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Capítulo 7

Los tres giran lentamente.

Amelia, murmurando entre dientes, con los ojos cerrados:

—Por favor, Dios… Por favor, Dios… Él no… Él no…

Pero era él.

Profesor Alonso Valcárcel.

Se acerca con aire despreocupado, con expresión indescifrable, y le ofrece su teléfono.

Alonso, con calma:

—Dejaste tu teléfono.

Amelia da un paso adelante con vacilación, extendiendo la mano para alcanzarlo.

Pero justo cuando sus dedos rozan el borde, Alonso la agarra de la muñeca, acercándola sutilmente.

Él se inclina hacia adelante.

Su voz era baja, rozando su oído como una amenaza de terciopelo.

Alonso, en un susurro:

—Sigue intentando odiarme. Quizás algún día… te lo creas.

Ella jadea suavemente.

Y así, sin más, se da la vuelta para marcharse.

Pero hace una pausa.

Por encima del hombro, sin mirar:

Alonso dijo:

—la próxima vez… intenta no hablar mal de mí a mis espaldas justo afuera de mi despacho.

Desapareció.

Como una tormenta que deja tras de sí un silencio atónito.

Isadora. Catalina. Amelia, congelada. Sin palabras. Con los ojos muy abiertos.

Y entonces…

El teléfono de Amelia vibra.

Eugenia.

Ella responde con dedos temblorosos.

Eugenia, furiosa:

—Si no quieres venir a casa conmigo, coge un maldito taxi. O un autobús. Pero no esperes que te espere.

Amelia, apresurándose al hablar:

—Oh Eugenia… Lo siento… En realidad, señor Ego… quiero decir, profesor…

Eugenia la interrumpió:

—No tengo tiempo que perder contigo. Vuelve a casa sola.

Clic. La llamada se cortó.

Isadora y Catalina intercambian una mirada cómplice.

Lo oyeron todo.

Catalina, intentando aligerar el ambiente:

—Creo que el señor AV se ha enamorado un poco de nuestra Corazón de Fuego.

Isadora dijo:

—¡Totalmente! Esa tensión tenía un aire a K-drama.

Amelia, poniendo los ojos en blanco:

—Ustedes dos tienen asientos reservados en primera fila del infierno.

Isadora, sonriendo:

—No te preocupes, iremos juntos.

Los tres estallan en carcajadas.

Catalina, emocionada:

—Vale, vale, vamos a mi casa. ¡Hoy invito yo a comer!

Isadora dijo:

—Es una gran idea.

Amelia dijo:

—No, amigo… tengo que comprarle un regalo a Eugenia. Mañana es su cumpleaños.

Isadora, sorprendida:

—¿Sigues deseándole lo mejor?

Amelia, con suavidad:

—Déjalo estar… Ella sigue siendo mi única hermana.

Catalina y Isadora, juntas:

—¡Corrección! Hermana por boca.

Amelia, encogiéndose de hombros:

—No importa.

Catalina, sonriendo:

¡De acuerdo! Pero primero, comemos. Luego vamos de compras. La señorita Eugenia también recibirá un regalo. Y de todos modos… hay una sorpresa esperándome en mi casa.

Las tres chicas sonrieron; esta vez, sonrisas sinceras.

Se subieron al coche de Catalina.

Las risas resonaban, la tensión se disipaba.

Pero en el aire aún flotaba un nombre… y una mirada que ninguno de ellos podía olvidar.

Escena: Palacio Valcárcel - La tormenta que se avecina

◾Lugar: Oficina dentro de Palacio Valcárcel

En el gran salón, todos estaban ocupados: se colocaban luces en el techo, los floristas entraban apresuradamente con ramos de flores y los decoradores daban los últimos retoques.

Pero Alonso estaba distraído.

Tomás gritó:

—Alonso… por favor, ven aquí. Necesito hablar contigo.

Alonso, distraído:

—Un momento… ya voy.

Tomás, con más urgencia:

—Alonso, es importante. Ahora.

En segundos, ambos hermanos entraron en el despacho privado de su casa.

La puerta se cerró. El silencio envolvió la habitación como un secreto a la espera de ser desvelado.

Tomás, en voz baja:

—Alonso, tenías razón. El accidente de coche de la señora Moncada…

Hizo una pausa.

—No fue un accidente. Fue un intento de asesinato premeditado.

La expresión de Alonso no cambió, pero la vena cercana a su mandíbula se contrajo.

Alonso, con frialdad:

—lo sabía. Alguien no quiere que llegue a la señorita Santillana. ¿Dónde está ahora?

Tomás dijo:

—En el Clínica Santa Leonor.

El tono de Alonso se afiló como un cuchillo desenvainado sobre seda.

