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Capítulo 3

La mañana del Baile del Despertar de Vivienne, la mansión bullía de emoción.

Mi madre colocaba en persona cada pliegue del vestido de Vivienne: una cascada de seda negra con rubíes de sangre cosidos a mano que a la modista real le había llevado tres meses terminar.

Mi padre daba vueltas a su alrededor como un general orgulloso inspeccionando su mejor arma.

—Estás magnífica. Todas las casas de la Corte de la Noche verán que el linaje Valdris es impecable.

—No te olvides del hechizo de calor en la capa —se inquietaba mi madre—. El salón se enfría mucho junto a los ventanales del este. Y come algo antes de salir, que siempre se te olvida.

Sus voces estaban cargadas de ternura. Me detuve en el rellano, con la maleta en la mano, y la vieja herida del pecho se me abrió una última vez.

Tenía diez años cuando me arrastraron a la oscuridad. Sin dinero. Sin refugio. Sin nadie.

Comí corteza y musgo. Me peleé con lobos salvajes que me doblaban en tamaño por restos de carne podrida. Dormí en troncos huecos durante inviernos tan crueles que se me ennegrecieron los dedos.

Nadie me preguntó si tenía frío. Nadie me preguntó si seguía viva.

Quizá me quedé allí parada demasiado rato, porque mi madre levantó la vista y me vio. La culpa le cruzó la cara: rápida, instintiva, reprimida al instante.

—Serena, ya sabes que Vivienne nunca ha salido de la mansión para un acto oficial. Está nerviosa. Solo estamos...

—Lo entiendo —dije, y sonreí—. Es más pequeña. Es normal que os preocupéis más por ella.

Mi madre parpadeó, visiblemente aliviada de que no montara una escena.

—Has madurado mucho, Serena. Así es como se comporta la primogénita de la Casa Valdris.

Mi padre asintió con aprobación.

—¿Ves? Esta es la compostura que llevamos tiempo pidiéndote.

Vivienne me miró desde el otro lado de la sala. Sus labios se curvaron en esa sonrisa delicada y venenosa.

—Serena, yo no soy como tú. Yo no me crie durmiendo en la tierra. Papá y mamá se preocupan por mí porque yo sí merezco que se preocupen. No te importa, ¿verdad?

En mi vida anterior, esa frase me habría hecho estallar, que era exactamente lo que ella buscaba.

—En absoluto —respondí con tranquilidad—. Disfruta del baile, Vivienne.

Titubeó, desconcertada por la falta de una reacción que pudiera usar como arma.

Antes de que se recompusiera, llegó Aldric. Vestía de negro ceremonial, y su presencia llenaba la estancia como una herida. Su mirada pasó por encima de mí sin detenerse: entrenada, ensayada, deliberada.

Le ofreció el brazo a Vivienne. Ella lo aceptó, radiante.

Se marcharon juntos, y la mansión se quedó vacía tras ellos.

Volví a mi habitación por última vez.

Era la más pequeña de la casa, escondida al final de un pasillo tan alejado del ala principal que hasta las dependencias del servicio quedaban más cerca. Los muebles eran caros pero impersonales: los había escogido el ama de llaves, nunca mi madre.

Todos los vestidos, todas las joyas, todos los complementos que me habían comprado desde mi regreso seguían intactos en el armario. Muchos, todavía envueltos.

Las cosas de Vivienne costaban menos, pero cada una la había elegido mi madre con sus propias manos: la talla justa, el color justo, el tejido adecuado para su piel sensible. Cada objeto susurraba «te conozco, te veo».

En mi habitación, nada susurraba nada.

En la mesilla estaba lo único que había atesorado de verdad: un pequeño retrato que encontré en una caja del sótano. Lo pintaron cuando yo tenía ocho años: nuestra familia de cuatro, antes de que Vivienne supiera siquiera andar. Mi madre la tenía en brazos. Mi padre estaba detrás. Y yo, delante, sonriendo de oreja a oreja, mellada, convencidísima de que me querían.

Lo había limpiado con mimo y lo había puesto en el marco más bonito que encontré. Durante tres años, fue lo primero que miraba cada mañana.

Me quedé mirándolo mucho rato. Luego lo dejé sobre la mesilla y me fui sin él.

Al amanecer, salí de la mansión Valdris con una sola bolsa y mi carta de admisión. No dejé ninguna nota.

Aldric volvió del Baile del Despertar y fue directo a la cámara ceremonial.

El altar de unión estaba encendido. El cáliz de sangre, preparado. El oficiante, esperando.

Pero por mucho que esperó, yo nunca llegué.

Al final apareció su lugarteniente, sin aliento.

—Majestad... Serena Valdris disolvió formalmente el compromiso esta mañana. Ya ha abandonado la Corte de la Noche. Subió a un transporte hacia el Territorio Licántropo del Norte con las primeras luces.
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