Capítulo 5
Sofía añadió, mezclando fastidio con curiosidad:
¿No te vigila demasiado de cerca? Eso no suena a protección, suena a asfixia.
Renata se detuvo de nuevo, se giró hacia ellos y habló con suavidad, respirando hondo. «Esto no es espionaje. Es estar al tanto. Es precaución. Mi hermano no valora nada más que a mí. Soy su mayor responsabilidad. ¿Cómo podría desconocer a las personas que viven cerca de mí?».
Hizo una pausa y observó el bullicioso aeropuerto, la multitud, el ruido y el ajetreo. Sin embargo, su voz era serena. «No sabes qué clase de poder gobierna esta ciudad», susurró. «Qué ojos vigilan cada calle. Aquí, la protección y el peligro se confunden. Un paso en falso puede destruirlo todo».
Su mirada se endureció ligeramente. «Mi hermano tiene más poder del que yo puedo comprender. Y el poder siempre conlleva enemigos. Por eso me mantiene lejos… de esta ciudad, de las sombras, de él».
Reanudó la marcha, con la máscara ocultando su expresión. «Por eso debemos permanecer invisibles, porque si descubre que estoy aquí… la tormenta que se avecina no perdonará a nadie».
Sofía seguía con cara de confusión, con el ceño fruncido. Abrió la boca para hacer otra pregunta, pero Renata la interrumpió con firmeza. «Vamos a un hotel».
Había algo definitivo en su tono, una línea invisible trazada en el aire. Sofía y Nicolás simplemente asintieron, dándose cuenta de que presionarla más no les daría respuestas.
Cinco minutos después, los tres estaban sentados en silencio en un taxi. Afuera, la ciudad bullía de calles abarrotadas, coches tocando la bocina y letreros luminosos. Sofía miraba por la ventana, preguntándose qué clase de hermano podía inspirar tanto miedo, tanto secretismo, mientras Nicolás permanecía sentado a su lado, inusualmente callado para la ocasión.
Durante todo el trayecto, el rostro de Renata permaneció inexpresivo, y sus dedos tamborileaban suavemente sobre su bolso, como si estuviera contando los segundos.
Tras casi media hora, el taxi redujo la velocidad hasta detenerse frente a un alto edificio de cristal.
El letrero brillante decía: HOTEL ESTRELLA DORADA
El aire olía a lluvia sobre asfalto caliente. Renata salió, estirando los brazos como si se liberara de la tensión.
Ella esbozó una leve sonrisa. «Primero descansemos. Luego haremos lo que vinimos a hacer».
Una sonrisa misteriosa asomaba en sus labios, de esas que ocultan múltiples significados. Sofía y Nicolás intercambiaron una rápida mirada mientras seguían a Renata a través de la puerta giratoria hacia el vestíbulo del hotel, con sus maletas rodando tras ellos.
Ninguno de ellos se dio cuenta de que este viaje, que se suponía que sería una travesía corta y secreta, estaba a punto de arrastrarlos a un mundo que no comprendían. Un mundo donde un paso en falso podría costarles todo.
Sus pasos resonaron por el silencioso pasillo mientras los tres amigos desaparecían hacia sus habitaciones, sin saber que la historia de verdad en México apenas estaba comenzando.
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Transcurrieron casi dos largas horas antes de que Leonardo comenzara a recuperar la consciencia.
El suave pitido de los monitores médicos llenaba la UCI, acompañado por un leve olor a desinfectante.
Santiago y Darío estaban sentados a su lado; ambos estaban inquietos y trataban de ocultar la tormenta de inquietud tras sus rostros serenos.
Finalmente, las pestañas de Leonardo se crisparon y abrió los ojos con gran esfuerzo. Su visión se nubló un instante, luego se aclaró lentamente. Recorrió la habitación con la mirada automáticamente: las máquinas, el techo blanco, las tenues luces, y entonces sus ojos se detuvieron bruscamente en Santiago.
Como si su mente hubiera estado esperando ese momento sin perder ni un segundo, preguntó en voz baja pero firme: «¿Encontraste algo sobre ella?».
