo de madera con un susurro imperceptible.
Tiziano contuvo el aliento. El dedo sobre el anillo de enfoque del visor térmico se congeló.
La mirada indiscreta del mercenario quedó clavada en el cuerpo al descubierto de Bianca. Sin la seda que la cubriera, la abogada se revelaba como una mujer de una sensualidad abrumadora y voluptuosa: la curva delicada de sus caderas, la firmeza de sus muslos, la pequeñez de su cintura en contraste con la rotundidad de sus senos y la palidez de su piel contrastando violentamente con la penumbra de la estancia.
Una chispa visceral y punzante de excitación recorrió la parte baja del vientre de Tiziano. Estaba acostumbrado al peligro, al frío acero y a la sangre, pero la visión de esa mujer desnuda, expuesta en su vulnerabilidad más pura antes de armarse para una guerra silenciosa, encendió en él un calor denso y desconocido. Apretó la mandíbula, sintiendo que la sangre le latía con fuerza en los oídos mientras observaba cómo ella se pasaba una mano por el vientre, respirando hondo como si intentara quitarse de encima el rastro y la humillación del tacto de Alessandro.
—Maldita sea... —musitó Tiziano en un susurro áspero, sofocando la oleada de calor que amenazaba con quebrantar su concentración experimentada.
Con movimientos ágiles y funcionales, Bianca no perdió tiempo en contemplaciones. Tomó de su armario ropa oscura y ajustada: un pantalón de tela resistente que se adhería a la curva de sus piernas, una blusa sencilla y una chaqueta de cuero negro que acentuaba su talle. Se alistó en cuestión de dos minutos, se recogió el cabello en una coleta tirante que dejaba al descubierto las líneas finas de su cuello y tomó su bolso junto con las llaves de un vehículo auxiliar de la propiedad.
Salió rápidamente de la suite.
Tiziano reaccionó con la velocidad de un felino. Bajó el equipo óptico, lo guardó en la mochila táctica y se deslizó por la ladera de la colina hacia el camino secundario donde mantenía oculta su camioneta todoterreno con cristales tintados. Mientras encendía el motor silencioso del vehículo, vio el todoterreno negro de Bianca salir a toda prisa por el portón secundario del Palazzo.
Dio una distancia prudente de un par de cientos de metros para evitar ser detectado. El tráfico en las rutas rurales entre los viñedos era escaso, lo que exigía un seguimiento quirúrgico, alternando retrasos calculados y aprovechando las elevaciones del terreno para mantener el objetivo a la vista sin encender sospechas.
Tal como Tiziano previó al notar el rumbo de la carretera, Bianca no se dirigía a la ciudad ni a los tribunales. El coche de la joven abogada se desvió hacia la red de caminos privados que conducían a la zona industrial de la propiedad: las bodegas principales y los galpones de logística de la firma Moretti-De Santis.
Un par de minutos después, Bianca estacionó el vehículo detrás de unos antiguos graneros de piedra, fuera de la vista directa de las cámaras del recinto principal. Bajó del auto a paso firme, asegurándose el bolso contra el costado y deslizándose por la puerta de acceso posterior de la nave de almacenamiento de vinos.
Tiziano dejó su camioneta oculta entre una hilera de cipreses a cincuenta metros de la entrada de servicio y descendió del vehículo sin hacer el menor ruido. Se aproximó a la estructura de ladrillo y hormigón, bordeando la pared exterior hasta alcanzar un ventanal elevado de rejilla por el que se filtraba la luz opaca del almacén.
Al mirar hacia el interior, Tiziano vio a Bianca en medio de la penumbra del gran galpón, entre hileras infinitas de barricas de roble y palés de cajas de madera listas para el despacho. El aire del lugar olía a fermentación, madera húmeda y humedad subterránea.
Bianca estaba buscando desesperadamente algo que no había podido verificar esa misma mañana antes de ser interrumpida por Alessandro.
Con la libreta de notas en una mano y una linterna pequeña en la otra, caminó hasta el área de carga marítima, donde se alineaban los grandes contenedores metálicos con destino al puerto de Livorno. Se encaramó a una de las plataformas, buscando las placas de sellado y los manifiestos de aduana adheridos al lateral de las cajas de madera.
Iluminó los documentos con la linterna. Sus ojos verdes recorrieron los códigos de envío.
—No son botellas... —susurró Bianca para sí misma, con la voz temblando por una mezcla de rabia y pánico.
Usando una pequeña palanca metálica que había tomado de un estante de herramientas, forzó el sello de uno de los cajones marcados con la insignia de la bodega familiar. Al retirar la primera tapa de madera, no aparecieron las botellas de vino de reserva de la cosecha De Santis. En su lugar, empaquetadas entre paja sintética y cubiertas de grasa protectora, descansaban hileras de piezas de armamento táctico de grado militar y componentes mecánicos de alta precisión.
El rostro de Bianca se volvió traslúcido como el papel. Se llevó una mano a la boca para ahogar un grito de horror.
Ahí estaba la respuesta a las firmas falsificadas a nombre de su difunto padre, a las sociedades fantasma en jurisdicciones offshore y al tufo a jazmín negro que impregnaba la ropa de su esposo. Alessandro no solo la estuvo engañando, la había utilizado. Estaba desviando capital, estaba utilizando la reputación, los permisos aduaneros y la logística del patrimonio de la familia De Santis para amparar una red internacional de tráfico de armas vinculada con alguna mafia y no descansaría hasta descubrir cuál.
A través de la rejilla, Tiziano observó a la abogada temblar de indignación en medio de la nave desierta. Veía cómo sus dedos apretaban el borde de la caja de madera mientras intentaba encajar las piezas de una traición destructiva que amenazaba con enviarla a prisión a ella misma como responsable legal de la empresa.
Tiziano ajustó la correa de su arma bajo la chaqueta, sintiendo un nudo helado en la garganta. La orden de ejecución que llevaba en el bolsillo se sentía más sucia que nunca. Alessandro Moretti no solo quería eliminar a una esposa molesta; estaba preparando el terreno para sacrificar a Bianca como a un chivo expiatorio perfecto antes de que la fiscalía antimafia cerrara el cerco sobre su imperio criminal.
En la oscuridad del galpón, Bianca respiró hondo, sacó su teléfono personal y comenzó a fotografiar obsesivamente cada serie de las armas, cada documento de aduana y cada sello falso. La esposa sumisa había quedado sepultada bajo los escombros de la traición; la abogada estaba reuniendo las pruebas para incendiar el imperio de su marido.
Desde las sombras de la ventana alta, Tiziano la observó con una fascinación oscura que quemaba en sus entrañas.
—Estás jugando con fuego, signora —murmuró el exmilitar para sí mismo en la penumbra del exterior, sintiendo que la línea entre el cazador y el protector se había borrado para siempre. —Y la única forma de que salgas viva de esto... es que yo decida no jalar el gatillo.
