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3. LO QUE ME HICISTE

El lobby del banco olía a dinero viejo y hombres peligrosos, un lugar hecho para Luciano Moretti.

Lo vi incluso antes de que mis escoltas abrieran las puertas de cristal. Estaba sentado en uno de los sofás del área privada, impecable dentro de un traje gris oscuro mientras revisaba algo en su teléfono.

Relajado.

Arrogante.

Como si el mundo entero le perteneciera.

Luciano levantó la mirada apenas me acerqué.

Y sonrió, odiaba esa sonrisa.

—Rossi.

—Moretti.

No nos dimos la mano.

Nunca lo hacíamos, porque hombres como nosotros no necesitaban fingir cordialidad cuando el odio ya era evidente.

Luciano observó distraídamente el reloj de su muñeca.

—Escuché que eres un padre ejemplar —soltó un bufido.

Mi mandíbula se tensó inmediatamente. Por supuesto que ya lo sabía, ese loco está obsesionado conmigo, eso y en nuestro mundo, las noticias viajaban rápido.

Especialmente cuando se trataba del apellido De Luca y todo lo que tiene que ver con nosotros.

—¿Y? —pregunté con frialdad.

Luciano soltó una risa baja.

—Relájate. Solo me sorprendió que el cruel y frío Adrian De Luca, tuviese tanto amor como para tener una familia.

No respondí.

Porque si había algo que detestaba más que escuchar a otros hombres hablar… era escuchar a Luciano hacerlo.

Sus ojos oscuros se desviaron hacia mi mano.

Hacia el anillo de compromiso.

—Ya, en serio. ¿Cómo está tu familia?

La pregunta sonó venenosa y ambos entendimos por qué.

Familia.

Camille.

El niño.

La mentira perfecta.

—Bien —respondí secamente.

Luciano sonrió apenas. Demasiado satisfecho para mi gusto.

—Me alegra escuchar eso.

Hijo de puta.

Di un paso hacia él lentamente.

—¿Estás aquí por algo importante o solo estás perdiendo el tiempo como siempre?

Luciano levantó una ceja.

—Siempre tan agresivo.

—Siempre tan inútil.

La sonrisa desapareció de su rostro.

Por fin.

—Ten cuidado, Rossi. De Luca Group no podrá protegerte toda la vida.

Solté una risa baja. Sin humor.

—Y tú deberías preocuparte menos por mí y más por las acciones de tu padre. Escuché que volvieron a caer esta semana.

Sus ojos brillaron con violencia.

Bien, le dí donde sabía que le dolería.

Quería provocarlo.

Porque Luciano Moretti solo cometía errores cuando perdía el control.

—No olvides algo, Adrián —habló acercándose apenas—. Los hombres como tú jamás terminan con esa familia feliz que nos quieres vender a todos, te quedarás tan solo como siempre has sido.

Sentí algo oscuro romperse dentro de mí.

Y por un segundo realmente consideré golpearlo ahí mismo.

Pero entonces recordé quién era y lo mucho que odiaba perder el control.

—Al menos yo no necesito pagar para que una mujer se quede en mi cama.

Luciano soltó una carcajada seca.

Pero sus ojos ya no sonreían.

Perfecto.

Me alejé sin despedirme, porque si seguía escuchándolo hablar iba a terminar matándolo.

Esa tarde regresé más temprano a la casa, tenía trabajo que hacer, pero por alguna estúpida razón la razón me llevó hasta la casa, aunque a la última persona que quería ver era a Camille y el pequeño Leo.

Estaba por irme al despacho, cuando escuche… La escuché y mis pasos frenéticos y seguros llegaron a la puerta de la casa.

La vi antes de que Camille dijera la primera palabra.

Y durante un segundo dejé de respirar.

Dos años.

Dos malditos años intentando arrancármela de la cabeza.

Y ahí estaba otra vez.

Bajo la lluvia.

Con ese vestido negro. Con esos ojos enormes mirándome como si acabara de destruirle la vida.

Perfecta.

Demasiado perfecta.

Sentí rabia inmediatamente.

Porque mientras yo trabajaba como un enfermo intentando convertirme en alguien digno de ella… Valentina simplemente se fue.

Me abandonó.

Abandonó el proyecto de Dubái.

La empresa.

A mí.

Ni siquiera me dio tiempo.

Ni una oportunidad.

Solo desapareció.

Y lo peor era que aun así mi cuerpo reaccionó a ella exactamente igual que siempre.

La manera en que mis ojos recorrieron sus piernas.

Su boca.

La curva de su cuello.

Dios.

Todavía quería besarla igual que hace dos años.

Pero ahora se sentía peor. Mucho peor.

Seguía siendo la misma mocosa desobediente, infantil, salió huyendo como si sus propios pies no la hubieran traído frente a mi casa por una razón más grande que ella misma. La seguí y la confronté, pero entonces me llamó “tío”.

