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Ajuste

La firma

El despacho de los abogados de Halsten Corp era frío y aséptico, como si la calidez estuviera prohibida en aquellas paredes de mármol blanco y cristal impecable. Catalina observaba su reflejo en el ventanal mientras las agujas del reloj avanzaban con un ritmo irritante.

Había llegado puntual, como siempre. Leonard, como de costumbre, la hacía esperar. Cada minuto que pasaba no era solo una falta de respeto; era un mensaje claro: «Yo marco los tiempos. Tú espera».

Hacía apenas unos días, en la gala de la fundación, Leonard se había jactado de su poder, asumiendo que ella volvería arrastrándose por una parte de su fortuna. Hoy, en esta oficina, se ponía el punto final definitivo al papeleo.

Catalina entrelazó los dedos sobre su regazo, esforzándose por mantener la compostura. Ya había llorado demasiado. Ya se había permitido demasiada debilidad. Hoy no. Hoy sería el cierre absoluto.

La puerta de madera se abrió con suavidad. Leonard entró, impecable como siempre, acompañado de su abogado personal, el señor Whitaker, un hombre de rostro inexpresivo y traje oscuro. Detrás de Catalina estaba su propia representante legal, la joven abogada Laura Montenegro, quien, aunque eficiente, no podía ocultar su incomodidad frente al peso de los Halsten.

—Señor Halsten, señora Rivas —saludó Whitaker, acomodándose en su asiento—. Creo que podemos proceder con la firma final de la liquidación de bienes.

Leonard no dijo nada. Apenas le dirigió una mirada fugaz a Catalina antes de sentarse con su habitual elegancia. Sacó su pluma estilográfica del bolsillo interior de su chaqueta, la hizo girar entre los dedos y la dejó reposar sobre el contrato.

El documento que ocupaba gran parte de la mesa de roble era la renuncia formal y definitiva a la sociedad conyugal. Varias páginas de cláusulas, acuerdos y condiciones. Catalina había sido clara desde el inicio: no quería dinero, no quería propiedades, no quería pensiones. Solo quería romper el último lazo legal que la ataba a él.

Laura aclaró la vergüenza con sutileza.

—Todas las condiciones están tal como se acordaron tras la disolución del matrimonio. La señora Rivas ratifica aquí su renuncia a cualquier compensación económica o participación en los activos de Halsten Corp. Solo resta la firma de ambas partes para archivar el caso.

Leonard sonrió levemente, sin mirar a Catalina.

—Qué generosa decisión —comentó con ironía—. Muy pocas mujeres renunciarían a la oportunidad de quedarse con una parte del imperio Halsten, incluso después de que el divorcio sea oficial. Me sorprendes, Catalina.

Ella levantó la vista, clavando sus ojos oscuros en los de él.

—No vine a esta oficina a sorprenderte, Leonard. Vine a cerrarla. Quiero terminar con tu apellido de una vez por todas.

Leonard tomó la pluma con una lentitud casi teatral, hojeó rápidamente los documentos, como si realmente necesitara revisarlos otra vez, y firmó en los espacios indicados. Sus movimientos eran precisos, calculados. Un simple trámite más. Cuando terminó, empujó los papeles hacia Catalina.

—Tu turno —le dijo con ese tono neutro que tanto la irritaba.

Catalina respiró hondo. Sus dedos se deslizaron firmes sobre la pluma. Su firma, ahora solo "Catalina Rivas", ocupó cada línea como un último acto de liberación. Cuando firmó el último documento, soltó lentamente el bolígrafo y se recostó hacia atrás.

El silencio se volvió espeso. Leonard la observó por unos segundos. Catalina notó cómo sus ojos la recorrían una vez más, como si intentara leer algo detrás de su rostro inmutable. Pero no dijo nada.

Fue Whitaker quien rompió la tensión.

—Perfecto. Los documentos quedarán registrados de inmediato. El desglose de bienes queda cerrado y archivado a partir de este momento.

Catalina asintió. Laura comenzó a recoger sus papeles, pero antes de levantarse, Catalina volvió a mirar a Leonard, esta vez con una extraña calma.

—Espero que, al menos, encuentres la paz que crees que te mereces —le dijo en voz baja, pero firme.

Leonard ladeó la cabeza, como si no pudiera evitar provocarla una vez más.

—La paz siempre ha estado de mi lado, Catalina. Tú eras el caos en mi vida. Esto es... restablecer el equilibrio.

—A veces el caos es lo único que te hace sentir vivo, Leonard —añadió ella antes de levantarse—. Tal vez algún día lo descubras... cuando ya sea demasiado tarde.

Cerró la puerta tras de sí sin esperar respuesta. El eco de sus tacones resonó por el pasillo del bufete mientras caminaba hacia la salida. A medida que avanzaba, sentía una mezcla extraña de vacío y alivio. Como si hubiera arrancado finalmente una espina que llevaba clavada durante años.

Cuando llegó a la calle, respiró hondo. El aire fresco de la ciudad la envolvió. Su teléfono vibró dentro del bolso. Era un mensaje de Sofía:

«¿Todo bien? ¿Firmaste el cierre final?»

Catalina escribió rápidamente:

«Sí. Se acabó por completo».

Pero mientras guardaba el móvil, sus pensamientos eran otros. No. Esto apenas comenzaba. Leonard pensaba que ella era débil. Que su salida de ese matrimonio la dejaría reducida a la nada. Lo que él no sabía era que Catalina Rivas había muerto en esa oficina. Y quien había salido de allí... sería su peor pesadilla.

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