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El peso del hielo

Las inmensas puertas dobles de roble macizo y herrajes de hierro forjado se cerraron a espaldas de Sienna con un clic sordo y metálico. El sonido reverberó por el colosal vestíbulo, haciendo eco en las paredes de mármol negro. Para Sienna, no sonó como una puerta cerrándose; sonó exactamente como la bóveda de un banco sellándose, atrapándola en su interior.

El vestíbulo de la mansión Volkov era una declaración de intenciones. No había alfombras cálidas, ni fotografías familiares, ni jarrones con flores frescas. Todo era mármol pulido, acero cepillado y cristal. Del techo abovedado colgaba una lámpara de araña de cristal de Murano que parecía más una estalactita de hielo puntiaguda a punto de caer que un adorno. El aire mismo parecía más frío allí dentro, filtrado y purificado hasta despojarlo de cualquier rastro de vida.

Una fila de cinco personas, vestidas con uniformes negros y grises impecables, aguardaba en perfecto silencio militar.

-Señor Volkov, bienvenido a casa -dijo una mujer de unos cincuenta años, dando un paso al frente. Llevaba el cabello gris recogido en un moño tenso que estiraba sus facciones afiladas. Su mirada pasó de Nikolai a Sienna, y luego descendió hacia Mila, evaluándolas con la misma calidez que un inspector de sanidad-. He preparado el ala este según sus instrucciones.

-Gracias, señora Gable -respondió Nikolai, quitándose el abrigo negro. Un mayordomo invisible apareció como una sombra para tomarlo-. Esta es Sienna Moore. Y esta es mi hija, Mila Volkov. A partir de este momento, ambas residirán aquí. Se les debe tratar con el mismo nivel de deferencia que me otorgan a mí. ¿Ha quedado claro?

Sienna notó cómo el apellido "Volkov" atado al nombre de su hija se deslizaba por la lengua de Nikolai con una naturalidad posesiva y absoluta. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

-Por supuesto, señor. Todo el personal ha sido informado y los acuerdos de confidencialidad adicionales ya han sido firmados.

-Mami... -susurró Mila, tirando del borde del suéter barato de Sienna-. ¿Este es un museo? ¿O un castillo? ¿Podemos andar en triciclo aquí adentro? ¡El suelo patina mucho!

El silencio que siguió a la pregunta infantil fue ensordecedor. La señora Gable pareció escandalizada ante la mera sugerencia de un triciclo sobre el mármol italiano. Sienna se apresuró a acallar a la niña, aterrorizada de que Nikolai estallara, pero cuando levantó la vista, descubrió que él estaba mirando a Mila. No había ira en sus ojos azul hielo, sino una extraña mezcla de asombro y posesión.

-Es tu casa ahora, Mila -dijo Nikolai, su voz profunda resonando de una manera que hizo que todo el personal bajara la vista por instinto-. Podrás hacer lo que quieras.

Sienna apretó la mano de su hija.

-No la malcríes -espetó ella, las palabras saliendo de sus labios antes de que pudiera frenarlas-. No necesita hacer lo que quiera, necesita estructura.

La atmósfera de la habitación descendió varios grados bajo cero. La señora Gable contuvo la respiración. Nadie, absolutamente nadie, contradecía al Zar de Hielo en el vestíbulo de su propio imperio.

Nikolai giró la cabeza lentamente. Sus ojos se clavaron en Sienna. La miró de arriba abajo, registrando su ropa desgastada, su cabello desordenado por el viaje y la postura defensiva que adoptaba. No gritó. No alzó la voz. Pero cuando habló, cada sílaba fue un latigazo de seda helada.

-Señora Gable. Lleve a mi hija a sus nuevas habitaciones. Presente a su nueva institutriz y asegúrese de que tenga algo de comer. -Luego, sin apartar la mirada de Sienna, añadió-: Sienna y yo vamos a tener una conversación en mi despacho.

-No me voy a separar de ella -Sienna dio un paso atrás, interponiendo su cuerpo entre la gobernanta y Mila.

