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Capitulo 1: Incontenible

Esta historia es un poco triste al principio y alegre al final, creo que ese susto de llevar la contraria a los padres, en algún momento, muchas lo hemos tenido. Entonces vamos a estar atentos, y empecemos a leer, el libro se abre y se enciende una luz para tener frente a nosotros una casa, sencilla con su jardín, con su porche, un par de carros estacionados,es la casa de los Mendoza una familia como la tuya, como la mía, y cuando estás ahí, se oyen unas voces, veamos... ¿que es lo que pasa?...

"... Verónica sentía un peso en el pecho, ¡ilary!, apenas podía respirar bien, el aire en la habitación de Verónica se había vuelto denso, bueno no solo en la habitación sino en toda la casa se sentía cargado de una tensión tan pesada o era solo ideas suya. Quizás por lo que tenía pensado conversar con su papá.

La voz de su padre, que normalmente es un murmullo dulce y cálido, ahora resonaba con una frialdad que helaba la sangre.

Un motivo más para sentirse tremendamente triste.

—¡Ya tuviste tu celebración en el Liceo, Verónica! —sentenció, sus ojos oscuros fijos en los de ella, desafiantes—.

Tuviste lo más importante, a tu familia, buena comida que todos disfrutamos, las fotos con tu familia y amigos más allegados… ¡Y creo que fue más que suficiente!

Verónica sintió un nudo formarse en su garganta y en su corazón, una mezcla de frustración y rabia que amenazaba con ahogarla.

—¡Pero papá…, esa fue la celebración formal! —protestó, agitando las manos,—ahora vamos a celebrar la fiesta de nosotros… ¡Y la vamos hacer en una casa enorme, segura! ¡¿No entiendo cuál es el problema?…!

—Veronica mija, yo no nací ayer—sentencio de nuevo con una mirada rebozada de experiencia de la vida y voz firme, — se todo sobre esas fiestas — interrumpió, y empezó a contar con sus dedos—. Luces estridentes, música que aturde, bebidas adulteradas, chicos infiltrados, que es lo peor: Unos chicos de muy mala fama que viven como vagos en la calle, fumando y metidos en quién sabe qué. ¡No y no, ya estuvo bien y no pienso cambiar de opinión!

Verónica frunció el ceño, pero no se rinde y sigue incrédula.

—¿Otra vez te vinieron con cuentos papá? ¡Nosotros no somos delincuentes!, somos recién graduados, solo queremos despedir esta etapa de nuestra juventud, nada más!

Marcos se acercó a ella, su sombra alta y robusta la cubre, Verónica levanta la vista hacia el, sintiéndose algo intimidada, pero no da su brazo a torcer.

—No soy solo yo, hija, hubo muchas opiniones serias sobre la mala conducta de algunos. Y después de lo que escuché…—Marcos dudó, como si las palabras le quemaran—.

No puedo dejarte sola en medio de gente que no te va a traer nada bueno, tu eres una niña decente, nosotros te hemos criado con amor, y con principios.

Tu madre ha sido el mejor ejemplo para ustedes. ¡No te expongas por favor!

La actitud sobreprotectora de su padre para Verónica era asfixiante.

Pero su deseo era tan intenso que le alzó la voz…

—¡Papá, Sofía estará ahí! ¡Luis Mario el chico que vino a darme clases de álgebra estará también! —afirmó ella, mencionando al que le hacía titubear desde el tercer año—. ¿Crees que ellos van a permitir que me hagan daño? Prometo volver temprano, de verdad, te lo aseguro,—exclama sin bajar la mirada y tomando un respiro más para concluir—¡Ah...ya sé! lo que sucede padre, es que no puedes confiar en tu hija.

¡Tu hija!...que hizo todo lo que le pediste, hasta el carro lo lavé, para que me dejaras disfrutar después con mis amigos. Pero que …¡De nada sirvió!

—Mi palabra es final —concluyó él, saliendo sin cerrar la puerta.

El celular de Verónica suena y es Sofía.

—¿Y?. —Las lágrimas nublaron la pantalla.

—¡Hola!

—¿Cómo estás Verónica? Monica y yo estamos a punto de salir para casa de Camila, vamos a visitarla y a hacer algunas sugerencias para la fiesta.

¿No te animas?

—¡No Sofi olvídalo, no voy!

Abajo, sus padres discutían.

—Marcos, no puedes encerrarla por miedo —oyó decir a su madre.

