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Capítulo 1

El filo del cuchillo rozó la garganta de Damián Montenegro.

No fue el frío del metal lo que lo despertó.

Fue la certeza de que había alguien respirando a centímetros de su rostro.

Abrió los ojos apenas una rendija. La habitación estaba casi a oscuras, iluminada solo por la luz azulada que se filtraba entre las cortinas. Frente a la cama había una silueta vestida de negro. Una máscara cubría su rostro. En una mano sostenía el cuchillo; con la otra, apoyada sobre el colchón, parecía medir cada movimiento de Damián.

Damián contuvo la respiración.

Su primera reacción fue incorporarse y atacarlo.

La segunda fue mucho más inquietante.

Esperar.

El desconocido inclinó la cabeza, como si supiera que estaba despierto.

—No hagas ruido —susurró.

La voz estaba deformada, baja, casi irreconocible.

Damián sintió que algo se tensaba dentro de él. No era la primera vez que aquella sombra entraba en su vida. Durante semanas había encontrado señales imposibles de explicar: una puerta que juraba haber cerrado, un objeto cambiado de lugar, fotografías tomadas desde lejos, la sensación persistente de que alguien lo observaba incluso dentro de la mansión Montenegro.

Pero nunca había llegado tan lejos.

Nunca había entrado en su habitación con un arma.

—Si quisieras matarme, ya lo habrías hecho —dijo Damián en voz baja.

El enmascarado no respondió.

El cuchillo descendió.

Damián reaccionó de inmediato. Le sujetó la muñeca, pero un dolor agudo le atravesó el costado antes de que pudiera reducirlo. El desconocido se soltó con una fuerza inesperada y retrocedió.

Damián se llevó una mano al abdomen.

Caliente.

Húmedo.

Sangre.

—Cobarde —escupió.

La figura volvió a inclinar la cabeza.

Por un segundo, Damián alcanzó a distinguir sus ojos a través de la máscara.

Azul oscuro.

Demasiado familiares.

La sensación lo golpeó con tanta fuerza que perdió un instante precioso.

¿Dónde había visto esos ojos?

Cuando quiso lanzarse sobre él, el hombre ya estaba junto a la ventana.

—Nos veremos pronto, Damián.

Y desapareció.

Damián corrió detrás de él, pero al asomarse no encontró a nadie. Los jardines estaban en silencio. Los guardias seguían en sus puestos. Ninguna alarma había sonado.

Como siempre.

Cerró la ventana de golpe y apoyó ambas manos sobre el marco.

La herida ardía, pero no era profunda.

Eso fue lo peor.

El hombre había podido matarlo.

Había elegido no hacerlo.

Damián volvió hacia la cama y encendió la lámpara. Había una fotografía sobre la almohada.

Él mismo saliendo de su oficina dos noches atrás.

En el reverso, escrito con tinta roja, aparecía un mensaje.

TE VEO.

Damián apretó la fotografía entre los dedos.

A sus treinta años, estaba acostumbrado a controlar salas enteras con una mirada. Empresarios, funcionarios, rivales y empleados medían sus palabras delante de él. El apellido Montenegro abría puertas y cerraba bocas.

Pero aquello no podía comprarlo.

Ni asustarlo.

Al menos eso se repetía.

Se acercó al sistema de seguridad que tenía instalado en la habitación y revisó las grabaciones. Adelantó minutos, retrocedió, cambió de cámara.

Nada.

Una sombra junto al pasillo.

Un destello frente a la ventana.

Después, vacío.

—Imposible.

La puerta de su habitación estaba cerrada por dentro. La ventana también lo había estado cuando se acostó.

Sin embargo, alguien había entrado.

Y había salido.

Sin dejar más rastro que su sangre.

Damián guardó la fotografía en el cajón de su escritorio y recogió el cuchillo del suelo con un pañuelo. Durante un momento pensó en llamar a seguridad. Podía cerrar la mansión, interrogar a cada empleado, ordenar que revisaran las cámaras de toda la ciudad si era necesario.

No lo hizo.

No sabía por qué.

Esa era la parte que menos le gustaba admitir.

Algo en aquel hombre le resultaba conocido.

No su voz.

No sus movimientos.

Algo más profundo.

Como una memoria que su mente se negaba a entregarle.

Damián limpió la herida, la vendó y se cambió de camisa. Cuando terminó, se miró al espejo.

Por fuera seguía siendo el mismo hombre impecable de siempre.

Por dentro, su corazón aún latía demasiado rápido.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Número desconocido.

Abrió el mensaje.

Solo había una frase.

Mañana decidirán con quién vas a casarte.

Damián se quedó inmóvil.

Todavía no había hablado con nadie sobre matrimonio.

Ni siquiera con su familia.

El teléfono vibró una segunda vez.

Y yo decidiré cuánto vas a perder.
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