Una desconocida me visita hoy
Cuando la mañana herida…
Te lleve lejos de aquí.
Dirás que el mundo niña…
No está hecho para ti.
- Dorián
Una desconocida me visita hoy. Ella es el hada Otoño. Este visitante es diferente a cualquier ángel o ser humano que pudiese recibir en mi casa, no tiene rostro, ni siquiera puedo verla, pero puedo sentir su inquieto vuelo. No la conozco pero su presencia me es familiar como la de un viejo amigo al que conocí en el sueño de un sueño. Sé de quién se trata, la había estado esperando toda la vida. Llueve esta noche, y afuera es otoño, se cuelan las hojas que caen de los árboles y entran por el balcón.
El humo nunca vuelve al cigarro, y sé que el aire que compartíamos se esfumó, ahora no era más que la razón de la presión en mi pecho. Mi hermosa huésped se impacienta, aletea con más violencia y me mira con ojos más y más profundos. Su mirada es pura pero por alguna razón la paz y la calma que transmite ella, despiertan la impaciencia dentro de mí. Quizá porque su paz me recuerda la paz que quiero para mi vida. Tal vez esa era la razón por la que sentía que no podía respirar aquella noche, el karma estaba a su paso y entre tanto frío no había abrigos prestados ni abrazos de serpiente que me hicieran entrar en calor.
La vida es eso que suele pasar cuando la materia y la forma que tiene tu sustancia se transforman en algo completamente equivoco, algo que no eres tú aunque seas palpable y tengas cuerpo. Eso era yo, el “sin forma” de mi sustancia, el alter ego de mi futuro, el recuerdo inexistente, olvidado, de mi pasado. A veces podía volver a sentir mi alma inalterada, pura, con una finitud celestial, podía volver a ser un ser en esencia un ser celestial, un hada de otoño, más que en existencia al soñar con mi visitante y caminar hacia sus labios. Cuando sueño con esta visitante me vuelvo pureza e infinita luz cósmica, vuelvo a ser la antítesis de la dualidad y soy un ser libre y espiritual, son los sueños más celestiales estos donde mi desconocida me visita. Apenas podía percibir la sensación de energía que me transmitían sus labios esa noche, pues al despertar ella se esfumó.
No logro recordar su rostro. A veces logro dibujar ciertos rasgos, ciertas muecas de sus labios, incluso en algún momento su risa me ha sacado del sueño. Pero su rostro me es esquivo. Es como si por algún motivo no pudiera recordarla pero supiera que la había amado en el pasado, quizá en otra vida. Solo me queda la imagen de sus ojos observándome a través del descolorido espejo de un baño mientras me atusaba el pelo. La ilusión tan solo duró una eternidad en un sueño, una paradoja de un minuto y treinta y cinco segundos en la realidad, un parpadeó, nada más. Aun así, seguía viva. Viva en mi manera delicada, y prudente al hablar, viva al escribir mientras la volvía lirica en mis pensamientos, impropios de estos tiempos, donde ella no existe, no la conozco, pues ella es eso: una desconocida.
Permanece viva al colocarme el pelo sobre los hombros como lo solía hacer cuando ella me miraba en silencio, por detrás de mis hombros en el espejo de algún bar, viva al mirar de reojo hacia atrás luego de despedirnos y de caminar de puntillas con mis dedos sobre su piel desnuda en las mañanas. Viva en mi carrera de paracaidista profesional al sentir mi corazón acelerado frente a su presencia. Entonces en esa búsqueda de sentir en demasía su presencia me deslizo por las líneas del tiempo, que trazan mundos en los sueños, hasta encontrarla. Voy descubriéndola con el vuelo delicado de las hadas, acompañada del otoño, siento la ligereza de mis alas brotando desde mi columna vertebral, mis alas crecen y mis ojos castaños diluidos en un tono hazel se expanden, excitados, alertados, ante la posible perspectiva de su presencia.
Aquella búsqueda de tranquilidad me aparta de su recuerdo. Mi memoria se escurre entre mis deseos, apagándose y encendiéndose mientras me traiciona en un intento desesperado de volver a ese momento exacto cuando la dejé ir. Pensar que las expectativas a veces pueden ser armas para un daño auto infringido. Saber que ya no estás para mí y que cada intento de estar bien es un paso que me aleja más de ti. La paz no tiene tu nombre o quizás tiene tu forma pero no eres tú, pues desconozco tu nombre. Tengo mucho tiempo evitándolo, escondiendo estas heridas de mí misma, de un pasado que viví junto a ella, o que no viví y no recuerdo, pero en sueños siempre me atrapaban. Ella en sueños siempre fue tan real.
Esa noche, fue una ilusión, el artificio de un prestidigitador ocioso. Un oasis en el desierto de la locura. Había salido a bailar, tenía tiempo sin hacerlo y siempre lo disfruté mucho, las borrachas, - mujeres ebrias a morir- y las caras bonitas me aburrían y las pollas encendiéndome también. Afuera el viento desnudaba la copa de los árboles. La lluvia arrancaba cada ilusión desde la raíz. Hojas rotas vestían al suelo, las gotas de lluvia acariciaban mis alas y sentía un ligero cosquilleo, las personas disfrutaban de la fiesta y mis alas brillaban sin causar sorpresa, podía mostrar mi verdadera naturaleza esa noche, desplegar mi belleza enigmática y ser una criatura de la naturaleza sin resaltar sobre las personalidades ordinarias y dormidas de los que olvidan su magia, pero en mis sueños todos, incluso las personas más sencillas, reconocían mi magia como algo intrínseco a mi existencia, en mí llevar alas de hada, y la piel brillando era tan normal como respirar. Adentro ardía el lugar en calor, las luces de la discoteca deslumbraban sin piedad de la misma manera sobre los ángeles y los demonios de cada quien.
