Capítulo 2
Alba
Debí haberle hecho caso.
Apenas crucé la verja lateral, algo tiró de mi tobillo.
No tuve tiempo ni de gritar.
Una cuerda se tensó, un cubo se volcó desde una rama y una avalancha de barro frío me cayó encima.
Mi vestido quedó marrón.
Mi cabello rubio, también.
Mi dignidad murió allí mismo.
—¡Gael, funcionó! —gritó una niña.
—¡Te dije que funcionaría!
Dos cabezas aparecieron detrás de un seto.
Gemelos.
Siete años, quizá.
El niño sonreía con orgullo criminal. La niña intentaba contener la risa y fracasaba.
Los miré.
Ellos me miraron.
—Supongo que vosotros sois el problema del anuncio.
La sonrisa de ambos desapareció.
—¿No vas a llorar? —preguntó la niña.
—Todavía no.
—La otra lloró.
—Qué poca resistencia.
El niño frunció el ceño.
—Nosotros hacemos que todas se vayan.
—Qué currículum tan impresionante.
Di un paso hacia ellos.
Los dos retrocedieron.
—¿Cómo os llamáis?
—No te importa.
—Perfecto. Tú serás Problema Uno y ella Problema Dos.
La niña abrió la boca, indignada.
—¡Yo soy Abril!
—Gael —gruñó el niño.
—Mucho mejor.
Entonces resbalé.
Mi pie embarrado se deslizó sobre una piedra mojada y perdí el equilibrio.
Esperé caer al suelo.
No ocurrió.
Dos brazos fuertes me sujetaron por la cintura.
Me quedé inmóvil.
Al levantar la vista, me encontré con unos ojos oscuros y nada divertidos.
El hombre que me sostenía era alto, de hombros anchos, camisa blanca remangada y una expresión tan fría que el barro empezó a parecerme el menor de mis problemas.
—¿Se puede saber qué está pasando aquí?
Gael y Abril dejaron de respirar.
Yo también.
El hombre me soltó con cuidado, pero no apartó la mirada.
—¿Quién es usted?
Me limpié barro de la mejilla.
—Alba. He venido por el puesto de niñera.
Sus ojos recorrieron mi vestido, mi maleta y finalmente el cubo colgado del árbol.
—Entiendo.
No parecía entender nada.
—¿Y usted es…?
—Adrián Salvatierra.
Estupendo.
Acababa de caer literalmente en brazos de mi posible jefe.
Abril tiró de la manga de su padre.
—Papá, ella rompió la trampa.
—La trampa funcionó perfectamente —protestó Gael.
Adrián cerró los ojos durante un segundo.
—Dentro. Los dos.
—Pero…
—Ahora.
Los gemelos desaparecieron hacia la casa.
Adrián volvió a mirarme.
—Señorita Alba, le pediría disculpas por la bienvenida, pero sospecho que si acepta el empleo tendrá días peores.
—Eso no es una forma muy buena de convencerme.
—No estoy intentando convencerla.
Aquello me picó.
—Entonces hagamos la entrevista.
Una ceja oscura se elevó.
—¿Así?
Miré mi ropa cubierta de barro.
—Si sus hijos no lograron echarme antes de entrar, tendrán que esforzarse más.
Por primera vez, algo cambió en sus ojos.
No fue una sonrisa.
Pero estuvo cerca.
—Muy bien —dijo—. Veamos cuánto dura esa seguridad.
