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Primer Beso

Llegó el día del vuelo. Esa mañana en el aeropuerto Internacional de Nueva York me reuniría con mi apuesto desconocido, Psyque, que cada vez se volvía más un amigo. Aproveché de orinar antes de subir al check in de vuelos internacionales, me lavé las manos y esperé por él mirándome en el espejo.

Rocío ocupaba un cubículo en el baño con la puerta cerrada. La observé por la ranura inferior de la puerta del urinario donde había entrado, pues era el primer cubículo del baño de caballeros, lo miré ligeramente mientras retocaba mis labios en el espejo del baño de damas. Sus pies apuntaban al frente del inodoro. Estaba parada frente a él. Me dio saber qué hacía parada de esa manera. Pues se supone que para eso los hombres orinan afuera. Pasado unos minutos Psyque no hacía ruido alguno y el sonido del escusado no sonaba. Lo primero que me vino a la mente era que estaba vomitando, pero no hizo ningún ruido extraño, así que supuse solo se estaba arreglando algo en su ropa o contando su dinero en efectivo, o haciendo algo para lo que necesitaba mayor privacidad allí… en sus pantalones. Me sonrojé ante tal pensamiento. Pero luego unas gotas de sangre cayeron en el suelo y luego la sangre vino de manera estrepitosa a caer frente al urinario salpicando el suelo. Me preocupe por un momento pero luego Psyque salió del baño de caballeros.

- Los pasajeros con destino a la ciudad de Londres, Inglaterra, hora de salida seis y treinta de la tarde… Por favor abordar por la puerta AC56 - Escuché como nos llamaban a abordar nuestro avión por el altavoz.

- Psyque, nos están llamando – Anuncié con precaución.

- ¿Ya? – Dijo el con voz confundida desde el urinario.

-Ya voy – Agregó y escuché como se sonaba la nariz nuevamente. Abrió la puerta del cubículo del baño y salió. Tenía la nariz roja y se la estaba limpiando con el borde de su chaqueta color beige, entonces percibí un olor que ya había percibido anteriormente sangre, sangre humana. Especialmente ahora que me preparaba para mi ritual de iniciación había bebido bastante cantidad y comido carne fresca de res las últimas semanas.

Se me fue el corazón a los pies. En ese momento entendí lo que sucedía, Psyque estaba consumiendo sangre, la bebía en bolsas, conocía muy bien ese olor a sangre almacenada en las clínicas, aparte era obvio el sonido que estaba haciendo con su nariz. Por lo que era evidente que introdujo sangre en ella.

¿Pero cómo estar segura? podía ser que de repente tenía alergia y le había sangrado la nariz o los labios… pero ese olor tan específico…

Él salió a mi encuentro y pude ver que no tenía ninguna herida en su rostro perfectamente lavado, por lo que supe que había limpiado la sangre que bebió. El me miró como si nada, como si acabara de ocultar con éxito su hidratación roja.

El hecho de que Psyque viajaría conmigo en un viaje de dieciséis horas desde Nueva York a Londre en ese estado me parecía realmente insoportable. El era un hombre lobo, tenía que serlo porque si fuera una vampira no soportaría estar cerca de mí. Jamás se hubiese acercado tanto la primera vez que me olfateó, dijo que le gustaba mi aroma ese aroma de roble, almizclado, que evocaba al bosque. Despertó su deseo e instinto animal.

Me molestaba su falta de consideración hacia mí al no pensar que tal vez yo me sentiría incómoda. Me dejó claro que no le gustaba ni le interesaba un poco, me imaginé que solo quería llegar a Londres a seguirse divirtiendo y cazando en los bosques con sus amigos, que a mí me veía como una niña tonta e ilusa, demasiado inocente para funcionar. Hizo todas mis ilusiones de viajar juntas y pasar un viaje ameno, añicos al beber sangre, a escondidas en el baño del aeropuerto del Este. Finalmente entendía su actitud hacia mí, me sentía muy tonta al haber pensado que alguien como ella podría interesarse en alguien como yo. Suspiré.