—Trasládenla a mi hospital privado de inmediato. Y refuercemos la seguridad. No tolero errores en mi trabajo. Ni con la señorita Santillana.

Tomás dijo:

—Entendido, hermano.

Alonso respiró hondo, miró a su alrededor y luego frunció el ceño.

Alonso dijo:

¿Y qué es toda esta decoración? ¿Viene alguien de visita?

Tomás, sonriendo:

—Sí, hermano. Está aquí.

Alonso, alzando una ceja:

—¿Quién?

Tomás, sonriendo:

—Nuestro mejor amigo. Ha vuelto a España. ¿Y adivina qué? ¡Vamos a ir de compras todos juntos!

Alonso dijo:

¿De compras? ¿En serio?

Tomás, en tono de broma:

—Vamos, hermano, sabes que nadie puede decirle que no.

Alonso puso los ojos en blanco, cediendo finalmente.

Alonso dijo:

—De acuerdo. Déjame lavarme la cara primero.

Escena: Villa Altamirano - Una deliciosa sorpresa

En la lujosa Villa Altamirano, Isadora e Amelia saludaron al tío y a la tía con amables sonrisas y las manos juntas antes de subir las escaleras con Catalina.

Todos se refrescaron y, para cuando bajaron al comedor…

Se congelaron.

Dijeron a la vez, con los ojos muy abiertos:

—¿SEBASTIÁN?!

Ambas niñas gritaron y corrieron hacia él, envolviéndolo en un fuerte abrazo.

Sebastián, con una sonrisa cálida:

—¡Hola, mis pequeños tesoros! ¿Y adivinen qué? El almuerzo de hoy lo preparé yo mismo.

—A comer, hoy es un día para darse un capricho.

Catalina, radiante:

—¡Sorpresa! ¿Me salió bien o qué?

Isadora dijo:

—¡Magnífico!

Amelia, en tono burlón:

—Obviamente te encantará, Isadora.

Isadora, dándole un codazo:

—¡Cállate, Amelia!

Isadora, dirigiéndose a Sebastián:

—Por cierto… ¿cuándo aterrizaste en España? ¡Pensábamos que nunca volverías!

Sebastián, guiñándole un ojo:

—Tenía que hacerlo. Dejé atrás… algo importante.

Amelia y Catalina intercambiaron miradas traviesas.

Isadora se sonrojó.

Todos se sentaron y disfrutaron de un almuerzo acogedor y entrañable, lleno de bromas, risas y esa cálida energía fraternal.

Catalina dijo:

—Bueno chicas, ya basta de comida, ¡vamos a la calle! ¡Hora de compras!

Sebastián, sonriendo:

—Espera un momento. Nosotros también vamos de compras. ¡Vamos juntos!

Amelia y Catalina, juntos:

—¿NOSOTROS?

Sebastián, riendo:

—Sí, yo y algunos de mis viejos amigos. ¡Será divertido!

Amelia, con un gemido:

—Uf, ir de compras es lo más aburrido del mundo.

Isadora, a la defensiva:

—Vamos todos juntos, tío. ¡Será divertido!

—Ehmm… Ehmm… Alguien está emocionado por otro motivo —dijo Catalina.

Amelia, con dramatismo fingido:

—Solo para conservar el corazón de la princesa Isadora… bien, vámonos.

Sebastián dijo:

—Genial. Les enviaré la ubicación. ¡Vamos!

Agarran sus bolsos, sus risitas resuenan en el suelo de mármol, sin darse cuenta de que los caminos de la amistad, la tensión y el destino están a punto de chocar una vez más…

◾Lugar: Pasillo

Amelia, susurrándole a Sebastián:

—Hermano, creo que tú y Isadora deberían ir juntos en un coche… Yo iré con Catalina.

Catalina, sonriendo:

—¡Sííí! ¡Qué buena idea! Así Isadora podrá pasar más tiempo con su amor platónico de la infancia.

Amelia la interrumpió de inmediato:

—¿Estás loca? ¡No lo digas en voz alta!

Sebastián solo sonríe.

Todos se dirigen hacia el estacionamiento.

Centro comercial - Quiosco de helados

Catalina dijo:

—Este plan secreto del helado fue genial. Les regaló a esos dos momentos inolvidables.

Amelia, con una risita:

—Exacto. O sea, ¿con qué frecuencia tienes la oportunidad de pasar tiempo con la persona que te gustaba en la infancia? ¡Le alegramos el día!

Ambas rieron.

Amelia dijo:

—Vale, voy a llamar a Isadora ahora mismo. Ya llevamos varios minutos de retraso.

Catalina dijo:

—Ve a buscarla. ¡Vuelvo enseguida, voy al baño!
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