—Prefiero su odio a su desgracia María —rugió él.

Verónica está conversando con Sofía pero no puede dejar de escuchar los gritos de sus padres.

Un escalofrío recorrió su espalda.”... ¿Cuál desgracia?...”

“...¿De qué desgracia habla?”

—¿Amiga entonces que me dices?—Sofía la interceptó—¿Ay no me digas que no te van a dar permiso?—supone Sofia ansiosa.

—¡No, y es palabra final!—sus lágrimas resbalan al responder y se ahoga la voz—¡Te dejo…!

—¡No llores amiga…te visito mañana para ver qué hacemos!

El cansancio y la impotencia abrazan a Verónica y el alma se rindio ante el sueño para encontrar paz.

El móvil vibró de nuevo y fué para despertar a Verónica y al ponerlo al oído...

—¡Encontramos una forma de sacarte. Medianoche!

Verónica apretó el dispositivo contra el pecho.

Afuera, la luna se ocultó tras una nube, sumiendo su cuarto en una oscuridad repentina.

Un torbellino de emociones la invadió: alivio, tensión, pero también un atisbo de miedo.

¿Qué clase de plan habrían urdido sus amigos? ¿Será seguro?

Dudas y preguntas se arremolinaban en su mente, pero la idea de escapar de la opresión de su casa y celebrar su graduación con sus amigos era demasiado tentadora.

Mientras la medianoche se acercaba, Verónica sentía la adrenalina correr por sus venas. Cada ruido, cada sombra, la ponía en alerta.

Sabía que estaba a punto de cruzar una línea, de desafiar la autoridad de sus padres, pero la necesidad de vivir su propia vida, de tomar sus propias decisiones, era más fuerte que el miedo.

La discusión en la sala continuaba, cada palabra resonaba con la tensión acumulada.

—¡Marcos, estás siendo irracional! —exclamó María, su voz cargada de frustración—.

Verónica, nuestra hija es una joven responsable, siempre lo ha sido. ¿Por qué este cambio repentino?

—No se trata de ser irracional, María —respondió Marcos, su voz grave y preocupada—. Se trata de protegerla. He escuchado cosas… cosas que me hacen temer por su seguridad.

—¿Qué clase de cosas? —preguntó María, cruzando los brazos—. Necesito saber qué te preocupa tanto.

Marcos suspiró, pasando una mano por su cabello.

—Rumores, María, solo rumores. Pero son suficientes para ponerme en alerta.

Se habla de chicos problemáticos, de fiestas descontroladas…

No quiero que Verónica se vea envuelta en algo peligroso.

—¿Y por eso la encierras? —replicó María, incrédula—. ¿La privas de su libertad por simples rumores?

—No la estoy encerrando —se defendió Marcos—. Solo quiero que entienda que hay riesgos en esas fiestas nocturnas. Quiero que sea consciente de ello.

—Ella lo es, Marcos —afirmó María—. Verónica no es una niña. Sabe cuidarse. Además, estará con sus amigos, gente que conocemos y en quien confiamos.

—No confío en nadie, María —dijo Marcos, su voz cargada de determinación,—no, cuando se trata de la seguridad de mi hija.

María negó con la cabeza, sintiendo una mezcla de frustración y tristeza.

—Estás exagerando, Marcos. Estás dejando que el miedo te controle. Verónica necesita vivir su vida, tomar sus propias decisiones, incluso si eso implica cometer errores.

—No quiero que cometa errores que lamentará el resto de su vida —respondió Marcos, su voz temblando ligeramente.

—Todos cometemos errores, Marcos —dijo María, suavizando su tono,—es parte de crecer. Lo importante es que aprenda de ellos.

Marcos guardó silencio, mirando fijamente el suelo. Sabía que María de alguna manera tenía razón, pero algo le indicaba que el no estaba equivocado. No podía soportar la idea de que algo malo le sucediera a su hija.

—Solo quiero protegerla —murmuró finalmente.

—Lo sé, Marcos —dijo María, acercándose y tomando su mano—. Y yo también. Pero a veces, la mejor manera de proteger a nuestros hijos es dejándolos volar.

Marcos apretó la mano de María, sintiendo un nudo en la garganta. Sabía que tenía que ceder, que tenía que confiar en su hija.

Pero sus alertas seguían ahí, acechando en las sombras, recordándole los peligros del mundo exterior.

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