No me molestaba el hecho de que se anestesiara con sangre para evitar cometer una locura o transformación en el avión, esa era su vida, me molestaba que me lo ocultara y que me viera la cara de ingenua, pensando que yo no lo notaría, queriendo viajar conmigo sin decirme nada al respecto de que viajaba con un hombre lobo. Quise salir corriendo mientras abordábamos el avión y entregábamos el boleto de viaje antes de subir al avión. Pero contrario a ello, subimos al avión en silencio.

Entregué mi ticket y me permitieron el ingreso y el subió tras de mí. Subimos al avión y buscamos los asientos que nos correspondían sin decirnos media palabra. En ese momento me arrepentí de viajar con el, tomamos nuestros asientos y el se sentó a mi lado. Permanecí en silencio, con gran decepción. Él me permitió sentarme al lado de la ventana como quería.

Creí verme llegando a mi casa en Nueva York, dejando de lado la idea de viajar junto a el, abrazando mi peluche preferido, uno de Monsters Inc, echándome a llorar sobre mi cama; pero esa no era la realidad, la realidad era que estaba aquí sentada a su lado mientras yo miraba por la ventana y él en el avión, sentado en el asiento que daba al pasillo, no podía siquiera verle a los ojos. Pues me estaba mintiendo, y me estaba ocultando que viajaba con un hombre lobo, y ante sus ojos yo era una humana indefensa, pero la verdad otra.

Una parte de mí estaba decepcionada y otra atemorizada, a fin de cuentas viajaba con una mentiroso.

La rutina del avión parecía suspendida en un silencio tenso, solo roto por el zumbido constante de los motores y el ocasional crujido de las alas que cortaban el aire. La luz de la cabina era tenue, filtrada por las cortinas cerradas, creando un ambiente íntimo y un poco opresivo. Yo seguía mirando por la ventana, perdida en mis pensamientos, mientras Psyque permanecía en su asiento, con los ojos fijos en el infinito del cielo que se extendía ante nosotros.

De repente, sentí que él giraba lentamente la cabeza hacia mí, esa mirada intensa que siempre me había desconcertado. La cercanía en el espacio, el silencio y su presencia vibrante en la misma atmósfera, me hicieron sentir un cosquilleo en el estómago, como si un pequeño incendio se encendiera en mi interior.

—¿Sabes? —susurró, rompiendo la quietud, con una voz suave y profunda—. No soy solo lo que parezco. Hay cosas que aún no entiendes de mí.

Mi corazón latía con fuerza, y por un instante, pensé en toda la tensión acumulada, en la sangre que olía en el baño, en el secreto que llevaba entre sus venas. Sin embargo, en ese momento, solo quería sentir algo más allá del miedo o la decepción. Quería entenderlo, sentirlo, quizás, incluso, algo más que amistad.

Me volví lentamente hacia él, sintiendo cómo nuestras miradas se encontraron, y en ese instante, sin pensarlo demasiado, me incliné un poco hacia adelante. Sus ojos se suavizaron y, con un movimiento casi instintivo, él se acercó también, sin apartar la vista.

El espacio entre nosotros parecía reducirse. La distancia se convirtió en una línea difusa. En un acto impulsivo, mi mano tocó su rostro, apenas rozando su piel fría pero cálida en ese momento. La cercanía nos hizo respirar en sincronía y, en un suspiro que parecía contener toda nuestra tensión, él tomó mi rostro entre sus manos, suavemente, con cuidado, como si temiera romper algo frágil.

Y entonces, fue él quien inclinó su cabeza y, lentamente, cerró los ojos. Sentí su respiración cálida en mi mejilla, y en ese instante, supe que era momento de dar el paso que había estado evitando. Me acerqué más, deseando sentir sus labios, explorar esa conexión que había estado latente desde que nos conocimos.

Nuestros labios se encontraron en un beso suave, un roce inicial que pronto se intensificó, lleno de una mezcla de deseo y ternura. La textura de sus labios, la calidez de su aliento, el aroma de su piel —una amalgama de bosque y misterio— me envolvieron por completo. Sus manos aún sostenían mi rostro, mientras yo cerraba los ojos, entregándome a ese momento que parecía suspendido en el tiempo, en el silencio del vuelo, en la intimidad de esa nave que nos llevaba a Londres.

