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Capítulo 2

A la mañana siguiente, Damián bajó a desayunar con una venda oculta bajo la camisa y dos horas de sueño acumuladas en toda la noche.

Nadie lo notó.

O eso creyó.

—Estás pálido —dijo Lucía desde el otro lado de la mesa.

Damián tomó una taza de café sin mirarla.

—Y tú hablas demasiado temprano.

—Eso significa que sí estás mal.

Lucía sonrió, pero sus ojos se demoraron un segundo de más en el rostro de su hermano.

Damián conocía esa mirada. Lucía podía parecer despreocupada, caprichosa incluso, pero observaba más de lo que la gente suponía.

—Estoy bien.

—No has tocado la comida.

—No tengo hambre.

—No dormiste.

Damián levantó por fin los ojos.

—¿También quieres revisar mi agenda?

Lucía iba a responder cuando Samuel Montenegro dejó el periódico sobre la mesa.

—Perfecto. Ya que todos estamos aquí, podemos hablar de algo importante.

Damián sintió una punzada en el costado.

No por la herida.

Por el mensaje de la noche anterior.

Ángela, su madre, sonrió con una emoción que inmediatamente le pareció sospechosa.

—Los Mendoza aceptaron.

Damián dejó la taza en el plato.

—¿Aceptaron qué?

Lucía soltó una pequeña carcajada.

—No me digas que no sabes.

—Lucía.

La voz de Samuel bastó para silenciarla.

El patriarca miró directamente a su hijo.

—Tu matrimonio con Sabrina.

Durante un instante, nadie habló.

Damián recordó el mensaje.

Mañana decidirán con quién vas a casarte.

Sintió que la sangre se le enfriaba.

—Qué eficiente —dijo finalmente—. Ya organizaron mi matrimonio sin perder tiempo en preguntarme si quiero casarme.

—No estamos hablando de un romance adolescente —respondió Samuel—. Estamos hablando de una alianza.

—Claro. Qué alivio. Pensé que el matrimonio podía tener algo que ver con las dos personas que se casan.

Ángela suspiró.

—Conoces a Sabrina desde niño. Las familias se llevan bien. Ella te quiere.

—Ese último detalle es problema de ella.

—Damián —advirtió su padre.

Él se reclinó en la silla.

—¿Qué obtiene la familia?

Samuel no disimuló.

—Acceso. Influencia. Estabilidad política. Su padre es gobernador y los Mendoza controlan relaciones que nos convienen. Nuestro apellido tiene dinero, pero el dinero solo llega hasta cierto punto.

—Entonces quieren comprar poder con mi boda.

—Quiero que entiendas tu responsabilidad.

Damián sonrió sin humor.

Responsabilidad.

Era la palabra que su familia utilizaba cada vez que quería quitarle una elección.

Su teléfono vibró dentro del bolsillo.

No lo sacó.

—La familia Mendoza vendrá esta semana —continuó Samuel—. Quiero que estés presente y que te comportes como un adulto.

—Eso dependerá de lo que entiendas por adulto.

—Aceptar que no todo gira alrededor de tus deseos.

Damián se levantó.

El movimiento tiró de la venda y un dolor agudo le recorrió el abdomen.

Lucía lo vio.

—¿Qué te pasó?

Damián bajó la mirada. Una pequeña mancha roja comenzaba a extenderse bajo la camisa blanca.

Maldijo en silencio.

—Nada.

—Eso no parece nada.

Lucía se puso de pie, pero él retrocedió antes de que pudiera acercarse.

—Me corté entrenando.

—Tú no entrenas con cuchillos.

Damián la miró fijamente.

Lucía cerró la boca.

Ángela se acercó alarmada, pero Damián tomó la chaqueta del respaldo.

—Tengo una reunión.

—Todavía no terminamos —dijo Samuel.

—Tú sí. Yo no empecé.

Salió del comedor antes de que alguien pudiera detenerlo.

Solo cuando estuvo dentro del coche sacó el teléfono.

Había dos notificaciones.

La primera era de Sabrina.

Por fin. Sabía que nuestras familias terminarían entrando en razón. Llámame cuando puedas. Tenemos muchísimo que organizar.

Damián la ignoró.

La segunda provenía del número desconocido.

Era un archivo de vídeo.

Lo abrió.

La pantalla mostró una habitación oscura. La imagen temblaba ligeramente. Durante varios segundos no ocurrió nada.

Entonces apareció una figura con máscara.

Damián reconoció de inmediato los ojos.

La voz distorsionada llenó el coche.

—Cásate con Sabrina Mendoza y ella no llegará viva a la boda.

El vídeo terminó.

Damián permaneció inmóvil.

No amaba a Sabrina. Ni siquiera quería casarse con ella.

Pero aquello ya no era una amenaza contra una boda.

Era una declaración de guerra.

Volvió a reproducir el vídeo.

Pausó la imagen justo sobre los ojos del hombre.

Azul oscuro.

Esa sensación regresó.

Conocidos.

Cercanos.

Imposibles.

Damián acercó la pantalla a su rostro.

—¿Quién demonios eres?

El teléfono vibró en su mano.

Un último mensaje apareció debajo del vídeo.

Tú deberías saberlo.
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