Capítulo 1
Morí con los colmillos de mi marido clavados en la garganta, con su amante de sangre pura mirándonos desde la cama que un día fue nuestra y con el sabor de mi propia sangre ahogándome el último aliento.
Y entonces abrí los ojos: volvía a tener diecisiete años, estaba plantada frente a la mansión de los Valdris y tenía en la mano una carta de admisión de la Academia Licántropa del Norte.
En mi vida anterior, quemé esa carta. Me quedé en la Corte de la Noche, desesperada por demostrar que era una de ellos. Pasé doce años intentando ganarme el orgullo de mis padres, el cariño de mi hermana Vivienne y el amor del rey Aldric Nighthollow.
Lo único que me gané fue una sentencia de muerte.
Esta vez, me guardé la carta en el abrigo y entré.
Del comedor llegaban risas. La luz de la lámpara de araña era dorada y cálida, y mis padres estaban sentados a ambos lados de Vivienne, admirando la gargantilla de rubíes que mi padre le había regalado por su Ceremonia del Despertar.
En cuanto aparecí, toda esa calidez se esfumó.
La sonrisa de mi madre se congeló. Mi padre apenas levantó la vista. Vivienne ladeó la cabeza, y sus ojos carmesí brillaron con esa malicia dulce que tan bien conocía.
No me quedé esperando en el umbral como hacía antes, rogando en silencio a que me invitaran a pasar. Simplemente me senté, desdoblé la servilleta y empecé a comer sin decir palabra.
En mi vida anterior, la etiqueta de mesa de los sangre pura me hacía tropezar continuamente. Vivienne se había criado en la Corte de la Noche desde que nació. Cada uno de sus gestos era natural, mientras yo tiraba las copas y cogía mal los cubiertos.
Una vez, en un banquete, mi padre me soltó:
—Deja de imitar a Vivienne. Solo consigues dejar el apellido Valdris en peor lugar.
Y mi madre añadió:
—Puedes vestir a una mestiza de seda, pero la mancha se sigue viendo.
Esta vez no imité a nadie. Comí en silencio, con limpieza, con esa quietud que no nace de ningún entrenamiento, sino de no tener ya nada que demostrar.
Mi madre se me quedó mirando con el tenedor suspendido en el aire.
Antes de que pudieran empezar con su sermón de siempre sobre por qué Vivienne merecía el legado familiar más que yo, hablé primero.
—Me han admitido en la Academia Licántropa del Norte. Me voy dentro de tres días.
Silencio absoluto.
Mi padre dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco.
—¿La Academia Licántropa del Norte? ¿Esa escuela de chuchos? ¿Prefieres vivir entre lobos a quedarte donde te corresponde?
Vivienne se llevó una mano delicada al pecho.
—Serena, ¿ha sido por las notas? Sé que los estudios siempre se te han dado... regular. El Norte es tan salvaje... No tendrías por qué pasar por eso.
Su voz rezumaba una preocupación fabricada. En mi vida anterior, le habría saltado encima, y ella habría dejado que le temblara el labio lo justo para que nuestros padres la consolaran mientras me reñían a mí.
La miré con calma.
—Saqué la nota más alta del territorio. La Academia me ha ofrecido una beca completa. La decisión ya está tomada.
A mi padre se le tensó la mandíbula.
—Muy bien. Pero cuando vuelvas arrastrándote, no esperes que te recibamos con los brazos abiertos.
Mi madre dudó y luego me puso un macaron de sangre en el plato.
—Por lo menos come bien antes de irte. Pareces medio muerta de hambre.
Ni lo toqué. Hacía mucho que había olvidado que yo no podía digerir los dulces de sangre procesada, una peculiaridad de mi cuerpo de mestiza. Pero a Vivienne le encantaban, así que todos los postres de la casa se hacían para paladares de sangre pura.
Ya no me dolía. Me terminé lo que mi estómago aguantó, me disculpé y me levanté.
Iba por la mitad de la escalera cuando una voz me dejó helada.
—¿Huyendo al Norte?
El rey Aldric Nighthollow estaba en el vestíbulo, alto y devastador, con sus ojos oscuros clavados en mí y ese filo posesivo que un día confundí con amor.
—No te he liberado de nuestro compromiso, Serena. No puedes irte.
Sentí una punzada en el pecho: una herida antigua, profunda y testaruda.
Aquel era el hombre al que había amado a lo largo de dos vidas.
En mi vida anterior, supliqué que no rompieran nuestro compromiso cuando mis padres quisieron sustituirme por Vivienne. Después de unirnos, se negó a compartir mi cama. La única noche que por fin vino a mí, susurró el nombre de Vivienne contra mi piel hasta que me hice pedazos.
Le sostuve la mirada sin pestañear.
—Entonces deja que te lo ponga fácil. El compromiso se ha acabado. Soy yo quien lo rompe.