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Capítulo 2: Él la arruinó

Seis años después, en la estación de tren de Villacruz.

Liliana, junto a sus tres hijos, atrajo todas las miradas apenas salieron de la estación.

La madre vestía con sencillez y comodidad. No estaba maquillada, pero aun así era hermosa más allá de las palabras. Cada uno de sus gestos y sonrisas captaba la atención de todos.

Los niños eran adorables y tiernos; sus grandes ojos redondos, visibles por encima de sus mascarillas, parpadeaban con largas pestañas, lo que provocaba que cualquiera los encontrara encantadores.

Liliana ignoró las miradas de la gente. Parada en la salida de la estación, contempló el entorno familiar pero algo extraño. Su mente se llenó de recuerdos.

Años atrás, Leonardo la había acusado de "infidelidad durante el matrimonio", exponiéndola a la crítica pública.

Un mes después, descubrió que estaba embarazada, lo que pareció confirmar las acusaciones de Leonardo. Los rumores casi la destruyeron.

Sus padres adoptivos, avergonzados y viendo que ya no les servía, cortaron lazos con ella y la echaron de casa.

Ella sabía que los bebés eran de aquel hombre desconocido. Consideró abortar, pero después de pensarlo mucho, no pudo hacerlo.

¡También eran sus hijos!

Si los bebés la habían elegido como madre, era el destino. Sin importar la dificultad, debía darles vida y criarlos.

Temiendo que su reputación afectara el futuro de sus hijos, abandonó Villacruz para vivir en el campo.

La vida de una mujer embarazada era extremadamente difícil. Encontrar trabajo fue el primer gran obstáculo; muchos jefes no se arriesgaban a contratarla viendo su estado.

Pero no podía dejar de trabajar, ella necesitaba dinero.

Necesitaba comer, ir al hospital para el parto, comprar leche en polvo para los bebés, pagar su educación...

Finalmente, encontró trabajo en un restaurante. Temiendo ser despedida, se esforzaba más que cualquiera y jamás se tomó un descanso.

Esto provocó que sufriera de malnutrición y agotamiento extremo.

Al final, en su noveno mes de embarazo, se desmayó por agotamiento en el camino de regreso del trabajo.

Extrañamente, cuando despertó, ella y sus bebés se encontraban en lo profundo de las montañas.

Hasta hoy no sabía qué había sucedido.

¿Quién realizó su cesárea?

¿Quién los llevó a las montañas?

¿Y por qué los habían llevado allí?

Sus salvadores dijeron que los habían encontrado por casualidad, y al verlos tan vulnerables, los llevaron a su hogar.

Y allí vivieron durante cinco años.

Esos cinco años fueron relajados, felices y sin preocupaciones.

Pero conforme los niños crecían, se vio obligada a considerar su educación y su futuro.

La montaña era un buen lugar, pero aparte de sus salvadores, no había nadie más. Si ellos fallecían, los niños quedarían solos...

Los niños debían conocer el mundo.

Así que, después de mucho pensarlo, ella se despidió de sus salvadores y abandonó las montañas con los niños.

En principio, no quería volver a Villacruz; lo que había sufrido seis años atrás seguía fresco en su memoria.

Sin embargo, al intentar registrar las identidades de los niños, descubrió sorprendida que todavía figuraba como casada.

Ella estaba confundida.

Ella recordaba claramente haber firmado los papeles del divorcio.

No entendía qué había ocurrido, pero surgió un problema: como figuraba casada, si registraba a los niños, automáticamente aparecería el nombre de Leonardo Santillán como padre.

La familia Santillán poseía enormes propiedades, y Leonardo, que no la quería, jamás aceptaría a unos niños sin lazos de sangre.

Por eso, antes de registrar a los niños, debía divorciarse.

Su regreso a Villacruz tenía como objetivo encontrar a Leonardo y divorciarse.

No tenía ningún resentimiento hacia él.

En aquel entonces, ella lo había traicionado primero. Cuando él la acusó de infidelidad, no mentía.

Si tenía algún rencor, era hacia el hombre que le arrebató su virginidad aquella noche.

Dicen que las promesas de los hombres son vacías, y no se equivocan.

En aquella época, ese hombre le prometió hacerla la mujer más feliz y honorable del mundo. ¿Y qué pasó?

¡Ja! ¡Él la había arruinado!

Pensando en esas injusticias... ¡quería matarlo!

—Mami, quiero hacer pipí —el pequeño Julio repentinamente tiró de su ropa y dijo con timidez.

Liliana salió de sus pensamientos. Al mirar a sus tres hijos, su corazón se llenó instantáneamente de calidez.

