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Capítulo 3

Adrián

La chica cubierta de barro tenía dos opciones sensatas: marcharse o llorar.

No hizo ninguna.

Veinte minutos después apareció en mi biblioteca con ropa prestada por mi madre, el cabello húmedo y la barbilla en alto.

—Siéntese.

Alba obedeció.

Abrí la carpeta de solicitudes.

Vacía.

—No tiene experiencia profesional como niñera.

—He ayudado a cuidar niños en el orfanato desde que era adolescente.

—No es lo mismo.

—No. Allí había más niños y menos dinero.

Levanté la vista.

Había respondido sin insolencia, pero tampoco con miedo.

Eso era nuevo.

—¿Sabe cuántas niñeras han trabajado aquí en los últimos tres años?

—La camarera del restaurante dijo que perdió la cuenta.

—Treinta y nueve.

Parpadeó.

—¿Treinta y nueve?

—Algunas duraron semanas. Otras, horas.

—¿El récord más corto?

—Cuarenta y siete minutos.

Alba pareció pensarlo.

—Entonces ya lo superé.

Tuve que contener una reacción que no me gustó identificar como diversión.

Me puse de pie.

—Mis hijos no necesitan una amiga. Necesitan rutina, disciplina y alguien que no desaparezca en cuanto ellos decidan ponerla a prueba.

Su expresión cambió apenas.

—Sé lo que significa que la gente desaparezca.

El tono fue bajo, pero me hizo detenerme.

Recordé lo que mi madre había dicho: Alba había crecido en un orfanato.

Aparté la mirada.

—El puesto incluye alojamiento, comidas y el salario indicado. Tendrá un periodo de prueba.

—¿Cuánto?

—Siete días.

—¿Y si ellos quieren echarme antes?

—Dependerá de usted.

—No. —Se inclinó ligeramente hacia delante—. Dependerá de los tres.

Fruncí el ceño.

—¿Perdón?

—De ellos, de mí… y de usted.

El silencio se tensó.

—Mi relación con mis hijos no forma parte de su entrevista.

—Entonces no debería haberme dicho que necesitan a alguien que no desaparezca.

La miré fijamente.

Era demasiado directa.

Demasiado joven.

Demasiado segura para alguien que había llegado con cuarenta euros y una maleta gastada.

Y, sin embargo, algo me decía que mis hijos ya se habían encontrado con un enemigo diferente.

—Empieza hoy.

Alba abrió los ojos.

—¿Eso significa que estoy contratada?

—Significa que tiene siete días para demostrarme que no he cometido un error.

—Perfecto.

Se levantó.

Antes de salir, se volvió.

—Señor Salvatierra.

—¿Sí?

—Si sobrevivo una semana, quiero que admita que sus hijos no son monstruos.

—No conoce a mis hijos.

—Ellos tampoco me conocen a mí.

La puerta se cerró.

Me quedé mirando el espacio vacío.

Desde el pasillo llegó un grito.

—¡GAEL, DEVUÉLVEME ESO!

Luego una carcajada.

Luego el estruendo de algo rompiéndose.

Me masajeé el puente de la nariz.

Siete días.

La chica no tenía idea de dónde se había metido.

Lo que me preocupó fue descubrir que, por primera vez en mucho tiempo, yo quería averiguarlo.

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