La música de la discoteca sonaba con un dulce suspiro, caminé en mis tacones blancos, y uno de mis pendientes Chanel, brillante y blanco con la marca de la diseñadora francesa, se cayó de mi oreja derecha. Me agaché para tomar el pendiente frente a mis tacones, pero otra mano se apresuró a tomarlo, al rozar su piel pude ver que se trataba de ella. Sonreí tímidamente y mis ojos brillaron en los suyos eternamente. Ella caminó hacia el baño, y yo perdida entre la música y el sentido de su existencia la seguí en silencio.
Y te espero aquí,
Ya te entregué todo y te fuiste sin mí,
Y ahora me quedo
Sin cielo y sin jardín.
Me encontraba en el baño mirándome en el espejo, casi recitando como un mantra “yo estoy bien” “soy fabulosa” intentando encontrar un sentido a mi cuerpo, sobrio y mi piel hidratada y mis ojos brillantes regresándome la mirada. Coloqué mi bolso de mano Dior en un orillo del lavabo, pues sí, siempre las marcas y los bolsos adornándome la personalidad, también en sueños. Me miré en el espejo y pinté los labios de un rojo rubí y curvé mis pestañas hasta que tuvieran el grosor de una de esas propagandas de laminado de pestañas.
“Ya mis alas no sirven de nada por ti,
Por arriesgarme a enamorarme
De una simple mortal así”.
Llevaba un vestido de seda rojo a straple con una rosa grande de color fucsia de piedras brillantes al nivel del corazón. El color rojo hacía resaltar mis cabellos dorados. Tacones blancos de punta transparente hacían juego con mi bolso de mano blanco. Toda una pin –up moderna. Mis alas brillaban tan intensamente en tonos rosa que hacían juego con la flor que me decoraba el vestido en mi hombro derecho. Toqué el borde de mi ala derecha y sentí la suavidad de mis dedos, un cosquilleo fresco y placentero se extendió hasta mi columna y caderas al tiempo que admiraba el rosa brillante del borde de mis alas. Examiné con aburrimiento mis enormes ojos marrones. Encontré mi mirada vacía, carente de nostalgia, nostalgia de algo que me dolía tanto en ese momento que mi subconsciente no me pudo decir que era. Mi cerebro, incapaz de imaginar el horror decidió desconectarse de lo que sucedía. Mi huésped finalmente me encaró.
-¿Qué haces aquí? Preguntaron a lo lejos. La voz me llegó como un eco que temblaba contra el espejo del baño donde miraba mi reflejo, su voz era una dulce melodía.
Me di la vuelta y me percaté de repente de que ella había estado observándome en silencio desde la esquina de la entrada del baño. En ese momento me sentí más pálida y muerta que nunca. Ella me miraba con suma intensidad, entonces sus ojos se detuvieron en mis alas, pero no parecía inmutada en lo absoluto, llevar alas y estar frente a una mortal humana era lo más natural del mundo, al menos en ese sueño. Mi desconocida, era sumamente hermosa. Entonces permanecí mirándola, fijamente, esperando alguna reacción de su parte al admirar mi belleza. Pero al yo perderme en la belleza de su rostro descubrí que podía recordar su nombre dentro del sueño, se llamaba Rocío. Rocío se quedó callada esperando una respuesta de mis labios, mientras mis ojos descubrían los suyos. Su mirada me dolió al instante con la misma belleza con la que escuchas un opus de piano y te sientes conmovido hasta que llega el llanto más sutil. Recordé que era un desfile de pedazos, una estela de hermosos cristales de un vaso lleno que ella había tirado a un lado. Sentí un dolor punzante en el corazón. Había tanta melancolía alrededor de Rocío, que su presencia me resultaba enigmática.
Soy el de la octava trompeta que jamás sonó
Me condenaste a este infierno que no elegí yo
Ayer bailaba en las nubes,
Hoy se cansan mis pies
He recorrido mil kilómetros por si te vuelvo a ver.
Pero aunque te encuentre ya no podré volar,
Mi arpa está sin cuerdas ya no canto igual.
Me di cuenta de que seguía rota desde el momento que la olvidé como si la hubiera olvidado sin elección, y alguien la hubiera arrancado de mis recuerdos. La música de la discoteca dejó de sonar, mi cabeza no escuchó más luego del vuelco que dio mi corazón ante su presencia.
Rocío se acercó a mí.
- ¿Y tú… qué haces aquí? – Preguntó de nuevo con una sonrisa mientras se adueñaba de mi respiración. Me miraba con ternura, incluso con gracia, como si conociera mi personalidad y supiera tantear su buen humor con mis ojos prudentes y observadores. Sentía que podía verme desde sus ojos, como si mi alma estuviera en sus ojos.
