La partida
El cielo estaba gris cuando Catalina regresó por última vez a la mansión Halsten. El aire denso anunciaba una tormenta cercana, como si el propio clima compartiera la tensión de aquel día.
Se detuvo frente a la majestuosa fachada, ese edificio frío que durante años había llamado «hogar» sin que realmente lo fuera jamás. Las columnas blancas, los ventanales altos, la puerta de roble macizo... todo seguía igual. Inmóvil. Inerte. Como su matrimonio.
Pero ella ya no era la misma.
Hacía dos semanas que había dejado esa casa, y apenas el día anterior había firmado los papeles definitivos en el despacho de los abogados. Sin embargo, se había visto obligada a volver. Leonard, en su habitual afán de control, había retenido bajo llave la pequeña caja de seguridad que contenía sus documentos personales más importantes, sus títulos académicos y los pocos recuerdos que le quedaban de su familia. Catalina se había negado a que Laura o Sofía hicieran ese trámite por ella. Tenía que reclamar lo suyo en persona.
Al abrir la puerta, la recibió el eco de sus propios pasos en el vestíbulo vacío. La casa estaba extrañamente silenciosa. Los empleados, obedeciendo las órdenes de Leonard, habían evitado cruzarse con ella. Era como si la presencia de Catalina hubiera dejado de existir.
Subió lentamente las escaleras hasta el dormitorio principal para recoger la pequeña caja que, por fin, Leonard había dejado sobre el tocador, ya sin llave. El espacio, que alguna vez compartieron, ya no tenía rastro de ella. Él había ordenado que limpiaran todo rastro de su paso por allí.
Catalina observó por un instante la gran cama de sábanas blancas, impecablemente tendidas por las mucamas, como si esperara a unos nuevos ocupantes.
—Qué rápido limpiaste todo rastro de mí, Leonard —susurró para sí misma, con una amarga sonrisa.
Guardó la pequeña caja de madera y metal en su bolso de mano. No se llevaba joyas de la familia Halsten. No se llevaba cuadros. No se llevaba los lujosos vestidos que alguna vez vistió en las galas de su marido y que se habían quedado colgados en el enorme vestidor como mudos testigos de una farsa. Solo se llevaba lo esencial: su identidad y su dignidad.
Mientras bajaba las escaleras, su teléfono sonó. Era Sofía.
—¿Todo listo? —preguntó su amiga al otro lado de la línea.
Catalina soltó un suspiro.
—Todo listo. Tengo mis documentos. Esta es la última vez que piso esta casa.
—¿Quieres que vaya por ti? —ofreció Sofía con calidez.
—No —respondió Catalina con firmeza—. Quiero hacerlo sola. Necesito cerrar esta puerta con mis propias manos.
Hubo un breve silencio.
—Está bien. Te espero en el departamento —dijo finalmente su amiga—. Hoy empieza todo, Catalina. Hoy recuperas tu vida.
Catalina colgó y dejó el teléfono dentro del bolso.
En el vestíbulo, el mayordomo de la mansión, el viejo señor Warren, la esperaba con un discreto gesto de respeto. Sostenía el abrigo de Catalina que había quedado olvidado en el recibidor semanas atrás.
—Señora Catalina... —inició con un tono que mezclaba tristeza y respeto.
—Catalina. Solo Catalina ahora, señor Warren —corrigió ella con una pequeña sonrisa, tomando la prenda.
El hombre asintió, claramente conteniendo las palabras. Durante los años de matrimonio, Warren había sido uno de los pocos en esa casa que le había mostrado un mínimo de humanidad.
—Ha sido un honor servirle, señora. Espero... espero que encuentre paz —añadió, bajando la mirada.
Catalina lo miró con afecto genuino.
—Gracias, Warren. Usted fue más amable conmigo que mi propio esposo durante todos estos años.
El mayordomo no respondió, pero sus ojos brillaron un instante. Abrió la gran puerta de la mansión y Catalina cruzó el umbral.
Mientras caminaba hacia el auto que la esperaba, el viento levantó algunas hojas secas alrededor. Las puertas de la mansión se cerraron detrás de ella con un estruendo sordo. Era el sonido de un ciclo que moría.
El chofer, contratado especialmente por Sofía, la ayudó a subir al vehículo. Catalina se acomodó en el asiento trasero y, mientras el auto se ponía en marcha, giró la cabeza para ver la mansión una última vez. Aquellas paredes habían sido su prisión de cristal. Ahora quedaban atrás.
En el trayecto de regreso al departamento, su mente viajaba al pasado: las cenas silenciosas, los cumpleaños olvidados, las miradas indiferentes de Leonard mientras ella trataba de sostener aquel matrimonio vacío. Recordó los primeros años, cuando todavía guardaba una pequeña llama de esperanza. Cuando pensaba que, tal vez, con tiempo y paciencia, Leonard se abriría. Cuando soñaba con formar una familia.
Pero Leonard nunca quiso hijos. Nunca quiso un verdadero hogar.
—Todo era un negocio —murmuró Catalina, sintiendo cómo la tristeza era reemplazada lentamente por una determinación más férrea.
El vehículo se detuvo frente al edificio donde Sofía la esperaba. Catalina bajó y, al levantar la vista, encontró a su amiga parada en la entrada, sonriéndole con los brazos abiertos.
—Bienvenida de vuelta al mundo, querida —le dijo Sofía mientras la abrazaba con fuerza.
Catalina cerró los ojos un instante, permitiéndose ese breve refugio.
—No voy a quedarme mucho tiempo aquí, Sofi. Solo hasta que esté lista.
—¿Lista para qué?
Catalina abrió los ojos. Su mirada ya no era la de la mujer rota de días atrás.
—Para empezar de nuevo. Y para cobrarme lo que me deben.
Sofía la observó con asombro, pero no dido nada. Sabía que la mujer que tenía frente a ella ya no era la misma. Catalina Rivas había desaparecido. Lo que ahora nacía... era otra cosa. Una mujer dispuesta a destruir al hombre que la destruyó a ella.
