Desconocida
Terminaba de cenar y no me sentía realmente bien. Esa mañana me había despertado a las diez y me había quedado en la cama más de tres cuartos de hora, leyendo una novela de Isabel Allende y después de leer permanecí pensando, y meditando en lo leído. Esta vez pensé poco cuando fui al inodoro, y luego de sentir fuertes retorcijones en mi estómago regresé toda la cena. Agujas frías se clavaban en mis costillas como el aleteo de una mariposa cortando el viento con sus alas. Mientras las lágrimas me corrían sin razón aparente, el estómago se me retorció en un sonido agudo. Me sentía realmente mal y el malestar parecía consumir mi estado de ánimo, pues no tenía ánimo de nada más que comer un helado infinito con galletas oreos y mirar Sex and the City en la televisión.
Caminé hasta la ventana limpiándome torpemente los ojos con las manos. Hacía una estupenda noche. Fresca y fría, como si la calma de ese cielo me invitara a volverme cómplice de aquello que callaban las estrellas. Tomé el teléfono y llamé a Everth. Luego de un discurso argumentativo fracasado de por qué deberíamos salir esa noche, lo convencí con súplicas y cortejos llenos de dulzura.
Llevaba días preguntándome qué me pasaba, o más bien, quién no me pasaba. Fantaseaba por las noches, imaginándome que no era yo, que no era Musa Berhnhardt, que por el contrario yo estaba en cualquier bar mientras me daba cuenta que lo que me pasaba era algo desde hacía mucho y recién lo notaba, la vida. Pero para Musa la vida últimamente no pasaba sino más bien lo contrario, yo le pasaba a la vida como si fuese una especie de muñeco voodo con cada movimiento controlado por mi inercia y fuerza de voluntad. Estaba dispuesta a dejar de mirar las cosas con cierta distancia y salir de ese laberinto de silencios donde al parecer todo encajaba perfectamente, pero todo era demasiado pequeño para el espacio donde debía encajar yo. Me sentía apretada, atrapada entre tanta monotonía, era la voz de mi alma queriendo despertar. Quizá no estaría mal encontrarme con una perspectiva de mis miedos embriagados, bailando y riendo en una discoteca donde lo innecesario se convertía en satisfacción y encontraba una ajena libertad que volvía mía. “Dos de tequila, por favor”, nunca estuvo de menos para una muchacha de 19 años.
Fui a mi habitación y busqué en el armario un vestido para ponerme esa noche. No conseguí nada entre el montón de ropa colgada. Me agaché debajo de la cama y jalé una maleta de viaje Louis Vuitton, ya tenía una fina y recién nacida capa de polvo. La coloqué encima de la cama y la abrí. Tenía la esperanza de que esa noche fuese diferente, y si terminaba siendo la misma monótona y decepcionante noche de copas con mis amigas, al menos luciría realmente guapa, como consuelo por una mermada libertad. Meiby me pasaría buscando en una hora con los muchachos, le dije a mi mami que me quedaría en casa de mis primas. Eran las vacaciones de Semana Santa y los jóvenes en Venezuela entendían por Semana Santa estar en una playa bebiendo cerveza con mujeres bellas en bikini. Yo no era la excepción, me había pasado la semana entera metida en bares, enfiestando antes de que cayera el día con mis amigos. La idea de decirle a mi mami que estaría en casa de mis primas viendo películas y teniendo una noche tranquila fuera de peligros, me llenaba de una calma aniquiladora de culpas.
Llevaba un atuendo realmente ridículo, unos pantalones impermeables, una campera para la lluvia y unas botas blancas de tacón. Mi mami no entendía por qué los tacones. Le dije que era algo de combinarme la ropa. No me discutió, sabía que yo era algo particular a la hora de vestir. Ni siquiera cuando fui al funeral del tío de Everth pudo convencerme de que un mini vestido negro, y unas plataformas de diez centímetros no eran lo más adecuado para dar el sentido pésame a la familia de Everth. Por supuesto que todos esos sucesos tenían una razón más allá de la asistencia a un funeral. Esa noche había planeado ir a rumbear con Everth, mi mejor amigo de la ciudad de Mérida, para celebrar mi regreso a la ciudad de Mérida, pero ante la muerte imprevista de un familiar, y el hacerle un desaire a una amiga querida; Everth me había invitado al entierro, para darle el sentido pésame a su familia y luego salir a enfiestar.
Solo habíamos provocado sucesos trágicos y situaciones aberrantes los dos amigos aquel día. Habíamos quedado desde temprano Everth y yo, como es natural mi cronológica impuntualidad hizo acto de presencia aquella mañana, al pasar más de hora y media decidiendo qué vestido me pondría y qué medias combinarían con los zapatos y el vestido que ya había elegido. Hasta elegir y reelegir, desechar y arrojar había optado por un vestido negro de esos que hablan por sí solo y te pueden decir “voy a un funeral y no me apetece tomar un trago” y a la vez “vengo de un funeral y lo único que quiero son dos de tequila, por favor”. Llegué al cementerio una hora y media después con un retraso cronológicamente predestinado.
Al entrar al cementerio y descender entre las lápidas, Everth de mala gana estaba esperándome parado entre las lápidas. Su expresión era atemorizante, como si fuera a gritar en cualquier momento y a la vez como si quisiera echarse a llorar finalmente después de haberme esperado tanto tiempo. Por el hecho de que la espera había acabado, y su vida había comenzado a girar en torno al hecho y la única razón de ser, de esperar a que yo llegara en algún momento. Y ahora que me tenía al frente al parecer todo había perdido sentido para él. Caminamos hacia donde estaba el grupo de gente vestida de negro aglomerada.
Formaban una mancha oscura entre las montañas de Mérida, que rodeaban el cementerio y las tumbas llenas de flores marchitas. Por alguna razón, las personas se fueron acercando mientras descendíamos entre las lápidas hacia donde estaba el ataúd.
Cuando llegamos apenas había tres mujeres alrededor de la fosa con el ataúd enterrado y cubierto por coronas de flores, una de ellas no debía tener más de treinta años y lloraba con furia en el cuello de un hombre mayor que permanecía consolándola con expresión afligida. Me sentí realmente avergonzada por presenciar ese momento tan íntimo. Me dirigí a la madre de mi amigo tomándola de la mano, la señora Evelia. Me saludó con ojos cálidos y una sonrisa de control remoto, esas que solo duran una cambiada de canal. Me sonrió y al voltear el rostro hacia su hijo le dijo severamente “Ya ha terminado el entierro, todos ya se van, tu padre esperaba que ayudaras a cargar el ataúd”. Everth miró avergonzado a su madre y me miró con los ojos chispeantes de rabia, nunca más tuve el honor de ser invitada a un funeral por parte de mi mejor amigo.
Esa noche llevaba una cartera lo suficientemente grande para luego guardar mi disfraz de “fiesta de pijamas”. Y sacar el diminuto vestido, perfume, cepillo de dientes, maquillaje y todas esas cosas absurdas, pero esenciales, que se consiguen en el bolso de una mujer.