Aquellos acontecimientos ciertamente habían destrozado su vida, pero a cambio, ¡recibió a estos niños, y eso valía la pena!

Sus tres hijos eran su orgullo.

El mayor, Arturo, era todo un caballerito. No hablaba mucho, pero tenía el porte de un líder. Su inteligencia emocional e intelectual eran altas y tenía una presencia imponente.

El segundo, Rodrigo, era completamente diferente: hiperactivo y travieso.

Interés: ¡pelear!

Pasatiempo: ¡pelear!

Sueño: ¡pelear!

Máxima aspiración: ¡librar las peleas más épicas y ser invencible en todo el mundo!

En cuanto a al menor, Julio, era un llorón. Era naturalmente tímido y no tan inteligente como sus hermanos, pero era dulce y detallista. A su corta edad ya sabía cocinar, y lo hacía increíblemente bien. También tenía un don innato para la moda; incluso el perfume que ella usaba ahora lo había mezclado él personalmente.

Con tan solo frutas o flores, él creaba fragancias únicas y naturales, sin químicos ni aditivos.

Además, Julio tenía talento para el diseño; dibujaba bocetos de ropa y joyas con facilidad.

Liliana pensaba a menudo que quien se casara con Julio sería enormemente afortunada.

Ella le sonrió a Julio con ternura.

—Bien, mami te llevará. Arturo, Rodrigo, ¿ustedes también quieren ir al baño?

—¡No! —Arturo y Rodrigo negaron con la cabeza al unísono.

—Entonces, espérenme aquí. No se alejen mientras llevo a Julio al baño.

—Vale.

Liliana tomó la mano de Julio y se dirigió al baño. En la entrada, se agachó para darle instrucciones:

—Julio, tú ve al baño de hombres y yo iré al de mujeres. Si terminas antes, espérame aquí mismo.

—Sí —Julio asintió obedientemente y corrió con sus pequeñas piernas hacia el baño de hombres.

Liliana observó su silueta alejarse con una sonrisa antes de dirigirse al baño de mujeres.

Pronto Julio salió y, fiel a su palabra, se quedó quieto esperando a Liliana fuera del baño.

De repente, un grupo de guardaespaldas vestidos de negro escoltó a una mujer elegantemente vestida.

La mujer llevaba grandes gafas de sol y un labial llamativo, gritando a quienes la rodeaban con visible enfado:

—¡Ya no acepten más esos guiones! Ir a filmar a la montaña y volver es tan molesto, ¡ni siquiera hay avión y toca regresar en tren! ¿Es apropiado para alguien de mi estatus viajar en tren? ¡Miren qué clase de gente viaja en tren, todos son pobres y no tienen modales!

La voz de Sofía Carballar era fuerte, provocando el disgusto de los presentes.

Su representante asentía e intentaba calmarla, mientras los guardaespaldas abrían paso bruscamente:

—¡Apártense! ¡Aléjense todos!

Julio, confundido, no tuvo tiempo de esquivarlos cuando recibió un fuerte empujón. Cayó sentado, lastimándose. Las lágrimas llenaron sus ojos, pero no se atrevió a hacer ruido.

—¿De quién es este niño? ¡Fuera de aquí! —reprendió fríamente Sofía.

Julio, asustado por la situación, se quedó sentado cubriéndose la boca, mirando a Sofía con ojos llorosos y sin atreverse a moverse.

Sofía frunció el ceño. Ver al niño le recordó aquella espina clavada en su corazón.

Una espina que tenía la misma edad que el niño frente a ella.

Con rabia contenida, dijo:

—¡Te dije que te fueras y sigues ahí sentado! ¿No sabes que bloquear el paso de otros está mal? ¿Así te educaron tus padres? ¡No tienes modales!

Tras decir esto, Sofía le dio una patada a Julio y se marchó sobre sus tacones altos.

—¡Mami, duele! —Julio estalló en llanto.

Liliana aún no había salido del baño. Arturo y Rodrigo, al escuchar el alboroto, acudieron rápidamente, preguntando:

—¿Qué pasa, Julio? ¿Qué ocurrió?

Al ver a sus hermanos, Julio lloró con más fuerza. Sus pequeños hombros temblaban y apenas era capaz de hablar.

—Esa... esa señora me... me pateó... duele...

Al escucharlo, Rodrigo se enfureció. ¿Alguien se atrevía a atacar a su hermano? ¿Acaso pensaban que él estaba muerto?

—Hermano, cuida a Julio. ¡Yo voy a ajustar cuentas con ella!

Tras decir esto, Rodrigo salió corriendo, desapareciendo rápidamente entre la multitud.

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