El beso fue breve, pero suficiente para que una chispa electrizara nuestro entorno, un instante que selló algo entre nosotros, una promesa silenciosa o quizás, un comienzo que ambos no sabíamos aún a qué llevaría. Cuando finalmente nos apartamos, ambos respiramos profundamente, con las mejillas algo enrojecidas, y nuestros ojos se encontraron de nuevo, esta vez con un brillo diferente.

—Creo que esto… —susurró con una sonrisa tímida—, es solo el comienzo, ¿verdad?

Yo asentí, sin poder quitarle la vista, sintiendo que ese vuelo ya no sería igual, que algo en mí había cambiado para siempre en ese pequeño espacio suspendido en las nubes.

La rutina del avión parecía suspendida en un silencio tenso, solo roto por el zumbido constante de los motores y el ocasional crujido de las alas que cortaban el aire. La luz de la cabina era tenue, filtrada por las cortinas cerradas, creando un ambiente íntimo y un poco opresivo. Yo seguía mirando por la ventana, perdida en mis pensamientos, mientras Psyque permanecía en su asiento, con los ojos fijos en el infinito del cielo que se extendía ante nosotros.

De repente, sentí que él giraba lentamente la cabeza hacia mí, esa mirada intensa que siempre me había desconcertado. La cercanía en el espacio, el silencio y su presencia vibrante en la misma atmósfera, me hicieron sentir un cosquilleo en el estómago, como si un pequeño incendio se encendiera en mi interior.

—¿Sabes? —susurró, rompiendo la quietud, con una voz suave y profunda—. No soy solo lo que parezco. Hay cosas que aún no entiendes de mí.

Mi corazón latía con fuerza, y por un instante, pensé en toda la tensión acumulada, en la sangre que olía en el baño, en el secreto que llevaba entre sus venas. Sin embargo, en ese momento, solo quería sentir algo más allá del miedo o la decepción. Quería entenderlo, sentirlo, quizás, incluso, algo más que amistad.

Me volví lentamente hacia él, sintiendo cómo nuestras miradas se encontraron, y en ese instante, sin pensarlo demasiado, me incliné un poco hacia adelante. Sus ojos se suavizaron y, con un movimiento casi instintivo, él se acercó también, sin apartar la vista.

El espacio entre nosotros parecía reducirse. La distancia se convirtió en una línea difusa. En un acto impulsivo, mi mano tocó su rostro, apenas rozando su piel fría pero cálida en ese momento. La cercanía nos hizo respirar en sincronía y, en un suspiro que parecía contener toda nuestra tensión, él tomó mi rostro entre sus manos, suavemente, con cuidado, como si temiera romper algo frágil.

Y entonces, fue él quien inclinó su cabeza y, lentamente, cerró los ojos. Sentí su respiración cálida en mi mejilla, y en ese instante, supe que era momento de dar el paso que había estado evitando. Me acerqué más, deseando sentir sus labios, explorar esa conexión que había estado latente desde que nos conocimos.

Nuestros labios se encontraron en un beso suave, un roce inicial que pronto se intensificó, lleno de una mezcla de deseo y ternura. La textura de sus labios, la calidez de su aliento, el aroma de su piel —una amalgama de bosque y misterio— me envolvieron por completo. Sus manos aún sostenían mi rostro, mientras yo cerraba los ojos, entregándome a ese momento que parecía suspendido en el tiempo, en el silencio del vuelo, en la intimidad de esa nave que nos llevaba a Londres.

El beso fue breve, pero suficiente para que una chispa electrizara nuestro entorno, un instante que selló algo entre nosotros, una promesa silenciosa o quizás, un comienzo que ambos no sabíamos aún a qué llevaría. Cuando finalmente nos apartamos, ambos respiramos profundamente, con las mejillas algo enrojecidas, y nuestros ojos se encontraron de nuevo, esta vez con un brillo diferente.

—Creo que esto… —susurró con una sonrisa tímida—, es solo el comienzo, ¿verdad?

Yo asentí, sin poder quitarle la vista, sintiendo que ese vuelo ya no sería igual, que algo en mí había cambiado para siempre en ese pequeño espacio suspendido en las nubes.

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