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Capítulo 2

—Primera regla: no hablas si yo no te lo indico.

Valeria ni siquiera se había quitado el blazer y ya estaba intentando gobernarme.

Me gustaba.

—Eso parece poco realista.

—Segunda regla: no admites nada. Ni a la AFI, ni a un fiscal, ni a una cámara, ni a una pared.

—¿Puedo admitir que eres preciosa?

Sus ojos se alzaron de la carpeta.

—Tercera regla: no coqueteas conmigo.

Me eché hacia atrás hasta que las esposas tiraron de mis muñecas.

—Esa sí que es imposible.

Caleb soltó una risa sin humor desde el otro lado de la sala.

—Te dije que no podías controlarlo.

Valeria giró la cabeza muy despacio.

—Y yo te dije que quería hablar a solas con mi cliente.

—Está bajo investigación federal.

—Y tiene derecho a representación privada.

—Acabas de graduarte.

La temperatura de la habitación cambió.

Yo dejé de sonreír solo para observarla.

Caleb había cometido el error de tocar su orgullo.

—¿Me estás diciendo que mi título vale menos porque todavía no tengo canas? —preguntó ella.

—Estoy diciendo que este hombre puede enterrarte.

—Entonces será mejor que dejes de darle motivos para demandarte.

Caleb apretó la mandíbula.

—Cinco minutos.

—Diez.

—Cinco.

—O presento una queja por interrogatorio indebido y dejamos que tu supervisor decida cuánto tiempo necesito.

Silencio.

Caleb salió dando un portazo.

Yo silbé.

—Creo que está enamorado de ti.

—Creo que tú quieres ir a prisión.

—No especialmente.

—Entonces concéntrate.

Se acercó la silla. No demasiado. Lo suficiente para que pudiera ver pequeñas motas doradas en sus ojos.

—¿La AFI te leyó tus derechos antes de interrogarte?

—Sí.

—¿Firmaste algo?

—No firmo.

—¿Confesaste algo?

—Solo que su iluminación es horrible.

Valeria cerró los ojos durante un segundo.

—Voy a fingir que eso ha sido un no.

—Puedes fingir muchas cosas conmigo.

Su mano apareció tan rápido que no tuve tiempo de anticiparla. Me sujetó la barbilla y me obligó a mirarla.

No con suavidad.

Con control.

—Escúchame bien —dijo en voz baja—. No me importa cuántos agentes hayas provocado, cuántas mujeres hayan celebrado tus bromas ni cuántas veces tu apellido te haya abierto una puerta. Si quieres salir de aquí, haces exactamente lo que yo diga.

Mi cuerpo reaccionó de una forma completamente inapropiada para una sala federal.

—¿Siempre amenazas así a tus clientes?

—Solo a los que se esfuerzan por incriminarse solos.

Me soltó.

—Ahora dime qué pasó en el laboratorio.

—Entré. Miré. La AFI apareció. Fin.

—¿El laboratorio es tuyo?

La sonrisa desapareció de mi rostro.

—Siguiente pregunta.

Ella lo notó.

—¿Es de Leandro?

—No pronuncies el nombre de mi hermano aquí.

Esta vez fui yo quien habló sin humor.

Valeria se quedó inmóvil un instante.

Después asintió.

—Bien. Al menos tienes un instinto de supervivencia.

—Mi familia no entra en esto.

—Tu familia ya está en esto. La AFI lleva tres años intentando llegar a los Ferrara y tú acabas de regalarles una puerta abierta.

La frase dolió porque era cierta.

Pensé en Camila. En Lía subiéndose a mi espalda. En Bruno riéndose cada vez que yo insultaba a su padre a escondidas.

Si la AFI utilizaba mi estupidez para llegar hasta ellos…

No.

—No les daré nada —dije.

Valeria me estudió.

Por primera vez desde que había entrado, dejó de mirarme como a un payaso con dinero.

—Eso espero.

Abrió otra carpeta.

—Ahora hablemos de Puerto Dorado.

—¿Qué tiene Puerto Dorado?

Me enseñó una fotografía.

Yo, en una mesa privada, con una copa en una mano y una bandeja blanca delante.

Mierda.

—¿Le diste cocaína a todo un club?

—No a todo.

Su expresión no cambió.

—Damián.

—A casi todo.

—¿Eres idiota?

—Eso depende de a quién preguntes.

—Te lo estoy preguntando yo.

Me reí.

Ella no.

—¿Había cámaras?

Tardé demasiado en responder.

Valeria dejó caer la foto sobre la mesa.

—Perfecto. Mi cliente es un criminal con complejo de estrella de rock.

—¿Eso significa que vas a abandonarme?

—Significa que vas a dejar de hacerme el trabajo más difícil.

Se levantó cuando la puerta volvió a abrirse.

Caleb entró acompañado de un superior.

—Se acabó el tiempo.

Valeria recogió sus cosas.

—No. Se acabó el interrogatorio.

El superior frunció el ceño.

—Tenemos más preguntas.

—Y mi cliente no responderá ninguna.

—Comparecerá ante el tribunal en tres días.

Valeria se detuvo.

Tres días.

Caleb sonrió como si acabara de ganar.

—Tres días para demostrar que ese laboratorio no es suyo. Tres días para explicar las grabaciones. Tres días para impedir que un juez lo entierre.

Valeria se volvió hacia mí.

No parecía asustada.

Eso fue lo que más me inquietó.

—Entonces tengo tres días —dijo.

Luego se inclinó hacia mí lo suficiente para que solo yo pudiera oírla.

—Y tú tienes tres días para aprender a obedecerme.
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