
Sinopsis
Bella Vale siempre supo que Adrian Blackthorne era peligroso. Frío, despiadado y temido por todos, él era el hombre del que cualquiera debía huir… pero también el único del que ella jamás logró escapar. Cuando el heredero más oscuro de la mafia regresa para reclamar lo que considera suyo, Bella intenta resistirse con todas sus fuerzas. Lo odia, le teme y sabe que estar cerca de él puede destruirla. Pero Adrian no acepta un no como respuesta. Para él, Bella no es una mujer cualquiera: es su obsesión, su debilidad y la única persona capaz de despertar al monstruo que lleva dentro. Un matrimonio forzado, secretos del pasado y una pasión tan peligrosa como irresistible los arrastrarán a una guerra donde el amor duele, el odio arde y escapar puede ser imposible. Porque cuando Adrian Blackthorne decide reclamar algo… jamás lo suelta.
Capítulo 1
La lluvia caía del cielo como un torrente de furia, fría e interminable. Le empapaba la piel, el pelo, la ropa manchada de sangre. Pero ella siguió corriendo.
Corrió descalza por el bosque, y cada paso le clavaba raíces afiladas y piedras puntiagudas en los pies. Su respiración era corta y entrecortada. Le temblaban las piernas, le dolía el cuerpo, pero el miedo era más fuerte que el dolor.
Los únicos sonidos en la noche eran sus sollozos… y el lento y constante sonido de unas botas que la seguían.
Él no estaba corriendo.
No era necesario.
De todos modos, ella podía sentir cómo él se acercaba, como si la noche misma se estuviera instalando con él.
Su lehenga nupcial, otrora hermosa y de un rojo brillante, ahora estaba desgarrada y pesada, empapada por la lluvia y manchada de barro. El dobladillo se arrastraba por el barro mientras tropezaba hacia adelante, sujetándola con fuerza con una mano para no caerse.
El sindoor en su frente aún ardía como fuego. El mangalsutra alrededor de su cuello parecía una cadena, clavándose en su piel con cada movimiento.
Llevaba casada tan solo tres horas.
Y ella ya estaba intentando escapar de él.
Nada menos que su marido.
Su dupatta se le resbalaba de los hombros, empapada y pegada a su piel magullada. Le temblaban las manos mientras intentaba sujetarla.
La sangre se adhería a la tela.
Ya ni siquiera sabía de quién era.
Tenía los brazos arañados y las muñecas marcadas con líneas rojas por las apretadas pulseras de boda. Le temblaban los labios. Le ardían los ojos de tanto llorar.
Jamás se había imaginado su noche de bodas así: corriendo por la selva en plena noche, descalza y aterrorizada, vestida con un lehenga nupcial que ahora parecía que ya no le pertenecía.
Ella no se detuvo.
Ella no pudo.
Porque ella sabía qué clase de hombre, no, de monstruo, estaba detrás de ella.
Un hombre al que conocía de toda la vida. Un hombre que decía odiarla. Un hombre que la obligó a casarse con él. Un hombre que nunca fue tierno. Al menos no con ella. Quizás eso era lo que solía pensar.
Ese mismo hombre había ligado ahora su destino al suyo con fuego, furia y fuerza.
No se atrevió a mirar atrás. Sabía que si veía su rostro ahora —esos ojos verdes fríos e indescifrables—se derrumbaría. No por debilidad, sino por el peso de los recuerdos, el miedo, la historia.
El dolor del pecho era peor que las heridas en su cuerpo. Ardía desde dentro, como si algo se hubiera hecho añicos en su interior y aún se estuviera rompiendo.
Y aun así, él siguió.
Calma.
Silencioso.
Peligroso.
Un cigarrillo brillaba entre sus dedos, su punta roja una chispa en la oscuridad. Su dupatta —la que se le había caído—ahora estaba atada a su muñeca como una promesa. O una advertencia.
Su camisa negra estaba sucia por la lluvia y el bosque, pero él parecía impasible. Sus pasos eran lentos pero firmes.
Seguro.
Como un depredador.
—Sigue corriendo —se oyó su voz desde atrás, baja, aguda, llena de ira contenida.
—Porque cuando te detengas… te haré pagar por cada rasguño en tu cuerpo.
Sus pasos vacilaron.
Ella se detuvo.
No podía respirar. Ni siquiera podía llorar.
Su pecho se agitaba con respiraciones entrecortadas. Las lágrimas resbalaban silenciosamente por sus mejillas, mezclándose con la lluvia.
Le ardían las muñecas por los brazaletes apretados. Su rostro estaba manchado de lluvia, sangre y orgullo herido.
Se giró ligeramente, con la voz quebrándose.
—¡Aléjate de mí! —gritó.
—¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma!