Capítulo 2 – Invasión Silenciosa
La primera noche en la mansión comenzó incluso antes del atardecer.
Luna caminaba por los pasillos con pasos lentos, analizando cada detalle del lugar que ahora sería su hogar — aunque temporal, aunque forzado.
La habitación que le asignaron era demasiado espaciosa, demasiado fría. Sábanas blancas impecables, cortinas pesadas de lino gris, un escritorio de madera oscura que parecía sacado de una película antigua. Y silencio. Mucho silencio.
Dejó la mochila sobre el sillón y abrió la carpeta con el contrato. Cada cláusula firmada parecía ahora más absurda frente a la realidad. El nombre "Caio Ventura" impreso al pie parecía burlarse de ella, como si el destino repitiera: aceptaste.
Se sentó al borde de la cama y se cubrió el rostro con las manos. ¿Qué estaba haciendo allí?
La cena fue servida a las 19 en punto. Un empleado — siempre mudo — la condujo hasta el comedor. La mesa era demasiado larga para dos personas, pero aun así, Caio ya estaba allí, sentado a la cabecera, como un rey moderno en exilio.
La observaba como quien analiza a un animal salvaje.
— ¿Dormiste bien? — preguntó, aunque sabía que ella aún no había dormido.
— Acabo de llegar. — Luna mantuvo un tono neutro.
— Ah, claro. Es que el tiempo aquí pasa diferente. Lento.
— O quizás solo seas tú quien quedó atrapado en él.
Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
— Siempre afilada. Eso es bueno. Lo vas a necesitar.
Durante la cena, el silencio volvió. Pero era diferente. No vacío — cargado. Tenso. Un campo de batalla entre miradas.
Luna notó que él comía despacio, con movimientos limitados. Las manos aún firmes, pero las piernas inmóviles, escondidas bajo la mesa. La imagen de Caio Ventura, el chico arrogante que dominaba los pasillos del colegio, ahora allí, roto, la incomodaba más de lo que quería admitir.
— ¿Cómo pasó? — soltó sin pensar.
Caio levantó la mirada lentamente.
— ¿Qué parte de “sin preguntas” no entendiste?
— La parte en la que tengo que fingir que no estoy cuidando a alguien que casi destruyó mi vida.
Él dejó el cubierto sobre el plato.
— ¿Yo casi destruí? Tú no eras ninguna santa, Luna. Tú también tuviste culpa.
— ¡Tenía diecisiete años! — Se levantó, las palabras saliendo más alto de lo que debía. — Me expusiste, me humillaste... ¿y aún quieres que me calle?
— Siéntate. — Su voz bajó, firme. — Ahora.
Ella dudó, pero se sentó. Y el silencio volvió, esta vez más denso.
— No estoy aquí para pelear — dijo después de un rato. — Estoy aquí porque necesito. Y tú estás aquí porque aceptaste. Podemos hacer esto más fácil... o más difícil. La elección es tuya.
Luna respiró profundo.
Ya no era esa chica. Y él tampoco era el mismo. La guerra ahora era otra.
Aquella noche, antes de dormir, Luna abrió su notebook y empezó un diario. No para escribir memorias románticas — sino para mantener la cordura.
Día 1
Llegué a la mansión Ventura.
El pasado me recibió en la puerta. Arrogante como siempre, pero... diferente.
Está roto. Y no sé si eso me asusta o me atrae.
Tengo que recordarme a mí misma:
esto es un trabajo. Él es el enemigo. No confíes. Nunca.
Al otro lado de la casa, Caio tampoco dormía.
Sentado en silencio frente a la chimenea apagada, miraba fijamente una foto antigua sobre la repisa: un grupo de adolescentes en uniforme, sonriendo frente al colegio. Y bien en el centro, ella. Luna.
Pasó el dedo sobre el vidrio.
— Bienvenida de nuevo, chica del infierno. Será interesante verte caer... o salvarme.