-Mami, tengo hambre -intervino Mila, ajena a la guerra fría que se libraba sobre su cabeza-. ¿Tienen macarrones con queso en este castillo?

-Tenemos nuestro propio chef ejecutivo, señorita Mila. Puede prepararle exactamente lo que usted desee -intervino la señora Gable con una sonrisa que no llegó a sus ojos, acercándose con cuidado-. Venga conmigo, le mostraré un cuarto lleno de juguetes que el señor Volkov ordenó comprar especialmente para usted.

La mención de los juguetes fue suficiente para que la niña soltara la mano de su madre. Sienna sintió que el corazón se le desgarraba al ver a Mila caminar por el inmenso pasillo de la mano de aquella mujer estirada, rodeada de guardias de seguridad. Se sintió minúscula. Insignificante.

-Sígueme -ordenó Nikolai.

Sienna no tuvo más remedio que obedecer. Lo siguió por un laberinto de pasillos flanqueados por obras de arte moderno y ventanales que daban a jardines asfixiantemente perfectos. Finalmente, llegaron a unas puertas dobles que se abrieron al santuario interior del magnate: su despacho.

Era inmenso, oscuro y letal. Las paredes estaban forradas de estanterías de caoba repletas de libros encuadernados en cuero y volúmenes de leyes y finanzas. Un escritorio de ébano macizo dominaba el centro de la habitación, flanqueado por inmensos ventanales de cristal a prueba de balas que ofrecían una vista lúgubre de los bosques circundantes bajo la lluvia.

Nikolai cerró la puerta. El leve clic de la cerradura hizo saltar los nervios de Sienna.

Él caminó hacia el mueble bar de cristal, sirvió dos dedos de un líquido ámbar en un vaso y se lo bebió de un trago, de espaldas a ella. Cuando finalmente se giró, apoyó las caderas contra el borde del escritorio y cruzó los brazos sobre su ancho pecho. Parecía un dios de la ira a punto de dictar sentencia.

-Siéntate -ordenó.

-Prefiero quedarme de pie.

Nikolai enarcó una ceja, desestimando su pequeña rebelión.

-Como quieras. Hablemos de cómo vas a sobrevivir en mi mundo, Sienna. Porque lo que acaba de pasar en el pasillo no volverá a repetirse.

-¿Decirle a mi hija que tenga modales?

-Desafiar mi autoridad frente al personal -corrigió él con voz rasposa-. Mientras vivas bajo este techo, mientras consumas mi comida, duermas en mis sábanas y te beneficies de mi protección, hay reglas. Y la primera y más importante es que mi palabra es absoluta.

Sienna soltó una carcajada amarga, carente de humor.

-Firmé un contrato bajo coacción para no perder a mi bebé. No te vendí mi alma, Nikolai. No soy una de tus empleadas a las que puedes aterrorizar en una sala de juntas.

En un abrir y cerrar de ojos, la distancia entre ellos se evaporó. Nikolai cruzó la habitación con la gracia letal de un depredador y se detuvo a escasos centímetros de ella. Sienna tuvo que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El calor de su cuerpo y el aroma de su colonia -una mezcla embriagadora de vetiver, cuero y poder- la asaltaron, trayendo recuerdos de una habitación de hotel en Nueva York hace cinco años. Recuerdos que ella había jurado enterrar.

-No, no eres mi empleada -murmuró él, su voz vibrando con una intensidad oscura-. Eres la madre de mi heredera. Eres la mujer que, según el mundo exterior, es mi prometida. Y eso significa que llevas mi nombre. Lo que haces, me refleja a mí. Así que grábate estas reglas en tu terca cabeza.

Nikolai levantó un dedo.

-Regla número uno: Mila es una Volkov. Recibirá la educación de una Volkov, la disciplina de una Volkov y el respeto de una Volkov. Se acabaron los cereales baratos y la ropa de segunda mano. Tendrá tutores privados, aprenderá ruso, francés y finanzas antes de los diez años. No vas a interferir en su desarrollo para mantenerla en la mediocridad en la que vivían.