No preguntó nada sobre sí mismo, su herida, la bala o la persona que lo atacó; solo hizo una pregunta, sobre esa chica desconocida.
Y Santiago lo ignoró deliberadamente, tragando la tensión que le oprimía la garganta. «¿Estás bien?»
Leonardo lo miró con frialdad, en silencio durante tres segundos. Luego apretó la mandíbula con fuerza. Se incorporó a pesar del dolor desgarrador que le atravesaba el pecho. Le temblaba la mano, pero su voz se mantuvo controlada y llena de ira.
«¡Santiago!», repitió lentamente, «¿Qué te pregunté?»
Santiago bajó la mirada un instante, debatiéndose consigo mismo. Sabía que la respuesta provocaría un escándalo, pero no era capaz de mentir.
Tras una breve pausa, respondió en voz baja: «No».
En cuanto esa sola palabra llegó a los oídos de Leonardo, algo se quebró en su interior. Con un repentino arrebato de furia, apartó de un empujón la bandeja médica que tenía al lado. Los instrumentos metálicos cayeron al suelo con un estrépito.
Se sacó la aguja de la vía intravenosa del brazo, provocando una hemorragia. Darío retrocedió instintivamente mientras Santiago sujetaba el brazo de Leonardo.
«¡Leonardo! ¡Para! ¡Cálmate!» ordenó Santiago, con la voz cargada de pánico.
Pero Leonardo rugió, incapaz de contenerse más: «¿Por qué? ¿Por qué no sabes nada? ¿Por qué no tienes nada sobre ella? ¿Cómo es posible que no haya nada?»
El dolor de su herida ni siquiera lo alcanzaba; solo el fuego lo impulsaba ahora. Santiago cerró los ojos, sintiéndose impotente. Su hermano no lo interrogaba, le exigía lo imposible.
—¡Leonardo! —exclamó Santiago, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. No sabemos nada de ella. ¿Por dónde empiezo a buscarla? ¿Cómo voy a encontrar a alguien que ha desaparecido sin dejar rastro?
Al oír eso, Leonardo soltó inesperadamente una risa extraña y sin humor. Darío y Santiago intercambiaron miradas incómodas; el nombre que temían quedó grabado en silencio en esa risa.
Leonardo hablaba de ella, de la chica cuyo rostro solo había visto una vez, hacía cinco años. Apenas un vistazo, y solo durante unos segundos… pero ese vistazo se le había quedado grabado en la mente, grabado a fuego en cada rincón de sus pensamientos.
Durante cinco largos años, la buscó incansablemente, obsesivamente, por todas partes. Nunca la volvió a ver, nunca supo su nombre, nunca encontró rastro alguno. Pero su obsesión no disminuyó. Se volvió más oscura, más profunda y más insoportable con cada día que pasaba.
Santiago colocó suavemente una mano sobre el hombro de su hermano. «Leonardo, yo…»
Antes de que pudiera terminar, Leonardo susurró, con la voz temblorosa por la locura: «Hoy, por primera vez… la vi desvanecerse. Su rostro… se alejaba de mí. Se volvía borroso, Santiago. Como si intentara huir… intentar esconderse de mí. Pero no puede».
Una sonrisa fría y diabólica se dibujó en sus labios mientras continuaba: «Está atrapada en mis nervios, Santiago. Atrapada en mis nervios».
Al decir esto, Leonardo rió con fuerza repentina. Santiago y Darío intercambiaron miradas tensas. Ambos sabían muy bien que, cada vez que surgía algún tema relacionado con esa chica, de la que no sabían nada, ni siquiera su nombre, se volvía casi imposible lidiar con Leonardo, y mucho menos razonar con él.
Mientras Leonardo se recostaba en la cama, con la risa aún brotando de él, susurró con la voz baja y escalofriante: «ELLA ESTÁ ATRAPADA EN MIS NELMIOS Y TODAVÍA INTENTA ESCAPAR».
Leonardo rió y se desplomó sobre la cama. «¡Está atrapada en mis nervios, todavía intentando escapar!»