Y entendí inmediatamente que quería herirme.

Lo logró, porque escuchar esa palabra en su boca siempre se sintió mal.

Incorrecto.

Como si me recordara exactamente la línea que jamás debía cruzar con ella.

Y dos noches después, tuve que verla de nuevo, en esa cena que fue una verdadera tortura para mi mente y mis pantalones, pues se veía más perfecta que aquella tarde bajo la lluvia. Además tuve que soportar esa actitud de mi madre contra Camille.

Valentina estaba sentada al otro lado de la mesa usando ese maldito vestido negro mientras fingía escuchar a Alessandro.

Pero yo la conocía demasiado bien.

Sabía cuándo estaba molesta.

Cuándo estaba triste.

Cuándo quería escapar.

Y también sabía que seguía mirándome cuando creía que no la veía.

El problema era que yo jamás dejaba de verla.

Ni un segundo.

Entonces Alessandro habló.

—Mañana mismo regresarás a De Luca Group.

Casi apreté la copa tan fuerte que estuve a punto de romperla.

No.

No podía trabajar con ella otra vez.

No después de verla bajo la lluvia.

No después de descubrir que seguía destruyéndome con una sola mirada.

Pero Alessandro seguía hablando como si no entendiera el infierno que acababa de provocar.

Y después ella me llamó “tío” otra vez.

Provocándome y desafiandome, como siempre ha hecho.

Solo que ahora ya no era una adolescente, ahora era una mujer y eso era muchísimo peor.

Entonces cometí un error.

Besé a Camille mientras miraba a Valentina y la forma en que el dolor atravesó sus ojos…

Maldita sea.

Eso tampoco me hizo sentir mejor.

La cena transcurrió tal como se esperaba y por la hora, Camille y yo preferimos quedarnos a dormir, ella se fue a la habitación que solía ser la mía cuando era un adolescente y vivía allí, junto a Leo que ya estaba profundamente dormido.

La casa estaba en silencio cuando salí a la terraza, serví whisky en un vaso bajo antes de acercarme al borde de piedra que daba hacia el lago.

El lugar favorito de Valentina cuando era niña. Venía aquí cada vez que extrañaba a su madre y por alguna razón yo siempre terminaba encontrándola, justo cuando iba a empezar a llorar porque la extrañaba.

Escuché pasos suaves detrás de mí, no necesitaba girarme para saber que era ella, me mantuve entre las sombras y espere a que se acercara a la baranda para que la luna le bañara ese perfecto rostro.

—No sabía que estabas aquí —murmuró sin mirarme. Su voz hizo que el alcohol me ardiera peor en la garganta.

—Y aun así te quedaste.

Silencio.

Salí de las sombras finalmente.

Valentina seguía usando ese vestido negro ajustado y el cabello le caía sobre los hombros ligeramente húmedo.

Demasiado hermosa para mi propia estabilidad mental.

—¿Por qué hiciste eso en la cena? —preguntó.

—¿Hacer qué?

—Besarla mientras me mirabas.

La observé fijamente.

—Porque es mi prometida y la amo.

Sus ojos brillaron con rabia.

—Te odio —le dije y sentí su desprecio cuando me miró de golpe.

Di un paso hacia ella.

—No. Me odias porque me fui antes de que pudieras hacerlo tú —Valentina soltó una risa amarga, pero continuó—. ¿Crees que tú eres la víctima aquí?

—Creo que huiste como una niña caprichosa.

Eso la hizo explotar.

—¡Me rechazaste! —Su voz retumbó en la terraza y se dio cuenta de su error—. ¡Me hiciste sentir ridícula durante años y ahora pretendes actuar como si yo te debiera algo!

Di otro paso. Después otro. Apretando mis puños para evitar lanzarme a ella, pero seguí avanzando hasta arrinconarla contra la pared de piedra.

Valentina dejó de respirar.

Yo tampoco estaba respirando bien.

—No tenías idea de lo que me estabas pidiendo entonces —murmuré cerca de su boca.

Ella tembló.

Y Dios… Sentirla así de cerca otra vez estaba acabando conmigo.

—No quería que fueras mi tío —susurró—. Nunca quise eso.

Sentí el golpe directamente en el pecho. Mis ojos bajaron hacia su boca y por un segundo realmente pensé en besarla.

A la mierda Alessandro.

A la mierda Camille.

A la mierda todo.

Pero entonces escuchamos pasos acercándose.

Maldije internamente y reaccioné de inmediato, sujeté la cintura de Valentina y tiré de ella hacia la sombra lateral de la terraza, su espalda chocó contra mi pecho, mi mano cubrió rápidamente su boca y me incliné un poco hacia ella.

—No hagas ruido —susurré cerca de su oído.

Valentina se quedó completamente inmóvil entre mis brazos. Y entonces entendí algo peligroso.

Tenerla así… escondida conmigo… respirando contra mi mano… era exactamente donde siempre había querido tenerla.

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