Sienna apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su propia boca.

-Esa "mediocridad" la hizo una niña feliz y amada. Algo que todo tu dinero no puede comprar.

Él ignoró el dardo y levantó un segundo dedo.

-Regla número dos: Eres libre de moverte por la propiedad, pero no puedes salir de los muros de la mansión sin mi permiso explícito. Si te autorizo a salir, irás acompañada de Yuri o de uno de mis hombres de confianza. No tendrás teléfono privado, ni acceso a internet sin supervisión. Todo tu contacto con el mundo exterior pasará por mi red de seguridad.

Sienna sintió que le faltaba el aire. Era literalmente un arresto domiciliario de lujo.

-Me estás secuestrando.

-Te estoy protegiendo de tu propia estupidez -siseó él-. Me ocultaste durante cinco años, Sienna. ¿Crees que confío en que no intentarás meter a mi hija en un coche barato en medio de la noche y desaparecer otra vez? No confío en ti ni un centímetro. Esta casa es una fortaleza porque así lo exijo.

Nikolai dio un paso más, invadiendo el espacio vital de Sienna, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó contra el pesado marco de la puerta. Él apoyó una mano en la madera, justo al lado de su cabeza, acorralándola.

-Y la regla número tres... -Su voz bajó a un susurro ronco, casi íntimo, que hizo temblar el pulso de Sienna contra su voluntad-. Frente a la prensa, frente a mis socios comerciales y frente a mi hija, seremos la pareja perfecta. Actuarás como la mujer enamorada que fingiste ser hace cinco años. Sonreirás, te pondrás los vestidos de diseñador que llenan tu armario y me tomarás del brazo en los eventos sociales. Si rompes esa ilusión, si veo un solo indicio de rebeldía pública que ponga en riesgo la estabilidad de mi empresa o el bienestar psicológico de Mila... te juro que los abogados que viste esta mañana te parecerán un cuento de hadas comparado con lo que desataré sobre ti.

Sienna lo miró a los ojos, buscando al hombre del que se había enamorado, buscando una grieta en aquel glaciar de odio y control. Pero no había nada. Nikolai Volkov había blindado su corazón por completo.

-¿Eso es todo? -preguntó ella, su voz temblando por la indignación y el terror, pero manteniendo la barbilla en alto-. ¿Terminaste de dictar mis sentencias, mi zar?

El labio superior de Nikolai se tensó ante el tono sarcástico. Por un segundo, su mirada bajó hacia la boca de Sienna, deteniéndose allí una fracción de segundo de más antes de volver a sus ojos.

-Tus habitaciones están al final del pasillo del ala este. Mila duerme en la habitación contigua a la tuya. La mía está cruzando el pasillo. -Se apartó de ella bruscamente, como si quemara, y regresó a su escritorio-. Cenamos a las ocho en punto. No llegues tarde.

Sienna no respondió. Giró sobre sus talones, agarró el pomo de la puerta con manos temblorosas y salió del despacho sin mirar atrás.

Mientras caminaba sola por los inmensos y fríos pasillos de mármol en busca del ala este, las lágrimas que había estado conteniendo finalmente comenzaron a caer en silencio por sus mejillas. Había perdido su libertad. Había perdido su autonomía. Estaba atrapada en un palacio de hielo con un monstruo que la despreciaba y que poco a poco intentaría moldear a su hija a su imagen y semejanza.

Pero al limpiarse las lágrimas con el dorso de la mano, algo más nació en el pecho de Sienna Moore. El terror dio paso a una chispa caliente de desafío. Nikolai Volkov creía que había comprado a una prisionera sumisa que agacharía la cabeza por miedo.

Se equivocaba.

Él tenía los millones, los abogados y la mansión fortificada. Pero ella era la madre de Mila. Y una madre leona acorralada era infinitamente más peligrosa que un zar sentado en su trono de hielo. La guerra no había hecho más que empezar.

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